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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (VI). Mascarade Del Buen Amor. 

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (VI). Mascarade Del Buen Amor.

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Entre los propios claroscuros, pude comprender todos esos fingimientos sociales que permiten a la gente volver a casa, tranquilamente, tras el cruel degüello de los corderos y desinteresarse por la realidad. “Desapegarse” (maldita psicología del desapego) completamente de esos “gritos del silencio” ante tan inmerecido y gratuito sufrimiento infligido. Ese maldito “desapego” que te permite dormir a pierna suelta después de las peores vilezas. Después de engañar y apuñalar por la espalda a quien fuese menester y por puro placer. Ojos que no ven… En verdad, este tipo de ceguera voluntaria, sistematizada y reducida a la mínima expresión de un gesto cotidiano, como rascarse o bostezar, te hace aparentar y aparecer “amablemente feliz”, ante los demás o uno mismo, en la propia rutina diaria. No sé qué forma puede tomar la vida tras el tupido velo de una ceguera tan destructiva. Como el minero que cava desesperadamente, en lo subterráneo, hasta que sus manos quedan ensangrentadas y pegadas en el rojo, las circunstancias personales y el vandalismo moral pegan el alma al negro. Un negro que tizna, con infinita facilidad, de una indeleble mugre el espíritu. Negritud. Negritud que fluye desde los dominios del mal. El tiempo es un nervioso y exaltado excombatiente que, duro de necesidad y sin contemplaciones o melindres, ayuda a diferir, pero nunca a diluir, las más elaboradas marañas de mentiras. Después del reinado de la oscuridad, la terapéutica de la luz. Ese claror que destapa las situaciones más obtusas de la existencia.

Cosa curiosa, los golpes de la vida te ejercitan y curten. El primer puñetazo, de enjundia, que recibí en mi vida me dislocó un hombro. El segundo, impactó de tal forma en el costado que me dejó sin aliento y con las costillas fisuradas. El tercero me derribó al suelo como un fardo sin vida, pero me volví a levantar. Una y otra vez. Una y otra vez. ¿Cuántas veces? perdí la cuenta cuando los golpes dejaron de doler. Poco a poco me acostumbré al calor que desprendía lo vivo. El amor propio, la cabezonería o la valentía… ¡quién sabe¡. La personalización de la moralidad es como un fuego que arde con fruición sin extinguirse jamás. Indudablemente algunos seres humanos estamos hechos de otra pasta. No podemos remediarlo. Tal vez ni lo pretendemos. No somos esa clase de seres que la apariencia hace creer que somos, y punto. Estamos más interesados en la “verdad” y la “justicia” que en los modos de hablar, de comportarse, de identificarse… Somos una especie de música que restaura el corazón después de un duelo a muerte. Casi todo el mundo, como forma de supervivencia o puro instinto o conveniencia vital, se siente flaquear ante el dolor físico, es natural, pero a mí no me gusta la debilidad física, menos la moral. Cuando asumes esto, ves la forma en que has cambiado y cuanto has cambiado. Así, ante la tesitura de revelar las heridas del cuerpo o el alma, escogí, con total conciencia, mostrar exclusivamente esas “marcas” que una espectrografía funcional puede evidenciar. Las otras marcas, se ocultan estoicamente. Las reservas, tal vez, para una o dos personas más a lo sumo. Tenía mi propia teoría sobre el tema. No tenía nada que ver con la honradez, la reputación o los principios, era algo mucho más sutil, y como tal permanecerá en ese etéreo mundo de lo sutilmente silenciado.

Estas que tenía ante mí eran brujas de la peor especie. La peor. No me fío del destino, nunca lo hice, y me las había obsequiado a cambio de algo verdaderamente valioso. Era lo paradójico y maravilloso a la vez. Dolor y felicidad. Por más que me devanara los sesos tratando de entender estas combinaciones azarosamente sarcásticas del destino, no me sirvió de mucho. Entregarnos al destino es una completa estupidez. Nunca lo había hecho y nunca lo haría pese al precio que ello conllevara, y era alto, siempre es alto. Decidí pues estar a la estatura del retorcido reto de “las estadísticas de la vida” y no rehuir combate alguno. Si para ello era necesario avivar el conflicto, así habría de ser. Nunca miento, defecto de fábrica, y pueden creerme si les digo que aquellos minutos tratando de entender la pérfida emoción del regocijo en la maldad por la maldad, de estos abominables seres, hizo que mi alma se endureciera en cada una de sus capas superficiales, hasta llegar a su propia y atónita semblanza interna. Se me desabrochó del cuerpo, se volvió rígida, inmóvil, inerte como piel de muñeca (con ese plastificado asfixiante tan usado por ellas en todos sus retoques fotográficos para las redes sociales, efecto Jill Greenberg lo llaman). Se endureció cual impresión 3D de esos “místicos y enigmáticos” 21 gramos que la ciencia no logró ubicar en parte alguna. Aliento plastificado. Éter plastificado. Luego apareció en alguna palpitación descarriada. Wolff-Parkinson-White fantasmagórico. Apareció como un Poltergeist, trazando una imperfecta línea diagonal y aberrante desde el haz de Kent hasta alcanzar el techo de mi habitación. No sabía cuánto tiempo iba a permanecer ahí antes de regresar a las heladas entrañas. El hierático punto no era otra cosa que el reflejo acrisolado de un cenicero. Suspiro de alivio, lo paranormal seguía habitando en otra parte… Sin embargo, confieso que, de forma no muy normal o común, a veces me desnudo por completo para examinarme bien de pies a cabeza eso que llaman alma. No porque tenga especiales problemas de conciencia. Mi conciencia suele salir por la boca o por cada milímetro de vida, ¿puede tener una existencia más expuesta al público?. Analizar el alma, la conciencia, se trata de otra cosa, del ejercicio más duro, desgarrador y necesario para penetrar en la intrincada mismidad. Ese lacerante ejercicio no sólo otorga existencia (cogito ergo dubito, dubito ergo sum). Otorga existencia humana. Verdadera conciencia. Así pues, este traumático ejercicio, libera todos nuestros ángeles y demonios. Arrancando a unos y a otros los matices de la propia personalidad. Entre dolores de parto sacamos al exterior nuestro yo más autentico. Tal vez, la mejor ofrenda para esos otros seres que están dispuestos a mirarnos y vernos con los ojos y el corazón, pocos, pero existen: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

Del corsé, la minifalda y el heavy look extremo, pasaron a la simulación, más absurda, del estilo “KawaiKaoNamekujiKaze”. La quedada y el nuevo y amplio círculo así lo requería. No podían asustar a los chicos ni molestar a las chicas. El hecho es que los chicos formaban una perfecta fraternidad. Una suerte de camaradería cultural y biológica difícil de trasladar a otros ámbitos. Por tanto, ellas tenían que mimar en extremo su conducta y atrezo. Ya estaban cansadas de rodar y rodar de mano en mano como la falsa moneda.
Eviolela optó por unas coletas altas, con lacitos, y un vestido rojo y negro a media pierna. El rojo de sus labios era más rojo que las purgas de Stalin. Las coletas no le quitaron diez años de encima, tampoco el maquillaje y decoloración extrema “Tomatox”, pero al menos el personal ni se hizo, ni le hizo, preguntas incomodas o engorrosas. Kirikiko, por su parte, optó por una faldita rosa y blusita rosa con estampado floral. Maquillaje suave pero denso, ojos semidelineados, con la destreza de un tierno infante, y su habitual peinado con flequillo. Todo según el canon estilístico coreano, mas llevaba el pelo bastante encrespado, esto no formaba parte del estilo, pero sí del presupuesto…
Cuando se finge tanto, uno se convierte en un algo tan abstracto que bien podía estar representado por manchas y coordenadas. Bestial “Test de Rorschach”. Ellas superaban por quintuplicado el número de manchas del test. Fingimiento Extremo.

Perfectamente entrenadas y equipadas aguantaron el primer cuerpo a cuerpo. Supieron esquivar con más o menos acierto esas preguntas desmoralizantes y poco agradables cuando se trataba de ser admitidas en una escrupulosa hermandad. El comportamiento de los chicos revelaba un total alejamiento de preocupaciones y sospechas. De natural alegre y confiado, disfrutaron la novedad hasta los límites permitidos por la tradición y decencia.
Uno a cero ¿qué otra cosa podría ser más satisfactoria?. Bueno, para la oquedad de sus seseras, la belleza perfecta. Esa que, según ellas lleva a ser asediada y rodeada por hombres, semidioses y dioses. De íncubos y súcubos ya estaban hartas… Lo que desconocían es que ese tipo de belleza solamente suele habitar en lo muerto o lo inerte. Muerto. Inerte. Inerte. Inerte. Los astrónomos conocen bien, casi mejor que nadie, la diferencia.

Nueva cita. ¿Eran ingenuos o solamente vivían la vida tal cual llegaba? ¡qué felicidad!¡ Dios, qué felicidad!.
Imagino lo simple que sería la vida si pudiéramos apagar a voluntad las frecuencias de onda cerebrales. Pero sigo pensando, no debo tener mucha experiencia para desconectar. Apagar el motor. Apagar el receptor de onda corta…Apagar…

Kirikiko tenía un pequeño gran grano en el culo. No iba a soltar una rama sin tener otra totalmente afianzada. Los monos hacen lo mismo para no despeñarse en el peor de los momentos. Cuestión de supervivencia. Instinto. Animalidad. Su novio era una rama demasiado vapuleada, ya, por sus caprichos, mentiras y maldades. Aún así, las hiperreales, fingidas, lagrimitas de ella seguían teniendo un impacto demoledor en su corazón. Ese chico la escuchó bajo ciertas condiciones. Condiciones que ella no iba a cumplir pese haber dicho lo contrario. Rezó, envolvió con un cordel, vuelta a vuelta, su imagen sobre un tronco, volvió a los santos de espalda, metió en el congelador su fotografía…nada surtió efecto. La santería tiene esas cosas. Falla cuando más la necesitas.
El chico pasaba por momentos muy dolorosos. El dolor nos devuelve a la vida. Nos despierta. Él estaba despertando entre terribles suplicios. Se miró al espejo y tenía los ojos hinchados y el corazón partido pero no iba a tragarse una mentira más. Ni una más.

Al llegar a la nueva cita, naturalmente acompañada por Eviolela, ya sabía que tenía que poner toda la carne en el asador para atrapar nueva rama. La rama que de verdad quería para sí se había partido en dos. No tuvo dificultades para hacer comprender a Eviolela en el peligro en que se hallaba y ella, como venía siendo habitual últimamente, le espetó:

-¡Maldita sea, sabes lo que tienes que hacer!!Saca tu mejor arma! Después de todo no es tan complicado. Lo has hecho mil veces. – ambas se echaron a reír.
– De acuerdo, no queda más remedio. Tú me haces el opening y pan comido.- nuevas risas.

Algunos chicos estaban jugando con sus móviles. Otros dándose las bromitas de rigor entre ellos y poniéndose al día sobre el trabajo o la familia. Y unos pocos bailando de forma improvisada algo de kpop. Kirikiko esperó a que su chico K terminase de bailar. Se iba a acercar y comenzar su teatrillo, pero él se acercó justo al terminar el baile sin darle oportunidad a ella. Ya tenía los ojos enrojecidos (esta vez no eran las Circle Lenses) y la carita de pucheros de parvulario.

-¿Qué te ocurre? ¿te pasa algo? ¿quieres contarme? ¿qué puedo hacer? Se me parte el alma al verte así.

El cervatillo K estaba justo en el lugar esperado. Delante de la letal trampa. No lo sabía. Tal vez jamás lo sabría o querría saber, o tal vez sí…la vio retirar un mechón de su flequillo hacia la derecha. El color de la piel ahí debajo era más natural, con sus poros y sus grasitas. De hecho tenía algo de irreal, de burdo, de chusco. Qué paradójica es la “brutalidad” de la luz, pero hay que reconocer que es el triunfo de la naturaleza sobre cualquier artificio humano. Una jungla que se traga el más esmerado esplendor arquitectónico-artístico de cualquier civilización, o la mismísima vida de los pueblos.

Todo el grupo permanecía atónito y expectante ante la teatral escena (inmortalizada como todas sus tragicomedias con selfie y servilleta). ¡Señor, qué cruz! ¡Señor, qué buen amor este!:

“¡Ay viejas pitofleras, malapresas seades!
El mundo revolviendo, a todos engañades:
mintiendo, aponiendo, deziendo vanidades,
a los nesçios fazedes las mentiras verdades.”

-No quería contarte y estropearlo todo, pero lo haré ¡te necesito K! necesito tu dulzura y comprensión. Te necesito. Te necesito (no lo sabía él bien…).

Así y eclipsando cualquier posible pregunta del interlocutor, y sin apuntador, comenzó su lastimera perorata:

-No te lo había dicho cielo, pero aún estoy metida en una relación bastante dolorosa. Mi novio no me trata bien, nada bien. No se lo he dicho ni a mi madre, ni a mi hermana… Me pone los cuernos con todas las tías que le da la gana. No nos vemos casi nunca. Estoy siempre sola. Pero lo peor de todo es ese trato tan malo. Me hunde psicológicamente. Ya he querido dejarlo en varias ocasiones pero consigue sacarme la idea de la cabeza, durante un tiempo se porta bien y luego vuelta a las andadas. Ya no puedo soportarlo más.- ahora en lugar de lagrimillas, llanto desconsolado.

Él hubiera querido cogerla en sus brazos y salvarla de aquél ogro malvado, de aquella bestia parda. Qué ciega es la fe. Qué ciegos los adeptos ante la ”religión”, con dogma, que deciden abrazar sin hacerse pregunta alguna …

Se acercó hasta no dejar espacio entre los cuerpos, le tomó las manos y le beso las lágrimas. Ella respondió a las sinceras muestras de afectividad con el más falso abrazo. Se encargó de que sus pestañas hicieran cosquillas en sus mejillas, que la piel de los hombros rozara su rostro, que su perfume, prestado para la ocasión, le saturara las pituitarias. Dejó su boca entreabierta como esperando un beso. No llegó. Había que exprimir el jugo del deseo y sabía como hacerlo bien, muy bien…

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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (VI). De “Polla Loca” a “Opus Pistorum” pasando por “Hana yori dango”, esta última, la única “literatura” que Eviolela puede “tragar” sin morir en el intento… 

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (VI). De “Polla Loca” a “Opus Pistorum” pasando por “Hana yori dango”, esta última, la única “literatura” que Eviolela puede “tragar” sin morir en el intento…

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Con cuerpo y medio fuera del ambiente metalero, como los galgos de carreras, nuestra “Ella”, desde ahora Eviolela, disfrutaba del frikievento que se celebraba anualmente en la ciudad. Estaba cual Mariscal de campo saboreando el sabor de la sangre de las “jovencísimas victimillas”.Saboreaba con placer el sabor de esas muertes simbólicas: una sensación repugnante, innoble y que envilece a quien la experimenta de forma gratuita y desesperada. En su diario-robot, Marmalade Boy, del que no se separaba nunca, como si de La Tizona se tratara, iba haciendo sus voice-memos, obviamente temiendo que todo lo que había almacenado en su seca cabeza se le fuese a escapar al instante con la presteza del rayo exterminador de Pikachu sexta generación. Sus anotaciones parecían bucles audiovisuales de pésima calidad: ensoñaciones “sensuales”. Observaciones sobre como consagrarse a una deseada captura. Observaciones sobre los gustos, rutinas y comportamientos de sus presas. Observaciones sobre las medidas de las pollas ya merendadas y las que aún le parecían más apetecibles, en su delirante imaginación, por “inalcanzables” o no capturadas aún. ¡Qué golosa gatita! ¡qué gatita tan mala!: ¡miau, ven, ven, i love you celo hace niaaaa! ¡hace niaaau!. La verdad es que esta mentecata siempre había vivido en función de. En función del primer chico que se la tiró, milagro. En función de todos los chicos que le dieron y le siguen dando calabazas, demasiados. En función de aquellos muchos otros chicos, que por las razones que fueran, cayeron en las redes de una chica tan maravillosamente sexypornoerótica e “interesante”. En función de los tíos. Siempre en función de los tíos…¡Qué vida tan poética!.

Su alter ego, la Márgola, no estaba en el evento, habría hecho explotar la posición, privilegiada, de su Mariscal. Habría quemado los puentes. Habría arruinado la suculenta cacería de los tímidos cervatillos avistados y marcados con esmero por Ella. No convenía. Ella también necesitaba pillar cacho con urgencia. El pequeño grupo prometía.Prometía demasiado para que un peón sacrificable lo arruinase todo. Así que la Márgola, desde ahora Crihässlich, estaba bien donde estaba, en el trastero-basurero y bajo siete llaves. Nuevos tiempos, nuevos peones…

A veces hay que creer que todo va a ir de maravilla en el mejor de los mundos. Pero son los idiotas los que llegan a creerlo del todo. Para ellos es impensable el fin de lo posible y lo imposible. Juzgué prudente no inferir, con la mayor de las precauciones, para no caer en un paroxismo incontrolado. Mi perplejidad era seráfica. Beatífica…
Nuestra Marionetilla, desde ahora Kirikiko, se detuvo con el aire de la treintañera Poppy (personaje de Happy-Go-Lucky en versión cómico-perversa) que va a dar clase a sus alumnos de primaria. Le parecieron pan comido, por edad y cultura. Cuando aquellos chicos subieron al escenario a bailar un tema de kpop. Sus risas, soflamas e incitaciones explicitas tenían un tono más que “apasionado”. Se adivinaba la preparación sistemática y metódica de la febril cazadora de machos que habitaba en su interior. Su instinto le decía que podía modelar a uno de esos chicos a su antojo. Y marcó a uno con su almohadillada K en el lomo. En otro momento, ese chico le habría parecido demasiado palurdo, zafio, infantil e irritante. Ahora, le parecía la forma más rápida de alcanzar su paraíso terrestre. Así su Macondo particular sería algo más que un sueño lejano o el acto de fe de una loca desesperada. El porvenir radiante que imaginaba compensaba todos los sacrificios que ya adivinaba por llegar…Todos los chicos tienen madres.¡Horror!

Así que, evento friki en pleno desarrollo. Chicos atractivos a punto de pisar el escenario y bailar. Oportunidad. Kirikiko atacó sin recato a una yugular marcada y predispuesta. El chico jamás había sentido tanta admiración, y, luego, “tanto” contacto físico con una mujer en toda su existencia. No demasiado larga. Le gustaba la sensación. Hubiera podido creer cualquier cosa que ella le hubiese dicho mientras lo manoseaba y besuqueaba. Su alma parecía haberse extraviado para siempre entre tanto tocamiento y halago facilón. Su pantalón también parecía vivo y extraviado. Era más joven que ella y completamente inexperto. Qué sensación tan curiosa, contradictoria y pasmosa observar el “arte” de la seducción llevado al límite de la exageración esperpéntica. Más curioso aún, era contemplar tan melifluas manifestaciones “amorosas” en público. Esas manifestaciones para el chico eran totalmente nuevas, reproblables, casi punibles para más INRI. Le horrorizaba ese comportamiento, quizá por la poca costumbre y por estar imbuido de una, distinta, tradición atávica y ancestral. El joven, a lo largo de la noche había bailado, sonreído, distribuido cumplidos y había llegado a olvidar por completo ese espíritu de salvaguarda de las ancestrales tradiciones de honor, lealtad, recato cultural… Él mismo no era más que un niño jugando, entusiasmado, con la idea de hacerse mayor de golpe. Decididamente le divertía y apetecía esa posición.

Eviolela tampoco había perdido el tiempo. Había pintado una R enorme sobre la espalda del chico seleccionado. El más tímido y apocado de todos. Aventuraba todo un mundo Shojo en esa mirada huidiza, escurridiza, esquiva, medrosa… En su mente perturbada ya vislumbraba la forma perfecta de instruir e introducir al chico en el Sexo Miau Sailor Moon . Era como una curtida entrenadora de caballos que mira con ojos golosos a un potrillo purasangre. El potrillo se dejaría llevar en todo instante por miedo, miedo a la soledad, miedo a no estar a la altura… Podía adivinar su semblante tenso y encandilado al tiempo, ante la visión de la carne. Podía adivinar que el pobre envidiaría esa soltura suya: Toca aquí, ahí, así no, así, ahí muy bien, perfecto, pero mi novio movía la lengua más rápidamente y con más vigor dándome más placer… Calma,ahora calma, para así no, te correrás con solo el roce de los labios y adiós felación… Ahora calma, calma, calma. Para hacer boca y tiempo verían Hana yori dango, por ejemplo; luego volvería a sacar de paseo a Gatubela Mix.

El grupo de bailarines ya se iba. Pactaron nuevo encuentro grupal al que Eviolela se adhirió sin titubear un segundo. Aseguró que Kirikiko iría. No hacía falta esa afirmación. Todos eran conscientes de lo que estaban viendo. Iría, era evidente.

Kirikiko y el chico K quedaron en volver a verse tan pronto como fuese posible. En ese prestísimo lapsus temporal Kirikiko tenía que despachar a su novio, músico en una banda metalera, y a su amante, también músico en otra banda metalera. Ambos guapísimos, ambos buenas personas, ambos conocedores de su yo más íntimo. Ambos conocedores de este personajillo lacrimógeno digno de un tratado de psicología y sociología y filosofía y neurofisiología…. El novio de la Marionetilla, tarde, demasiado tarde y con demasiadas heridas, comenzaba a retirar de sus ojos esa venda de ficciones que ella le había vendido y que cada vez le hacían más y más desgraciado. Su amante, por su parte, le había dejado meridianamente claro que sólo quería buen sexo esporádico, charlas sobre la nada y la nausea, la vida es dura sin prozac, y algo parecido a la amistad. Él parecía ileso. Un triangulo de cuatro lados verdaderamente sorprendente y desquiciante. Carl Jung se retractaría, o perfeccionaría, su idea sobre la reconciliación de las polaridades sexuales… ¡Cuán desgraciada y vil tiene que sentirse una mujer para haber llegado a eso, para haber caído tan bajo!. Incluso yo, en mi infinita “humana humanidad”, la compadecería pero en realidad mi piedad o misericordia sería más falsa que este personajucho de vaudeville o burlesque victoriano.

Comenzaba una nueva “Época” para estas putitas de cuartelillo. Nuevos tiempos, nuevos amigos, nuevas viejas ficciones remozadas. Nuevos venenos. Nuevas falsas jovialidades. Decididamente había que tener mal ojo para acercarse a “escuchar” las historias de estas viudas negras, historias de vidas tan negras como el carbón, cuando uno no ha comenzado siquiera a descifrar los propios claroscuros del universo de la mente…

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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (V). El Cuco Borgia.

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (V). El Cuco Borgia.

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Por la noche, y en algún bareto de copas entre risas zafias y alcohol, o en los aledaños del Río entre vapores de cachimbas y petas, Ella y su Marionetilla  farfullaban, a media voz, y elaboraban sus planes de caza. Caza del músico. Caza mayor. Planes de “primorosa gestación” que obedecían a extraños impulsos, casi demenciales. En los manicomios los impulsos y pulsiones eran más normales y humanos, y aún así requerían de apropiada medicación. Sin duda, El Cuco que voló sobre sus nidos era descendiente de aquellos maléficos cucos de la saga Borgia.

Lo realmente curioso de esta relación interesada era el oculto desprecio que Ella sentía por la Marionetilla. Le desagradaba en extremo su infantil vanagloria y sus aires de ridícula comediante. Ella se sentía infinitamente mejor aunque la suerte no quisiera favorecerla. Nadie más había descubierto tal cosa. Hubiera podido saberlo por otros, pero no, bienaventurado su torpor. Lo que más odiaba de la Marionetilla era su rostro. Le exaspera y torturaba  que una idiota integral poseyera más “dotes” de seducción que ella por tener una cara común y más o menos agraciada. Odiaba esos dientes deformes y parduscos. Odiaba su voz  de quiero y no puedo, un permanente y chicloso “vibrato caprino” en lo más bajo de la escala, que la obligaban a hacer varias tomas de aire para poder terminar una pequeña estrofilla de cualquier estúpida cancioncilla, si la terminaba.

Puedo partirme en dos de tanto reírme con sus “interpretaciones” en la red ¡Y qué falta de ingenio! ¿cómo podía servirse de Youtube para colgar basura sin ser literalmente arrojada a los leones?. Decididamente este medio permitía todas las fanfarronadas del mundo mundial y no rechazaba jamás ocasión alguna para la diversión y la burla. Viralizar la estupidez se había convertido en un verdadero imponderable: oferta y demanda. Debería acordarse de ello más a menudo… En definitiva, era el  ideal de “mujer” para  los poemas de Cátulo. Una chica con carita agradable y común, cuerpo redondito y sin pecho, con dientes de tiburón viejo (la orina a pesar de ser barata como blanqueante le parecía extravagante y prosaica, demasiado romana para su selectivo gusto,  y a estas alturas de la película, podía permitirse esperar un poco más. Sus lagrimitas de cocodrilo lograrían una buena y blanqueadísima ortodoncia a coste cero. Sus lagrimitas eran muy poco falibles). Una chica bailando sin saber bailar, cantando sin saber cantar, interpretando sin saber, siquiera, qué era interpretar ¿cómo lo iba a saber? El único personaje que había interpretado toda su vida, con cierto éxito, era a sí misma…y como colofón el cosplay, regalado por novios complacientes, las más de las veces. Una cosplayer  afamada, en sueños claro. En sueños. Para alguien tan pragmático con las cosas “de comer” su mayor logro fue transformar la fantasía en ciencia exacta. Precio.

Había leído demasiadas novelas baratas. Y, sin duda, había recibido una “esmerada” educación, como su hermana. Centrada en la rigurosa  banalidad y riguroso decálogo de los que no han hecho nunca el menor esfuerzo, ni nada serio en la vida. Su madre era una buena mujer. De esas que suelen repetir a la saciedad que los hombres exitosos no tienen demasiados principios. Los principios son cosas de fracasados.

La videncia, la cartomancia y la “santería” podían ser, según la temporada, un refrigerio a tan candente situación familiar. La situación económica familiar no era muy desahogada. Dios siempre estaba presto a proveer a los hombres de fe o buena voluntad, pero sus mejores clientes no estaban dispuestos a aceptar un “precio” que no se ajustaba a las ancestrales tradiciones: la voluntad.

Naturalmente, y por desgracia, las personas desesperadas necesitan aferrarse a cualquier esperanza. En esa tesitura suelen agarrarse con convicción a las decisiones más equivocadas y disparatadas. No simplemente porque esas decisiones les empujan a las garras de astutos hijos o hijas de puta, sino porque al final se dan cuenta de la terrible e irremediable realidad: el vil engaño. La esquilmación  monetaria.

Tan pronto como estos infames personajes olían el dinero, de incautos y afligidos, comenzaban a sugerir las necesarias prorrogas para garantizar el  final exitoso de sus “trabajitos”.  La táctica y la técnica hacen al maestro. Y ellas, especialmente la madre, eran expertas en caminar sobre la cuerda floja y sobre brasas al rojo vivo de ser menester. Por otra parte, esta buena señora tenía un especial olfato para esquivar las situaciones verdaderamente críticas de su vida. Habría usado a sus hijas hasta donde hubiese sido conveniente. Hasta ese punto realmente destructivo del no retorno. Una de ella cobraba, no mucho, por polvo, paja o felación…Era una buena madre, efectivamente, y si no se ocupaba constantemente de ellas no habría valido la pena tenerlas. Y valió la pena…valió la pena. Milagros raros del pontificado de la vida.

A la marionetilla, la mejor alumna de la casa, le habían enseñado la manera más rápida, y aceptablemente decente, de vivir a costa de otros, a la sombra de otros, sin tener que venderse a precio fijo y a cara descubierta o doblar el espinazo. Normalmente, parasitando a hijos de buenas familias trabajadoras. Así, podía soñar con hacer carrera  artística, musical, interpretativa, o lo que fuese que  rondase en ese torbellino de estúpidas vanidades que tenía por cabeza. Carreras de fondo y de boquilla para afuera. Carreras para las que no necesitaba título alguno, faltaría más. Mientras  cualquier gilipollas le sufragase los gastos podía seguir creyéndose dotada para vivir del cuento. ¡Oh!, ¡Sí! Era su sueño: ¡tú eres mi todo! ¡pase lo que pase te amaré hasta el fin de los días! ¡regalitos de mi amorcín!. Su cuento, si algo era el él de turno era eso, su cuento.

Era realmente pasmoso  vislumbrar un espíritu tan completamente vacío, el de la Marionetilla en este caso. Miré  el desolador panorama agudizando cada sentido. Con una acuidad dolorosa pude entrever a ese pobre gilipollas de turno al que había engatusado para terminar chupándole hasta la última gota de sangre. Y para que su sueño fuese redondo, y contra todo lo esperado por cualquier espectador, le hacía falta una boda al más puro estilo Las Vegas y cuatro  barrigas. Los enanos correteando por la casa la convertirían en “abnegada” madre y ama de casa a tiempo completo, razón de peso para no trabajar fuera bajo rígidas normas, normas demasiado escritas y poco aptas para ella; y al tiempo, podría atar en corto al pobre desgraciado, muy, pero que muy, en corto.  y si las cosas fuesen mal dadas y pensando en el peor de los escenarios posibles, cuatro pensiones alimenticias y una compensatoria se estirarían lo suficiente para poder poner los pies en polvorosa. Un nuevo puesto o caladero.

Mas, a pesar de todo, vivía  siempre con el terror de despertarse “arruinada”, abrir los ojos una buena mañana y no tener a un tío al lado. ¡Si no pedía tanto! ¡Un gilipollas sin más!. Sin que sucediera nada entre ellos se contentaría con tenerlo al alcance de la mano. Esperando el momento oportuno  para  democratizar su cartera, eso sí, con la mano en el corazón. Siempre en el corazón y para toda la vida. Para toda la vida pero no en la pobreza, ¡qué vulgaridad!.

En esa atmosfera de fantasía, y antes de su actuación estelar, tuve la desgracia de verla. Trataba de encandilar con su “incomparable” oratoria a unos y otros. Ni tenía conversación ni decía nada digno de ser recordado, pero hablaba. Hablaba y hablaba. Entonces, en un pequeño lapsus en el que dejó descansar la lengua y mantuvo la boca cerrada, se produjo una pequeña luminosidad en su mirada. Un destello curioso y extraño. Pestañeaba mucho, las lentillas violetas pesaban tanto que daban la impresión de estar pegadas a sus ojos, que jamás saldrían de ahí. Sus facciones, suaves al principio, se iban definiendo hasta dibujar un círculo orondo y lunar que la afeaba terriblemente. Tenía el rostro abotargado y  peguntoso. El maquillaje también era pesado y denso. Bajo la peluca se veían  mechones de pelo teñido una y otra vez. Crisol decolorado. Color indefinido y estropajoso, lo que daba a la piel un aspecto más ajado. Toda su faz aparecía más extraviada y tragicómica conforme el crono avanzaba. Y por fin cantó la gorda, que dicen en el Bel Canto. Y Cantó. Cantó… Frente a un espectáculo semejante uno no sabía qué hacer. Le ponía tanto “sentimiento” y “ardor” que el desconcertado público no sabía si bajar el pulgar para echarla a las felinas fieras o indultarla por el inestimable y ansiado descanso para sus maltratados oídos. El indulto, realmente, sólo podía complacer, temporalmente, a sus “amorcines de turno”. Tan  dichoso acontecimiento auguraba una estupenda escena de cama. Esa clase de apasionamiento jadeante, salvaje y torrencial que incendiaba el bajo vientre de los hombres al albur de una simple expectativa. Expectativa  que encendía un fatuo fuego durante toda una noche. Oirla y verla “interpretar”, para él solito y a puerta cerrada, Saigo no yakusoku era un verdadero maltrago, pero la tortura era tolerable si el cameo merecía la pena. Luego, como colofón, cancioncilla al oído. Vuelta de tuerca. Tortura nueva. Sudor. Aire. Agua. Tabaco. Alarma de incendio…o lo que fuera. Pobre hombre.

Ya en sus respectivas  casas, la de Ella y su Marionetilla, los  viejos carteles de bandas metaleras constituían las únicas pruebas de existencia de su “radical devoción” por los músicos. Si se tenía en cuenta el número de conciertos de heavy metal de la provincia, en todas sus variantes y durante cuatro o cinco años, se podía calcular, con escasísimo  margen de error, la cantidad de expediciones de tan promiscuas “exploradoras”. No hacían falta elaborados algoritmos para ello. Luego, al repertorio se añadió el evento friki. Por suerte, o desgracia, estos eventos eran menos frecuentes.

De este modo, tan repugnante, y sin rumbo fijo, anduvieron durante mucho tiempo, en un intenso periplo experimental. El número de buenos trofeos era amplio: cinco músicos “guapitos y de familla” para la Marionetilla y para Ella los “loros” que  les acompañaban. Tratándose de Ella, hasta los loros resultaban bellos e inteligentes ejemplares parecidos a bonobos.
No era fácil encontrar las palabras requeridas para describir sus andanzas. La ciudad estaba llena de buenos chicos malos, pero estas retrasadas confundían el sexo y el amor, se sometían al primero sin llegar a descubrir el segundo. Su ridícula y pueril  jactancia  y sus actuaciones  tragicómicas se veían satisfechas con unos cuantos trofeíllos y un que otro aplauso, falso, siempre falso. Después de todo, era lo que ellas mismas hacían, simular  devoción y admiración a muchos grupos de metal, por puro esnobismo o por puro interés. Para el caso es lo mismo.

En suma, era fácil imaginar, en el sentido más amplio, incluso el figurado, la dilatada y extensa recolección de espermatozoides de un periodo tan inflacionista. Sin embargo, estos espermatozoides gruñían de un modo que se les antojaba agresivo. Golpeaban, a ritmo de la brutal música, las paredes de caucho, superponiéndose a otros hedores salvajes. Sólo les faltaba garras y colmillos para representar su propia y total némesis. Con tan poquito pertrecho, conejitos juguetones multiusos, no se podía retener o entrenar a las recluidas bestias que pugnaban por salir al exterior. En tan resbaladizo y caótico entorno por “territorio”, las dudas iban cuajando, a modo de espuma tóxica, en su retorcida sesera. Mommie Dearest. Joan Crawford frente al cruel espejo de la realidad.

Tenían que pensar en ir saliendo de un ambiente en el que no tenían cabida. De tan vistas y conocidas, habían quemado todos sus cartuchos y estratagemas.

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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (IV). El Corral de las Perepatetikes . 

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (IV). El Corral de las Perepatetikes .

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Mi vida, por lo general, es bastante ordenada y metódica. Me ocupan muchos y variados intereses, y, sencillamente, me preocupan los temas de enjundia o envergadura. Compararme con las demás chicas y tratar de vilipendiar a las que puedan ser mejores que yo no forma parte de mis objetivos, ni de mi carácter; evidentemente, tampoco hacerme un selfie diario ( cute o porno). Seguramente, ambas acciones, sean un servicio a la comunidad con prima de bonitos regalos (unos más pragmáticos que otros, pero los likes que no falten) por un lado, pero también con prima de riesgo (consecuencias) por otro. Debe ser angustioso y desesperante sentir esa necesidad patológica de ser querido o aceptado a cualquier precio, pero utilizar la mentira, la calumnia, la injuria… es ir demasiado lejos y demuestra hasta qué punto una mente trastornada puede llegar. Errores del azar. “Dios” juega a los dados.

Ahí estaba ese reptil, no clasificado, tratando de echarme de mi propia vida. Ahí estaba, con su veneno ponzoñoso y su lengua viperina, en un cruce de caminos demasiado azaroso para quien no cree en la suerte. Lo que se fue sucediendo desde ese justo momento es indicativo de las nefastas consecuencias de errar el objetivo cuando inicias una guerra. Sucia, evidentemente. Todo lo referido a ella es sucio, abyecto, torcido, inmundo, abominable, perverso, infernal, subterráneo…

Los afectos electivos son los verdaderamente humanos y humanizantes. Los otros, son “cosificables”: se toman a falta de algo mejor y se dejan cuando ese algo mejor aparece. Esa, para desgracia de incautos, era su pauta de conducta. Tomaba y dejaba las relaciones como si de sus “cuqui-fundidas AlienexPres” de móvil se tratase. Incluso la Márgola era una “cosa” que “utilizaba” cuando le convenía. La había tenido un año en el trastero, en el cubo, sin fondo, de su basura. Un cubo demasiado grande. Y ahora, en este justo momento, la cobardía la empujaba a rebuscar en su propia basura, entre sus propias miserias, aquello que tiró. Necesitaba algo lo bastante soez, barriobajero y chabacano para sus propósitos. Necesitaba un “valido” lo suficientemente ruin, fullero y endurecido para ser “usado” como ariete y parapeto. Así, su actual SailorMundo parecería “inmaculado” y su imagen (una imagen falseada y falsificada totalmente) de buenismo y buenrollismo no se vería comprometida. Pocos conocían la negritud pantanosa de su alma.

La Márgola, unos años atrás, había ejercido de lazarillo, celestina y trotaconventos para introducirla en el círculo heavy de la ciudad. En calidad de “groupie” y en su peor acepción. El ambiente acotado le parecía propicio para la caza. Caza del músico, premio gordo, o lo que se pusiera a tiro, premio de consolación, dado que la Márgola era tan “agraciada” como ella, aunque infinitamente más ordinaria y arrabalera. La Márgola tenía garantizada la entrada en tan singular ambiente ya que le unían lazos de sangre con un músico y con un promotor de espectáculos.
Cuándo, ella, comenzó a perder el control sobre su monstruo y el ambiente comenzaba a resultarle incómodo, por exceso de realidad, sustituyó a la Márgola por una marionetilla de rastrillo, tan ligera de bragas y cascos como ella, pero más mona y con muchas más “posibilidades” como groupie-slug. Ghosting-On.

El mundillo del metal es muy particular. Pese a lo que la gente suele imaginar cuando piensa en heavy metal, no es un mundo de violencia y satanismo. Es un mundillo donde la música ocupa el lugar que le corresponde, el principal. Luego, en segundo lugar, está la “filosofía vital”, y por último la imagen. La música es la reina y estrella en cada concierto de metal, en cada poro de la piel de un metalero. El verdadero metalero hace de las verdades incómodas un estandarte. Cualquier tema debe ser abordado desde la más palmaria y desnuda verdad de cada uno. La falsedad y la hipocresía son detectados y desenmascarados sin diplomacia alguna. Un verdadero metalero es capaz de llegar a las profundidades del alma humana como lo haría un reputado psiquiatra o psicólogo, pero por el camino más corto. Sus temas de conversación suelen requerir de, al menos, sinceridad. La capacidad de argumentación y lógica son bastante bien acogidos e incluso solicitados, si bien no hay que ser el más brillante conversador del reino, simplemente ser auténtico. Autenticidad, un pilar de su filosofía. Autenticidad de la que ella carecía por completo. Disfrazarse, con trapitos y poses, de metalera y poner el “conejito” en bandeja no es suficiente para “integrarse” en este mundo. Mucho menos para ganarse el respeto necesario para ser considerado un igual. Al contrario, un coñito fácil era considerado como un “corral” al que organizar excursiones en cuadrillas de tres a cinco aguardando delante a pie firme y dándose palique hasta que acabase el cagón del grupo. Cada cual podía abordar la faena como se le antojara o tuviera costumbre, en eso nadie se entrometía. Quien más y quien menos tenía necesidades fisiológicas que cubrir, luego, se limpiaba el ojete, hasta dejarlo reluciente, y si te vi no me acuerdo.

Por otra parte, las verdaderas metaleras tenían caladas a estas ursulinas disfrazadas con corsé, minifalda y tachuelas en las botas de plástico y las trataban como a una plaga a exterminar.
Estas perversas criaturitas del averno, amén de profanar la música, lo más sagrado en el metal, solían tener un muy similar modus operandi: calentar bragueta, aunque para ello tuvieran que meter la lengua en la garganta de otra tía o tocar teta y pelo de coño. Bisexualidad de opereta y fanfarria. Tal morbosa propaganda terminaba por crear curiosos antecedentes:

-Lo has conseguido nena, estoy desbocada y calentita, muy caliente, así que vamos al aseo. Quiero que me comas el coño sin parar hasta dejármelo “pelao”. Hazme jadear como a una perra, quiero mearme en las bragas de gustito. Luego llamaremos a un colega para que remate la faena con un buen pollazo- Todo esto adornado con los lascivos movimientos labiolinguales. Mick Jagger en mujer.
Acto seguido unas cuantas constataciones testimoniales: pánico, angustia, descomposición, por un lado. Por otro, sorna contenida, cinismo a raudales y cierta satisfacción personal.

– ¿Qué ocurre chica? Se diría que te has meado antes que yo. Menuda corrida. Sé que soy arrebatadoramente sexy y suele ocurrir esto. No te preocupes, nena, en estas cosas del coño sólo cuentan los sentimientos, los prolegómenos y el clímax. Cámbiate de bragas y en otra ocasión será- .

No cabe duda, la verdad es una fuerza descomunal y arrolladora por sí sola, por extraño que, a veces, nos parezca. Cortar de raíz la hipocresía y la mentira es lo más prudente cuando uno no tiene ganas ni disposición de aguantar burdas mascaradas, cuando uno no tiene, siquiera, tiempo para dormir…

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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos, III. “Fotografía artística”.

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos, III. “Fotografía artística”.

kamasutra

Su desesperada necesidad de encajar en un “perfil” sexy la convertía en un payaso delirante y absurdo. Ante sus bufonadas palaciegas su séquito de “aplaudidores” pedía más carnaza. Menos ropa. Más ludi. Unos para mofarse, otros para aliviar las “tensiones acumuladas” con una improvisada paja a dos manos, y otros, los más, para identificarse como acreedores de pragmáticos favores (fonda y comida gratis, invitaciones variadas, armario abierto, tasas…). Su voz, impostada, era tan grotesca como un polvo, con orgasmo fingido, sobre la tumba de un, viejo y rico, “Ex”. Transverberación allenniana. Pamela Peaks desatada. Su risa, aún más falsa si cabe, martirizaba los oídos, por curtidos que estuvieran, como si de una perdigonada de alfileres oxidados en un ojo se tratase. El eco de aquella estúpida fonética deformaba totalmente el universal concepto “voz humana” y el universal concepto “comunicación” : “memecelo, i love you, miminiaaaa, uu, memicelo hace miminiauuu”. ¡Qué desolador y bochornoso espectáculo! ¿Quién podría describir eso con espartana exactitud y tino? Buscando oficiantes y monaguillos de la extrema superficialidad e infinita estupidez, capaces de humillarse a sí mismos sin ayuda de nadie, encontré un Casting de Letificia Sabadabadeter de 1990, aunque este personaje no necesita de singular ocasión para mostrarnos su “talento”.

Miro el reloj y la calle desierta. La oscuridad se prolonga en cada esquina. Unos gatos en celo maúllan en la quietud del silencio. Es curioso, hasta sus maullidos resultan musicales. Tomo, nuevamente, asiento. El flexo proyecta un haz de microscópicas chispas luminosas sobre la mesa. Algunas partículas en suspensión bailan bajo la luz pajiza. Vuelvo a fijar la vista en sus fotografías con asombro y pena, pretendiendo, tal vez, que en un abrir y cerrar de ojos esas escenas pornográficas se desvanecieran en el éter. Pero las fotografías no danzan como las motitas de polvo hasta posarse o desaparecer. Cada cual se define, esencialmente, en lo que dice y hace, acaso parezca exagerado, pero es la tiránica verdad. Ella, con ese tipo de pornográficas fotografías, tenía la seguridad de ser mirada. El subambiente de fatuidad en que envolvía su habitación revelaba la propia decadencia y vacuidad moral. Sin duda, le obsesionaba lo licencioso y lo morboso. Herramienta útil cuando encontrar “cualidades” se hace ardua tarea o misión imposible. ¿Era pura provocación esa conducta? ¿era puro capricho? ¿imitación? ¿o era pura estupidez?… Fuese lo que fuese, aborrezco en extremo esa miseria interior, esa extrema futilidad. La única lectura, objetiva, de aquellas imágenes, quizás la única posible, era la absoluta futilidad.

Cortinas acanaladas y recias. Dibujos de anime y manga, realmente malos, junto con algunos posters de grupos musicales coreanos decorando la pared. Decorándola a ella, lencería minimalista. Minimalistas braguitas y sujetadores. Minimalistas tangas con “apelativos” mensajes. Minimalistas saltos de cama, combinaciones , bodys, picardías…Sus poses lascivas eran la guinda de su particular théâtre des Variétés. Un espectáculo representado a puerta cerrada para un “seleccionado” y “selecto” público. Una función que, vista con la perspectiva suficiente, se me antojaba totalmente angustiosa y demencial. El pretendido espíritu artístico de aquellas fotografías no engañaban a casi nadie. Desde luego a mí no. El arte está condenado a enfrentar al mundo. Y, sobra decir que ella tan solo enfrentaba “la crítica” favorable, la crítica babosa y servil de un grupúsculo de “ observadores y jugadores” de pulido prosaísmo. Fingimiento e inanidad: fórmula magistral. El memorándum conformado por el enorme montón de fotografías, notas manuscritas y patéticos vídeos reflejaba fielmente la vida de aquella cabeza seca. Tan seca que hubiese podido confundirse con el cráneo de la momia de Tutankamón.

Cadizfornication. Verano. Calle y fiesta. Noches abiertas a todos los apetitos de la vanidad, la promiscuidad y los excesos. En sus más locos espacios estos apetitos desenfrenados se despliegan como un siroco o levantera, contagiando, por doquier, su vehemencia y frenesí; poniendo al descubierto las más bajas pulsiones y pasiones: Capote, Embrujo, Barbacana, Boheme, Noha y alcohol, mucho alcohol. El alcohol, la música y el neón de color iban descomponiendo, trepidantemente, las inhibiciones; iban royendo, en su centro de gravedad, a todas aquellas fuerzas que siempre terminan por equilibrarse entre sí: hambre y ganas de comer, seducción y ganas de follar, placer de ocasión y tiempo de olvidar.
No hay mentira más atrevida que aquella que se esconde tras el disimulo. El disimulo es un arte de un empirismo funesto. Viéndola, no había lugar para la duda, sabías que era uno de esos seres que mienten tan rematadamente bien que te pueden convencer de que sentir intensamente equivale a amar (si puedes anular la conciencia de alguien, para que te siga más allá del bien y del mal, tienes una batalla ganada en tu cruzada particular, quizá para siempre). Así, sin el menor prurito y con ingeniosas mascaras, se zambullía en el corazón de los placeres dionisíacos.

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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (II).

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (II).

Toulouse-Lautrec_putas

Cada día, ella, inventaba pretextos para obtener el beneplácito de los demás: cine, playa, parque temático, barbacoas, compras…evidentemente, esta fiebre tenía un precio pagar, muchas cuentas, a cambio de “afecto incondicional”, eso la convertía en la pagafantas del grupo, y ponía al descubierto el componente primordial de su personalidad: baja autoestima. Baja autoestima camuflada por una rosa nebulosa de ficciones. Algunas de ellas bastante insólitas. Ficciones importadas. Ficciones kawai. “Ficciones low-cost” a precio variable. Ficciones… Like a todas ellas.

Puede que el ser humano no sea como quiere ser sino como le dejan ser. Sin embargo, elegir representar un rol trivial y banal no requiere esfuerzo ni lucha; el medio no ejerce “represión” alguna con quien nada se cuestiona. En ese limbo, se estará muy cómodo, posiblemente, pero ese estado de inopia aniquila lo que nos hace, auténticamente, humanos, la conciencia. Vivir como un gato humanizado no es vivir, es vegetar, es lo completamente absurdo del más fútil despropósito vital. Los argumentos de bestseller basura formaban parte de su puesta en escena. Se empapaba de los hitos de Friki Love, Sex Code, Vanity Dust, Crepúsculo, Fifty Shades of Grey, Tres metros sobre el cielo…Estas lecciones recibidas en “dialecto” beckettiano” (a lo Gogo y Didi, que hablan para no decir nada y esperan sin saber qué es lo que esperan) sustituían al propio pensamiento y lenguaje, que yo supongo que era, pese a todo, formal en su ruido de fondo, pero muy, muy de fondo. Era bochornoso observar como encadenaba frases para apoyar una idea, evidentemente no propia, y a la menor fricción con un argumento distinto y de signo contrario, por estúpido que fuese, se desinflaba. Me pregunto si alguno de sus pensamientos estará maduro en alguna forma o cariz. Maduro para alcanzar la profundidad suficiente antes de brotar al exterior y enfrentar alguna mundana y tozuda realidad.

Miro al vacío y suspiro. Todo está inmóvil. Me inclino sobre el papel reciclado, hay un rastro de sus otras vidas en cada átomo. Su olor está impregnado de exudados de cola blanca, de tinta vieja y cartón húmedo. Poco a poco florecen las palabras y percibo como se impregnan de esas partículas olorosas. Pienso y escribo. Al contrario de lo que yo había querido creer, por una fracción de segundo, la futilidad y la inmadurez no estaban exentas de agresividad. La aplastante realidad se impone siempre: los animales no se cuestionan, en términos morales o éticos, como el ser humano, sus actos. Alimentarse, aparearse o defenderse es algo instintivo; sin embargo no hay “maldad” en sus acciones . Instinto. El ser humano si puede transformar los instintos. Puede transformar la agresividad en maldad. Y ella, ponía al servicio de su causa una suerte de maldad premeditada y alevosa, en realidad, la suya y la de su Márgola de cabecera y muñecos. Maldad regurgitada hasta la más espesa y ocre bilis, con su característico color y pestilencia. Me costaba asimilarlo. Tenía la impresión de que hasta la bajeza moral tenía sus umbrales en una sociedad civilizada. Craso error por mi parte. Me costaba digerir el hecho de que los valores y principios universales se integraran en la vida por distintas vías, e incluso, que estuviesen totalmente ausentes. La vida cotidiana fábrica infinitas realidades humanas y el ser humano fábrica distintas formas de enfrentarlas. Esto marca la diferencia entre unos y otros. Escepticismo. Y no quiero acostumbrarme al escepticismo nihilista. No quiero abonar mi alma con la fetidez del fango pútrido. No quiero enturbiar mi espíritu con la onda, expansiva, de una maldad inextricable, una maldad monologada, en off, por el delirio y el resentimiento de una rastrera Márgola.

Noche. Cena. Celebración. Ahí estaba ella, este esperpéntico ser, en el mismo espacio que yo. Un error del azar, sin duda. Un error pestilente como un enorme charco de orín y mierda en el camino de alguien que va descalzo. Cerraba los ojos con rapidez. Las circle lenses coreanas comenzaban a resecarle los ojos con sus 15.0 mm de Polyphema. La escasísima esclerótica que quedaba al descubierto comenzaba a rojear y brillar como si tuviera tiroides (Flashback de Walking Dead en mis retinas). Las pestañas postizas se le despegaban por los extremos dándole una apariencia de bicho espantado. Hasta su mejor y más ensayada pose Sailor Moon se descomponía con gran celeridad. Realmente parecía un anime, pero un anime desgarbado, feo y repulsivo a rabiar. Una réplica, exclusivamente, anatómica y fisionómica, de Emporio Ivankov, con una boca enorme y repintada de un rojo tan chillón que dolían los ojos. No obstante, movida por instintos viscerales, se acercó a observarme con el sigilo de las viejas “fieras okamas” de la isla Momoiro. Su dollypeinado, rubio natural de bote ColorcreMemi 6.43, era aún más ridículo que su “máscara facial”. Algo bastante meritorio por otra parte, pues superar eso era titánica labor, pero claro, una rubia de nacimiento, como osaba declarar, puede permitirse el peinado más “creativo” de cualquier idol coreana después de raparse el pubis para evitar incoherencias visuales, aunque, de momento, olvidaba las cejas. Copia. Copia patética. CutCopyMode.

Un gesto de asco por mi parte. Levanté la ceja izquierda, entrecerré los ojos levemente llevando el iris al borde, también izquierdo, y los labios dibujaron la mueca de la oronda repugnancia; luego me limité a ignorarla por completo pese sus intentos de llamar la atención. la ignoré pensando en mí, por supuestísimamente. No iba a permitir que este absurdo y malicioso ser y sus excrecencias enturbiasen un feliz momento de mi vida. Pese a todo, y con una buenísima vista periférica, capté todos los detalles de la “incalificable” impronta: Fealdad. fealdad por dentro y por fuera. Fealdad que ninguna Reborn Slag-Slug Production puede “maquillar” y “vender” a personas medianamente inteligentes o con sentido ético y estético.

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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (I).

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (I).

AKELARRE

Las casualidades pueden ser odiosos errores de la vida. Encontrar arpías y otras bestias mitológicas en lugar de seres humanos me hace una ilusión loca. Me ocurre con todos los “personajes”, traídos al la vida real: ricos o pobres, guapos o feos, inteligentes o memos, hombres o mujeres… En este caso, una mujer a la sombra de una Márgola y sus garras, bajo su protección. Una mujer que, a su vez, con la mano izquierda, mueve los hilos de una marioneta “comprada” a precio de saldo en el mercadillo del Río o la Carpa de una Playa. Y con la mano derecha, a un extraño muñeco de paja, un muñeco devastado por su propia tormenta interior. Es terrible tener vedado, o vedarse, la propia identidad sexual. Es horrible tener que ocultar,  sobre todo a tu familia, tu condición de gay. Así, entre resentimiento y dolor contenido, arrastraba su cruz y camuflaba su propio infierno con la banalidad absoluta y la jeremiada absoluta. Así lograba,  cómodamente,  conservar cierto hermetismo sobre lo que tenía prohibido y se prohibía  divulgar.

Ella, este ser, es su mejor sátira. En un somero bosquejo, reflejaría a una mujer obscena, una Mesalina sin rastro de dignidad alguna. Fea, para más INRI; ojos saltones y una boca aún más fea, tan fea como los peldaños de un patíbulo. Su cuerpo, un tanto andrógino, bien podría ser el de una cortesana grotesca y sin seso. De ahí el poquísimo éxito con los hombres.

El caleidoscopio, empuñado por su Márgola de cabecera, se ensañaba horriblemente con ella. Sus asimétricas proporciones no permitían crear una figura aceptable. Casi me daba lástima ver que ningún artificio creativo lograba mejorar lo inmejorable, lo feo adornado con lacitos y envuelto en plexiglás , doblemente feo, al contrario de lo que ella imaginaba con una vanidad rayana en el esperpento. Tal vez haya algo patológico en tanto selfie y tanto retoque desenfrenado. Sin duda, su organismo había sufrido tantas controvertidas metamorfosis, al lo largo de su pubertad y adolescencia, ridiculizadas por los otros, que, con gran pusilanimidad e incultura, esperaba que una imagen escindida en el tiempo,  fija y distorsionada pudiera reparar o cicatrizar esa infectada herida.

Sus máscaras remiten, sin suda, a una mente reducida y dañada. Su psique es tan simple de analizar que apena no encontrar matiz alguno que suponga un reto personal. Basta con extender la mano para alcanzar el plano elemento, un cerebro liso y sin circunvoluciones. Aburre. No hay necesidad de esfuerzo, no hay que esperar ninguna conjunción planetaria para adentrarse en la fealdad de ese Hades huero.

Es patético verla  engarzar los elementos más prosaicos de la vida, comer, beber, follar…con una especie de realidad, tragicómica, creada por sus propias y pueriles fantasías y sueños: Patito Feo se transforma en Cisne, Cenicienta es encontrada por el Príncipe siguiendo el rastro de su zapatito de cristal, Sailor Moon lleva el Soma al mundo de  My Little Pony…

Para su desgracia, los fetiches acumulados y conservados “tiernamente” son sus únicas realidades objetivas. El resto de la chatarra adquirida, en años,  sólo hace impracticable el orden relativo de una habitación, que expone la mayor parte de sus íntimos secretos, y que la define bastante mejor que una fotografía o autofografía con mango.

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Agujas de cristal. Nuevo fragmento. 

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Agujas de cristal. Nuevo fragmento.

Trischo Nímedes.

Para quienes le conocen, su bosquejo no necesita introducción. Para los demás, comenzaré diciendo que hacía mucho tiempo que buscaba un pretexto para ponerlo bajo el microscopio de mis noches en blanco.

Su personalidad era el resultado de un cúmulo de factores, bastante alejados de sus recientes dolores biliares. Su infancia, en una tierra mísera y árida, había ido secando su alma, poco a poco, como una algarroba tendida al sol: deshidratándose, mermando, endureciéndose… Tal vicisitud o designio logró ensartar sus emociones, ahora absolutamente momificadas, en esas cañas pajizas de las que penden chorizos y morcillas para su oreo y curación. Ahí quedaron, olvidadas.

No había tenido una existencia holgada aunque su familia había vivido buenos tiempos a sotavento de una abuela de posibles; una mujer impía y dura como el mismísimo granito o pedernal del terruño.
Todo se termina marchitando en una tierra en la que no merece la pena poner la vida. Eso lo aprendió ya de chico, cuando la inquina y la ocasión se juntaron a despachar viejas cuitas a su costa. Convivir con ciertos vecinos, después de décadas de duro agravio y sometimiento, era cuanto menos un traicionero menester.

Su familia era una piña ante las habladurías y el rencor. A él no le quedaban arrestos para plantar cara a esos comadreos lacerantes que se iban alzando en densidad y volumen en cuanto les daba la espalda, antes, incluso, de que pudiera alcanzar la esquina más próxima a modo de refugio. La hora de rendir cuentas le había pillado demasiado pronto y con el paso cambiado.

Ya, de poco le servía recolectar trufas escarbando bajo las milenarias encinas, hozando con sus propias manos entre la podredumbre superficial y la tierra prieta, hasta llegar a acariciar el aromático manjar. Ya, no podía contar con la destreza de jóvenes peones, ni con la habilidad de sus dedos sarmentosos, no podía contar con ese sexto sentido del hambriento tan parecido a un ávido y avezado hocico. La tierra bajo las uñas, o adherida a cada poro de la piel, era la bíblica cruz del destripaterrones. Él no lo era. Nunca lo sería, ni por él ni por nadie.
Coger los mejores madroños para hacer finísimos licores tampoco le resultaba en absoluto gratificante. La admiración y regocijo, real o escenificado, que, en mejores tiempos, produjera verle aparecer con la tosca espuerta de esparto repleta de fruta y bayas, con su perfume dulzón y su caliente cromatismo de rojos y anaranjados, había menguado hasta el dramático punto de la inexistencia.

Así, con la dignidad un tanto maltrecha y bastante resentimiento acumulado, llegó a su nuevo horizonte de promisión. Nadie en su familia se apercibió, todos estaban demasiado ocupados en sus asuntos, pero con el último paseo de Trischo, sobre la tierra que le vio nacer, desapareció el ínfimo resquicio de humanidad que quedaba en su corazón. Su corazón había sido aniquilado. El equilibrio, la lógica y el carácter rellenaron los huecos.

Todo iría bien, era un joven de recursos. Comenzó a hacer amigos con bastante facilidad, dominando sobradamente la situación. El arte de la retórica y verborrea, legado de los jesuitas, le ofreció el mejor medio y cauce para sus nuevos propósitos, por algo una buena educación abre las puertas más estancas cuando no intermedia el dinero para dinamitarlas con su magia.
Ni que decir tiene que el dinero no le perseguía, como le hubiera gustado, mas apuntaba maneras para poder conseguirlo. Reunía las características necesarias para  pretender un trabajo en el que no hubiera que ensuciarse las manos; acopiaba condiciones para aspirar a ser un excelente chupatintas o un diestrísimo leguleyo. Su afán inclinaría la balanza. El tiempo no tardaría en recolocarlo en el mejor escenario posible.

A los 23 años ya había convertido su expediente académico, y su artística vocación, en el señuelo ideal para pescar “algo” a la altura de su ambición. En sus despiertos sueños había pergeñado un paraíso colmado de mujeres singulares y firmes oportunidades: el azar puso a su alcance el “medio perfecto” para lograr una vida más que cómoda. A ello se unió la satisfacción y alegría que la fiebre bohemia, a la que pronto se entregó sin reservas, le proporcionaba. Cayó rendido, encandilado, enamorado completamente. La bohemia le permitía dar rienda suelta a sus ángeles y demonios. Le permitía ser él sin que los demás supieran quién era.

Sus padres temían que una pasión tan poco lucrativa pudiera desviarlo del camino recto. Eso lo ponía furioso. Su furia tomó, para siempre, la forma de verbales saetas que lograban zaherir, torturar, manipular, someter…
Él, mejor que nadie, era consciente de la importancia de una profesión de provecho frente a otra de incertidumbre y riesgo. Su reto personal pasó por lograr el perfecto equilibrio entre ambas. Un paso en falso y todo se desvanecería. Sus únicos asideros, fiables, para evitar el fatídico error eran los símbolos del éxito. Nunca se alejó de ellos un ápice. Las listas de pros y contras se amontonaban en su mesa de estudio. Ante cualquier duda o peligro florecían una o mil listas…

En los años de carrera cierta familla y popularidad le había ido envalentonando, la confianza en sí mismo le confería un aura “beatífica” y las mujeres empezaban a preferir su compañía y pagar sus copas.
El vértigo arribista era como una borrachera de aguardiente: fuego en las entrañas y frío en el cerebro. Soñaba, soñaba cada día, con una vida opulenta e intrépida, nada rutinaria. Una vida, evidentemente, prediseñada con sus reglas. Y estaba a dos pasos de alcanzarla.

Algo que engañaba a todos esos amigos y amigas, que no le conocían bien, la gran mayoría por no decir todos, era su discurso sobre la belleza de la mujer. Recurría al símil pictórico, frecuentemente, y hallaba en él sutiles subterfugios. Tenía más que habilidad para esconderse detrás de la belleza femenina, no del ideal o del concepto, sino de la física y la química de la carne. Pero eso no se adivinaba nada extraño entre tanto verbal ornato. En apariencia, no había más que lícita admiración y alegría sincera. Convirtió la belleza femenina en tema fetiche y recurrente en sus conversaciones existenciales de “entreclases´´ y baretos. Ahí encontró el velo apropiado para ocultar la enorme misoginia que carcomía el tuétano de cada uno de sus huesos. Misoginia que, más pronto que tarde, terminaba saliendo a flote en cualquiera de sus relaciones pasionales con visos de durar cuarenta días y cuarenta noches..
.
Era posesivo y controlador y tierno como un niño pequeño. Tal paradoja era su mejor retrato. El retrato. Lo peor de un ser humano suavizado por la actitud de aparente indefensión de un niño.
Sus relaciones con las mujeres nunca fueron claras ni sinceras, pero él jamás admitiría la verdad ni al hombre del espejo. Conocía las consecuencias y repercusiones de algunas verdades. Las tripas de una familia rancia son el esqueleto de un clasismo secular e inamovible, así eran las tripas de esa sociedad a la que deseaba trepar.

Callar. Silenciar. Tomó esta consigna por bandera, y con una suerte de altanera indiferencia encontró en el canto a la belleza femenina la mejor forma de encubrir su verdadera naturaleza: la hizo pasar por una oda cristalina, la pasión y pulsión de un verdadero y sensible esteta. La máscara. Una de sus máscaras.

Con sus clubs al hombro cruzó los años de facultad hacia el horizonte de la joven madurez. En aquél tramo ya muerto encontró la prueba irrefutable de que se pueden alcanzar los objetivos. El braguetazo.

La linda muchacha que iba a acompañarlo “el resto del camino” era lo único auténtico de aquella pasada y ficticia arquitectura. De aquél puente quemado. Ella lo quería, lo quería vestida de fiesta o sin ropa, lo quería en el cuerpo de mujer lasciva y carnal o en la nueva envoltura de ama de casa y madre.
Lo quería en la oscuridad de los pasillos universitarios y en el estudio de aquella casa estupenda que tendría que poblar, sola, de sentimientos. El destino siempre se toma sus vísperas para cerrar el calendario… […]

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Agujas de cristal (Continuación)

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Fragmento de Agujas de cristal (Continuación).

Los disparos almibarados son los más certeros. Apuntalados concienzudamente sobre argumentos capaces de soportar la gravedad del mundo; rumiados y escupidos, sin retroceso alguno, por el arma más ligera y eficiente del universo. No necesitan aprobación, ni siquiera aquiescencia, simplemente la perplejidad más vasta. Palabras, palabras dosificadas, medidas y pesadas.
Bala y objetivo no se desvían un ápice de tan aséptico y estrecho cerco. No es necesario corregir nada, calibrar nada, limpiar nada y sin embargo no todo sale, siempre, según lo previsto.
Sin hilillos y manchas visibles de sangre la espera se convierte en un instinto irrefrenable del francotirador, una pulsión tan desconcertante como el hedor de la carne muerta.
Él espera, espera lágrimas desgarradoras o gritos desgarrados, espera lastimeros o resentidos argumentos, espera asfixiantes preguntas o silencios. Espera, tensa espera.
Un disparo así no hay manera de pararlo. Sus efectos hunden el alma en la nada sin ensuciar el cielo; lo puedes sentir en la nuca y el nacimiento de la espalda, estremecidas, al unísono, pero va dirigido al alma. Es difícil de creer al principio, muy difícil, pero con el espacio ganado al tiempo esta mundanidad se transforma en un simple método que no resulta ajeno a la naturaleza humana. Nunca se vislumbra, con claridad, la intencionalidad del hecho. Nunca se percibe la necesidad de estar alerta cuando amas. Si estás en guardia no se entrega nada que valga. ¿Calcular matemáticamente la magia? La realidad pisotea bruscamente cualquier cálculo interno, cualquier certitud, cualquier sueño de la razón o no muy lejos de ella…

Sill era un chico bastante exigente, tanto como su padre, de quien heredó algunas pasiones y su particular visión del mundo.
En circunstancias puntuales su mente se rebelaba bloqueando su cuerpo tal y como se bloquea un coche con el gripaje del motor. El cotidiano perfeccionismo mostraba huecos intersticiales por los que se filtraba una indeseada emocionalidad que, a su vez, dejaba rastros aceitosos en su suelo. Precisamente en aquellos momentos se desmoronaba hacia adentro, una voladura controlada, como sucedía con los edificios degradados o viejos. Sus vigas y pilares cedían de una forma ordenada. Condenadamente ordenada. Una nube de finísimo polvo y argamasa, propia, se alzaba y se pegaba a su pelo llegando a asustarlo de verdad. Alzaba los brazos, sin curvarlos, en señal de raquítico aviso. Parecía entonces conmovedoramente vulnerable. Deshuesado y hecho un ovillo se permitía hablar de sus más íntimas vivencias, esas que había ido acumulando y soterrando a lo largo de toda su existencia, con el clarísimo y único propósito de alejar de él sufrimiento, cualquier sufrimiento que amenazara o comprometiera su estabilidad estructural. Pocas cosas, a primera vista, tenían la capacidad de atormentarle o desequilibrarle, no obstante flaqueaba, tímidamente y de forma muy simbólica pero flaqueaba. Tras ese pequeño lapsus temporal, el brutal ostracismo y la recomposición. Los muros de su castillo, o prisión, permanecían en píe, los daños se reducían a pequeñas grietas superficiales y tensionales que únicamente producían ruiditos ahogados similares a los de asentamiento de una obra nueva. Su planificación del futuro permanecía bien cohesionada. Lo cierto es que coordinaba muy bien los límites de cada tempo y composición, un error de cálculo podría tener, según su percepción, consecuencias nefastas y no podía permitirse sacrificar ninguna de las aspiraciones ligadas a su individual destino.
Los arquitectos recurren a los mejores calculistas de estructuras cuando un programa informático se les queda pequeño. Sill tenía a su lado a un excelente calculista, quizá dos.
Después de cada nimio lapsus comprobaba y valoraba los daños autoinfligidos o los hipotéticos o previsibles daños que otros podrían causarle por haber bajado la guardia. Nunca dejaba rastros. Era meticuloso y precavido. Mas su precaución maníaca rebosaba y dejaba pequeñas pistas al descubierto. Las únicas que permitían esbozar un retrato abstracto del curioso personaje, un bosquejo bidimensional que ayudaba a saber quién era en realidad Sill Frits Host.

Posiblemente Sill conocía de memoria sus debilidades y las había allanado con no poco y duro aprendizaje, por ello raramente lloraba. Su espíritu se autorizaba tal licencia cuando sabía, o imaginaba, sus metas amenazadas. De sentir eso acudía a las maduras voces que cultivaban, entre delicadísimos algodones, sus anhelos y los propios, eran la misma cosa, sin decaer. Ahí hallaba el vocabulario y el discurso acostumbrado. El mismo discurso que le prohibía divulgar sus sentimientos, su voluntad emocional. Había configurado de tal forma esa parte de su ser que podía convencer a los demás, y lo hacía, con espectaculares deformaciones dalinianas. La práctica hace al maestro.
Para el muchacho la liberación de los instintos representaba una verdadera bendición, por ello castraba automáticamente el menor atisbo de los mismos. Para cualquiera tener la obligación de actuar así habría representado una tragedia griega. Para Sill era cuestión de simple utilitarismo, sacramental y necesario utilitarismo. Un estandarte para un cruzado de su propia causa, o eso creía él.

Cuando alguno de los resortes, magistralmente escondidos, se rompía en el acerado blindaje de Sill, él mismo, y sin ayuda de espejo, podía entrever su propio envoltorio. Se miraba en el escuálido reflejo y acariciaba los tatuajes que él mismo había diseñado. Penetraba en ellos como se penetra en una cripta de antepasados. Apretaba los dientes y su hígado se contraía, le zumbaban los oídos y sus pupilas se dilataban a modo de enorme ventana sobre un pozo carbonífero. Se aferraba con fuerza y decisión a los travesaños de las ascendentes escaleras como un hábil y gimnástico trapecista. Abajo reinaban los demonios y los vapores de la tentación. La tentación se extirpa trepanando el hueso. Luego luchaba denodadamente. Luchaba contra los sentidos y lo transitorio sin apercibirse de que sólo lo transitorio dura lo suficiente en la vida del hombre.
Decidido a obrar con una sensatez impropia de su edad salvaguardaba las enseñanzas que le habían sido legadas, junto con los genes, y que le prometían la gloria. La justa y merecida gloria.

El cielo inabarcable, el cronómetro, el tiempo transcurrido, el tiempo a rebasar, el tiempo inalcanzable… Una fuga está llena de cifras: kilómetros y tiempo. También está repleta de hoyos y confusión. Un juego que no permite ensayos si la libertad es la meta. Cada paso es una transformación invisible que atraviesa, naturalmente, el cuerpo entero. Sube desde cada pequeña terminación nerviosa de los pies, hace una parada en la boca del estómago, rebota en el corazón y desde ahí trepa hasta el cerebro. Luego la marea la hace bajar por la espina dorsal y la lleva a cada minúscula célula o partícula corporal. Marea baja y marea alta se van alternando durante una larga etapa de la huida, ese lugar en ninguna parte. Como si en ese lugar se pudiera encontrar consuelo.

Los viejos calendarios, con cada uno de sus cuadrados tachados, están repletos de mar de fondo. Un ruido que los marineros conocen como a las propias callosidades de sus apergaminadas manos. Un sonido reiterativo y plateado que se pega a las orillas costeras o al techo de una habitación. A cincuenta millas mar adentro, en un día borrascoso, las ilusiones ópticas son habituales; en la mente del que huye también.
Un calendario nuevo te aleja más de cien millas del puerto más cercano o de los acantilados más altos y de sus faros. Miras sus páginas con el respeto del marino que ha sobrevivido a un gran naufragio dejándose arrastrar a favor de la corriente. Ese hombre ha guardado en sus retinas todos los matices de un horizonte que va emigrando, extrañamente, hasta desaparecer por completo: limpio de espuma, limpio de color y olor y fronteras inevitables. No cabe duda, resulta extraño saber, con alguna certeza, qué hizo y qué dejó de hacer, incluso si recuerda haber luchado conservando siempre la esperanza; hay momentos para luchar contra lo que nos ocurre y momentos para aceptar lo que nos ocurre. Saber diferenciar es tan difícil… Es evidente que cuando la sal, el frío y la oscuridad te muerden la carne y el seso, como si no hubieras hecho absolutamente nada por sobrevivir, abandonarse a favor de la corriente, respondiendo a un arcaico instinto, puede salvarte la vida.

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Fragmento de Agujas de cristal

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Fragmento de Agujas de cristal (uno de mis relatos largos)

Retuerce su corazón bajo el grifo de los nocturnos recuerdos y no sale nada. Las vacilantes imágenes que se mueven en su cabeza no sacuden el vital órgano, bien podría ser un trozo de carne que se extrae y recoloca de nuevo en un intervalo indefinido de tiempo.
La sangre se había convertido en granizo. El cambio se había gestado durante aquella última tormenta de verano. El rojo fluido había cristalizado consolidando una estructura cohesionada y estanca. No mejoraba su comprensión de lo perdido o dejado atrás pero conformaba, de hecho, una nueva situación en su masa física y psíquica.
El hielo tiene feroces fauces, hace evolucionar un cuerpo hacia el ululante punto donde la muerte deja de ser un simulacro para convertirse en una siberiana condena. Un principio fuera de la aplastante y fastidiosa realidad.
Con la ayuda de algún exceso permitido, un guiño a la oscuridad, las preocupaciones parecen relajarse y con ellas cada músculo facial, cada vértebra, cada prolongación nerviosa.
El paso monótono de los meses termina por modificar las desviaciones posturales de un cuerpo lesionado y, sin duda, los invisibles mecanismos de una psique paralizada. El proceso transformador es lento y encarnizado. Todos los monstruos incubados mantienen su capacidad de hibernar. No importa el cómo. No importa la cantidad de veneno y ponzoña que posean, el más pequeño rasguño representa la muerte irremisible de un trozo de endotelio. Da igual, sí da igual, el infierno no es el mismo sin la compañía de enemigos a medida.
Para vislumbrar la propia identidad hay que luchar con todas esas entidades fantasmagóricas camufladas en un milímetro, quizá decímetro, del alma agujereada. Identidad, la fisonomía de una búsqueda obstinada que ilustra una decisión incendiaria, tórrida, imprevisible como las llamas aventadas de una implosión estelar.
Los glaciares salobres, a modo de finísimo cristal, forman parte de los ojos, y de vez en cuando brillan alargando las vertiginosas sombras que reinan bajo bombillas impolutas. Las paredes del insomnio refractan cada minúsculo corpúsculo de luz. Hacen reverberar cada sonido, familiar o desconocido, el silencio no logra taponar las voces y ecos que se filtran por cada microscópico agujero del pensamiento, al contrario, esa horda caníbal y agresiva golpea el cráneo, desde el abigarrado centro, de una forma organizada y laboriosa. Si logran atravesar, de algún modo, la ósea barrera de contención invitan a bordear el larguísimo, funesto y escarpado abismo del que, en alguna forma, se huía o escapaba.
La absoluta soledad es una forma de exilio. Una inextricable fortaleza de arquitectura extraña, bastante imperfecta por otra parte. No replica nada, no responde a ningún patrón claro. Sus cimientos son siempre nebulosos, contrahechos, refractarios, jaspeados por fluidos ácidos y corrosivos, más o menos, reabsorbidos por una maraña, incierta, de cicatrices y remiendos orgánicos.

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