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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos. Lisístrata, y las otras…

octubre 29, 2015

lisistrata

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos. Lisístrata, y las otras…

Rubinn, mi amigo programador, sentía verdadera pasión por Space Engine. La programación para él era un juego y el dominio de la infografía, casi, una actividad lúdica. Con todos esos elementos, tenía que salir algo experimental de su  inquieta mente.  La explosión de Betelgeuse, fue magnífica. Betelgeuse explotó. Explotó. La sorpresa fue deleitosa:

– Catástrofe cósmica concluida, comandante-
– Dirijámonos  al trabajo, socio-

La tarde del cinco de octubre era templada. Las sombrillas se extendían por el acerado, de principio a final de la calle. Los raíles del tranvía centelleaban y transmitían  suaves sonidos metálicos. El rectorado de la universidad  era verdaderamente un lienzo artístico. Curiosos rayos solares jugaban por entre el virtuosismo arquitectónico de la fachada haciéndola fulgurar. “La fama”, la marmórea dama que coronaba el edificio, que tenía alas de águila, de cobre, y  vestía con ligero velo, portaba un sólo clarín (La Fama suele llevar dos clarines, uno representa la verdad y otro la mentira. Nuestra dama solo portaba uno; muy fina, dulcificada y borbónica ella) y parecía querer clamar  o declamar  un abyecto  discurso, un brindis al sol…

Qué ironía, ahí estaba, presidiendo la pintoresca escena que estaba a punto de encontrarme sin buscarla, escena fruto del más infame y cachondo azar. La Fama: “malum quo non aliud velocius ullum”, la perfecta alegoría del monstruo demoníaco que representa el poder de la “publicidad”, el rumor y la mentira. Un ser deletéreo cubierto de plumas, con múltiples ojos, lenguas, bocas, oídos que reinaba sobre las alturas de doseles y torres. Un ser que vigilaba de día y de noche, elevándose sobre el insomnio y la oscuridad. La naturaleza ambigua y maléfica de tal pregonera, la convertía en la genuina noticiera y mensajera de verdades y mentiras de efecto  inmediato y devastador.

Tomaba un refresco y un aperitivo en el interior de un bar. Al mirar hacia afuera , de frente, me quedé perpleja: ocupando dos mesas contiguas, unidas, Eviolela, Kirikiko, y algunas personas más. Entre Eviolela y Kirikiko (rincón derecho de la mesa) estaba ese “friki bajito y gordo” que como todos los frikis bajitos y gordos (incluido Gumi y Pandi) tienden a “atosigar”, en su función de sustantivo verbal, a Eviolela. Realmente parece perseguirla lo inevitable. Dios, vuelve a la Edad Media. Oraciones y  Santos óleos. Santos y mártires. A la mierda la casuística, la probabilidad, las estadísticas, los referentes, las variables, las constantes… Su forma de enfocar la vida era verdaderamente rala o yerma.

La luz vomitada por el rostro fantasmagórico de Eviolela. Su cara era refractaria.
La  claridad hacía un inciso en su pelo, boca y  sus ojos con sus bolsas. No tarde en darme cuenta, sus ojos eran notablemente  pequeños  cuando no  llevaba  circles lenses. Otra sorpresa, fue verla abrir la boca y , como si de una consecuencia lógica se tratara, comprender  que llevaba fundas en los incisivos superiores e inferiores, era una simple concatenación de ideas. Deducción. Entendí que era materialmente imposible colocar carillas sobre unos dientes picudos y pequeños de por sí y empotrados en semejantes encías. Era evidente, existía, una hipertrofia maxilar con sonrisa exageradamente gingival. Así que, definitivamente, me decanté por las fundas. En las demás piezas dentales permanecía la forma original, la misma forma puntiaguda, más o menos irregular, de los tiburones. Eviolela había hecho más estética la calamidad.

La encía superior exponía, en toda su amplitud, su color rosa blancuzco, un centímetro y medio de rosa sucio, rozando los dos centímetros. Cuando sonreía, sin  cámaras apuntándola, el labio superior se afinaba y se pegaba como una ventosa a la encía, a veces la parte central se plegaba sobre sí misma; se elevaba en los extremos queriendo dibujar una escueta línea, muy, muy abierta, con forma de gaviota planeando. Nunca he visto surcos nasogenianos como los suyos. Estos surcos se desplegaban, elevándose, como vectores faciales nuevos. Vectores que se tocaban en un punto con los vectores de elevación del maxilar, a través de la línea mesolabial hasta el arco zigomático y con los vectores curvos desde la esquina de la nariz hasta el final de la oreja.  Una rara uve elevándose hasta cruzar los malares y formando un ángulo  cóncavo de 275º, algo verdaderamente hiperbólico; como su lengua (macroglosia). Todo iba casando en el retrato, su excesiva salivación, sus problemas de pronunciación o dicción, su respiración… incluso la forma de su nariz encajaba en ese rostro que nada tenía de davinciano. No tenía una nariz aguileña romana, no, estas resultan bellas y no es su caso. Para rizar el rizo, su nariz viraba entre el subtipo “carnosa” (Felipe de Edimburgo) y el subtipo “halcón” (Barbra Streisand).                                                                                                                                                                                                                                        El labio inferior, por su parte, una hipérbola con bastante excentricidad, iba buscando un forzado punto tangencial con los antinaturales pliegues nasogenianos. Para los que no logran visualizar tal sonrisa, la imagen del Joker (Jack Nicholson) es la más fidedigna réplica. ¡Qué bocaza, qué enormidad de boca!. Qué desperdicio usarla, exclusivamente,  para chupar pajitas de batizumitos…

Eviolela adoptaba una posición totalmente antinatural en la mesa. Era como esos muñecos articulados que colocas de mil formas predeterminadas. Tenía memorizadas las posturas, los movimientos, tanto, que las realizaba mecánicamente. Ver como movía las manos era un espectáculo burlesco. Las movía forzada y meticulosamente, con tal teatralidad que no  tuve más remedio que acordarme de las nanis británicas y el kabuki.

Nati, a la izquierda de Eviolela, tenía desenvoltura, desparpajo, descaro y una cierta belleza exótica. Era lo más parecido a la naturalidad en esa mesa.

Ari, el “friki bajito y gordo”, estaba sentado a la derecha de Eviolela y la izquierda de Kirikiko. No rebosaba naturalidad, pero al menos parecía un ser vivo.

Kirikiko, estaba en el pico de la mesa. A ratos farfullaba y miraba a sus correligionarios, y a veces miraba al acerado y ahí dejaba perdida la vista. No sé si me “conmovió” más “la belleza” de Eviolela o la de Kirikiko. Seguramente la de Kirikiko. Tenía el pelo encrespado. La piel apagada con un tono de tierra grisácea. Los ojos con bolsas y ojeras azuladas. La boca no era fea, salvo cuando la abría para sonreír, por eso lo hacía tan poco. Incluso se giraba para que sus amigos no le viesen ese complejo tan arraigado. Eviolela no le pagó la ortodoncia que le publicitó y vendió, con tanta vehemencia, metiéndosela por los ojos, o metiéndosela doblada : ¡rabia chincha mira que bien me quedan mis dientes operados, ea!. Hombre, aconsejarte que te hagas “la operación” ( cateta inculta, operación…) y saber que no te la puedes permitir si no te la pagan otros, te define como buena persona y mejor amiga. Así que kirikiko debería conformarse, por ahora, con ese tipo de trucos que tapan las imperfecciones de las que tan orgullosas estaban ambas. ¿A quién se creerán que le van a vender la moto? ¡ Qué fácil es decir amo mis imperfecciones y gastar el manso en taparlas o corregirlas!. Coherencia vital.

Cuando me cansé del cuadro continué caminando. A unos quinientos metros me encontré con uno de sus exnovios, tal vez el más querido por Eviolela. No era el más reincidente en su cama, pero sí en sus fantasías…                                               Para reincidir por todo lo alto ya estaban otros, y, si hablamos de reincidencia con traca incorporada ahí estaba Gumi; él siempre estaba dispuesto a tropezar en la misma piedra dos y tres y cuatro…

En cada visita esporádica a la casa de Eviolela, para hacer “frikadas de amigos”, como encasquetarse un bombín, terminaba encasquetándose un mapache, cayendo de bruces en brazos de la tentación:

“Dificil resulta, ¡por los dos dioses!, que las mujeres duerman sin capullo, solas del todo. Sin embargo, sea, que hace mucha falta la paz”

La lealtad no era uno de los fuertes de Gumi, y eso que llevaba bien a gala una cierta superioridad moral. ¡Pobre novia actual! Siempre se ha dicho, los cornudos son los últimos en enterarse.
Gumi era un baboso, más que Eviolela si eso es posible, un charlatán tratando de vender una imagen de intelectual. Gumi quería ser rapero, y, del dolor por su intento fallido o fracasado, pasó a ser un mono aplaudir,  un acólito en las movidas “artísticas” de Kirikiko y un sombrisonner, cualquiera. En sus cazas de faldas no había criterios discriminatorios, el tiempo junto a Eviolela lo demostraba. Necesitaba tías que le hicieran sentirse importante, que le inflaran el ego, y para ello elegía tías florero o que le aportaban algún beneficio instantáneo. A veces el beneficio, se reducía al folleteo esporádico (para eso ni tenían que ser guapas, ni listas, ni  tenían que tener, siquiera, carácter o personalidad propia). Es curioso que en sus correrías  promoviera, incluso, una  imagen propia de dudosa sexualidad. Así alguna le creería gay, y,  ¡zasca!. ¡Hay que tener estómago!. Para más INRI,  era un gordo, bajito y feo que presumía de polla chica, abiertamente, delante del publico femenino en especial. Complejo al canto y caña a la tía que necesitara “algo” , cualquier placebo, a estar sola. Otro pensamiento plano que daría para varios tratados o análisis  freudianos o jungianos o…

Centré mi mirada diez pasos  por delante. El chico de los ojos aguamarina iba vestido completamente de negro. Sus andares eran firmes y seguros. Sobre el lado izquierdo del pantalón caía una especie de bandolera-pañuelo hecho de  tiras de cuero, algo muy artesanal, muy hippie. Llevaba el  pelo recogido en una coleta. Antes de entrar a la plazoleta interior que daba a su edificio, dónde se supone que tenía alguna oficina comercial, se giró. Aproveche para hacerle una pregunta  casual y hablamos un rato. Su voz era armoniosa, su verbo fluido y sus mensajes claros. Sabía bien lo que se traía entre manos. Su rostro era fino. La piel muy blanca. La barbilla rematada por una perilla del mismo color que su pelo, castaño con reflejos más claros.                                                                                                                                                    Me pregunté cómo un chico como este había terminado siendo novio de Eviolela. Qué azarosos avatares le habrían llevado a aguantar tanto tiempo a este esperpento de tan mala pasta. Pronto caí en la cuenta, su nueva pareja no era una belleza, ni tenía un cuerpazo diez, más bien al contrario, pero era una mujer real, una mujer, mujer. Él había aprendido estando con Eviolela, soportándola, sufriéndola, padeciéndola, y, ahora, sabía bien lo que quería y no quería en su vida. Definitivamente, no quería a Eviolela en ella. Quería una mujer con alma, mente y corazón. Una mujer a la que jamás podría aproximarse Eviolela.

Después de esos minutos de charla, nos miramos, tenía los ojos muy abiertos y clavados en los míos, me sentí incomoda, me dio su número de teléfono y nos despedimos.

La calle fluía, no había mucho tráfico, los acerados también fluían junto a la larga pared que me guiaba a mi destino. Algunas hojas caían al suelo impregnando el ambiente de un aroma a serenidad. Sonó el teléfono con su facultad allanadora. El pintoresco cuadro había quedado muy atrás. Seguramente, La Fama estaría atareadísima recopilando mentiras y falsedades, falacias y maldades para después hacer con ellas lo que debía hacer…pregonarlas y esparcirlas.
Mientras tanto, las viperinas lenguas de Eviolela y Kikiko seguirían creando bulos, infamias, atentando contra el honor de menores y mayores de edad, seguirían conspirando a su manera usual: llenando de mierda el enorme cajón de un globo aerostático, que un día, no muy lejano, les caería sobre sus “ilustradas” cabezas.  Otra catástrofe cósmica, aunque no sé si las catástrofes cósmicas afectan demasiado a los unicornios inmortales y sus patéticas cancioncillas y bailecillos enlatados para la posteridad, vídeos épicos con sus kamikaces  picados, una forma de aceptación de las imperfecciones…ironía.

“Por las dos diosas, si me caliento voy a soltar la cerda que llevo dentro, y voy a conseguir que hoy pidas ayuda a tus compañeros, cuando yo te trasquile. ¡Hala!, también nosotras, mujeres, quitémonos de encima [la ropa a toda prisa (Se descubren), que huela a mujeres que muerden con toda furia. Ahora, que alguno se me acerque, que ya nunca ha de comer ajos ni habas negras. Con sólo que me insultes, con lo enfadada que estoy, como el escarabajo voy a hacer de partera del águila preñada”

Eviolela tenía una hermana. Aunque parezca insólito  el hecho, siendo Eviolela la bruja más “caprichosa” de la tierra. Rezumando, toda ella, ese tipo de “caprichos” que destruye los nervios de cualquier ser decente. Una “anomalía conductual” que se da en algunos hijos únicos sobreprotegidos  o dejados de la mano de dios. Ahí se me presentaba una ocasión perfecta para desmitificar la sexualidad, convencional  o no, y destruir las falsificaciones. El cuento estaba llegando a la desgarradora bifurcación de lo real y lo proyectado, dónde el escepticismo y la desesperanza, siempre, ganan terreno a los que no consiguen encontrarse a sí mismos, definirse y posicionarse vitalmente.

Eva Registered & Protected
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