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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos. Zinlan.

octubre 15, 2015

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos. Zinlan.

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Muchos elementos de la conciencia pasan al inconsciente cuando los consideramos “peligrosos” y “conflictivos”. Se trata de una forma de autocensura o sublimación. Es un mecanismo singular, una especie de máscara  que permite soslayar el trauma y el sufrimiento; una cierta clase de sustitución y proyección que oculta y relega lo inaceptable para uno mismo o para los demás. Represión. Represión. Represión.

Zinlan, era un experto en ocultamientos, pero con un poco de atención se podía observar lo mal que mentía. Escondía sus fantasmas buscando un vacío cómodo, la calma en la prolongación de las ficciones. Sometido a una verdadera presión, externa e interna, su verdadero ser se convertía en un tablero de tácticas bélicas del que nada podía escapar sin alterar la apariencia de las cosas. Sus vallas contenían toda su miseria y basura espiritual. Seguramente, odiaba ese falseamiento tanto como odiaba a las mujeres en general. La misoginia asomaba en cada uno de sus actos y comentarios. Las mujeres representaban todo aquello que a él le estaba vedado, todo aquello que le hacía retorcerse de dolor hasta rajar su piel. Sin duda, quería ser otra persona, esa, que no le permitían ni se permitía ser. No sabía digerir sus emociones, anhelos y ambiciones por ello se sentía un animal herido, una bestia torturada que se desahogaba con comentarios  que lo hundían, más y más, en las excrecencias de su propia alma carcomida y pútrida.

Hice muchas conjeturas, algunas más acertadas que otras, mas todo lo que observaba sobre este singular personaje me hablaba de desintegración atómica, de falsación funcional, de lluvia ácida, de miseria sexual…

De entre mis conjeturas, dos cobraban más y más fuerza y consistencia a medida que este mefítico espécimen actuaba. Tanta, que cualquier intento de comprenderle y excusarle se volvió a todas luces imposible, totalmente inaceptable.

Por un lado se fue dibujando un perfil que revelaba un caos interior apabullante, una cruel tempestad y disputa consigo mismo. Un caos que externamente se asemejaba, volitivamente, a un cierto excentricismo infantiloide no carente de chispa chistosa que espiritaba sobre su reunión o amistades. Sólo dejaba ver los espejismos creados y recreados frente al espejo y la cámara. Esos espejismos dosificados le hacían acreedor de un cierto encanto y gracia. Pura treta. Pura  vaguedad refrenada siempre con sutiles e invisibles bridas.

Su hermana era una chica agraciada, inteligente y creativa. Las pasiones involuntarias pueden ser cruelmente oscuras. Él, parecía albergar un sentimiento no lícito o santificado por angelicales ojos hacía esa chica con la que compartía demasiados genes. No tengo la suficiente capacidad de diagnóstico para  elucidar y desbrozar un sufrimiento tan ionizante. Sin embargo, puedo imaginar esa soga que orbitaba alrededor del cuello de Zinlan. Puedo entrever como la miraba con la respiración contenida y el páncreas colapsado. Puedo tocar su sentimiento de culpa y suciedad mental. Una suciedad tan palpable que devastaba y oscurecía su alma, llenaba de hiel su boca y concretaba su odio hacia las mujeres. Los gritos y sollozos eran  silenciados y sustituidos, necesariamente, por  la cavilación, la rabia o el odio  feroz disfrazado de chanza.¡ Todas putas! ¡todas perras! Todas hechas de esa argamasa moldeable y manipulable tan apta para contar un chiste, para convertirlas en un mal chiste.

Imagino la noche de los tiempos en la tierra, esos póngidos antropomorfos cuyo sexo se reducía a pura necesidad fisiológica de especie. Imagino esa letanía de ruidos y fluidos contra el crono. Después, sin más la muerte. Del mismo modo intuyo la muerte de la psique femenina al lado de este tipo. La que tenga la “dicha”, ironía, de  convertirse en su pareja se degradará hasta morir en vida, formulándose preguntas para las que no hallará respuesta, culpabilizándose de cada pensamiento y sentimiento contenido en su mente y cuerpo. Un precio demasiado alto por todas las pasiones, pulsiones y emociones truncadas de un póngido anacrónico, detestable, áspero, endurecido y envilecido. Compadezco a esa mujer, un amor así, tan tóxico, sólo podría acarrearle penosas y funestas consecuencias. Del mismo modo que a él el amor prohibido, el amor incestuoso, en especial el reprimido a capa y espada por más platónico que fuese, le acarreaba dolor, inquina, putrefacción, insatisfacción,insensibilidad, quebranto…
El amor platónico es una burda burla palpable y visible del terrible sino humano. Como si esa mano invisible y trágica, llamada destino, estrujara el corazón en caliente hasta hacerlo purgar sus desvaríos, luego, y de un plumazo lo volviese frío como un témpano de hielo, duro como el granito, el pedernal o el corindón. Freud ya nos contó algo en “El Hombre de los lobos”, en que cualquier identificación previa de un individuo con su padre se deshace cuando una hermana lo “seduce”, es cuando la masculinidad narcisista se rompe o vira de su carácter “masculino activo” a uno “pasivo anal”             ( “coitus a tergo, more ferarum”).

Para Zinlan, la máscara, su máscara, era imprescindible. Indispensable para poder mirarse al espejo y considerarse a sí mismo un “hombre”. Su valor, como ser humano, sin embargo, bajaba y bajaba:  la mitad, la mitad de la cuarta parte, y así sucesivamente, cuando hablaba de las mujeres como “perritas” a las que sacar de paseo,  “muñecas lerdas” a las que hacerles de lazarillo, “putitas” para compartir, aunque fuese por cam, y si todo iba bien mojar la banana o meterla en caliente, igual daba el agujero…

El gancho era tan simplón como ímprobo e infame: palabras amables y galantes, un poco de morbo, diversión, aventura o lisonja endogámica (su comunidad es bastante endogámica, por suerte hay  notables excepciones).  Sus medallitas al servir en plata “el menú VIP”, eran autoimpuestas. Las risas compartidas con el grupo de amiguetes, que no es que fuesen menos pérfidas, también le granjeaba alguna que otra medalla. ¡ Hay que tener poca personalidad! ¡Hay que ser imbécil para abandonarse a los caprichos de este  procaz e impúdico gusano! ¿ No se daban cuenta de la peculiaridad de estas relaciones? ¿no se percataban que estas actitudes mataban por partes pero inexorablemente la ilusión, el deseo, la verdad?…Asco, sólo puedo sentir asco.

Estas perritas a las que obsequiaba con sus encantos le otorgaban una cierta popularidad, pírrica y vergonzante, en su entorno, entre sus contactos y en  la comunidad a la que pertenecía, incluso, una cierta familla estúpida e improductiva en las redes sociales. Para él, como para Eviolela, la productividad era cuantificable: likes. Los likes importaban. Importaban… La cantidad de seguidores importaba. La cantidad de seguidoras importaba pues representaban medallas y popularidad, esto le permitía estar “invitado” a todos los saraos (Zinlan, el alma de la fiesta ¡menuda alma de la fiesta!). La cantidad de seguidores amiguetes, con los que compartir  morbo, comentarios vejatorios y festejos varios, también  importaba. Importaba. Importaba mucho: “la importancia de llamarse Zinlan”, ironía…

Qué triste jugar con los sentimientos ajenos, qué oscuridad tan aterradora la que anegaba la sustancia de su seso y espíritu.

¿Cuántos muertos habrá dejado por el camino? Y pensar que estos infames tipos andan sueltos y son capaces de confundir con sus mentiras de terciopelo a  demasiados inocentes? Qué asco, qué descifrable en sus vehementes fingimientos y querencias…

Por otro lado, y observando con lupa sus acciones y omisiones, un bosquejo un poco diferente sin que  fuese excluyente o contrapuesto al anterior. Para nada exceptuaba o suprimía, pese a su apariencia, al anterior. Es curioso lo elásticos que son mente y sentidos. Me pregunté qué significaba la libertad sexual y la identidad sexual para este farsante impermeable a lo humano y al servicio, interesado, de Eviolela. Con ella, pese a su execrable misoginia, “se llevaba”, se llevaba. La idiotez y superficialidad de Eviolela le aseguraba a Zinlan no traicionarse nunca. Se sentía a salvo con ella. Estar con una cabeza huera y facilona de billetera y bragas le garantizaba no tener que decir nada al hablar: bla, bla, bla, bla. Nada, todo lo que salía de su boca carecía de valor alguno. Era tranquilizador y hasta morboso o divertido acompañar su soledad con  un esperpento  tan lamentable o más que él mismo. Eviolela también le aportaba un determinado número de saraos y festejos. Luces y sombras ,y , él libraba algunas contiendas de ella y Kirikiko contra otras mujeres, así, como de paso casual, daba rienda suelta a su maldad, odio, misoginia… El reino de los sentidos es el reino del claroscuroAprendí que estos tipos que no pueden salir del armario, a plena luz y delante de los demás, tienen en su rostro la expresión más afable, es su ropa de  paisano, su máscara verde (Jim Carrey). En la sombra y penumbra, sus expresiones iban desde la indecisión más silente y dolorosa a la resolución más cruel, su cota de malla, su armadura, su uniforme de batalla ( Vlad IV, El empalador).

Estos mentirosos compulsivos, como Zinlan, no dejan escapar la más insignificante oportunidad para demostrar su éxito con las féminas, vanagloriarse públicamente de una virilidad inexistente (fenómeno y noúmeno). Rodeados de chicas colocadas al nivel de la mierda, por ellos, se hacen los interesantes ante sus amigos y conocidos varones. Luego la risa colectiva y bocas abiertas como ventanales de necedad. Una fila de coñitos, más o menos VIP, que tras el sumarísimo juicio debutarían ante un  nutrido pelotón de ejecución.
Este infame mermaba y mermaba a vista de cualquier ser humano con una mínima sensibilidad e intelecto. Se encogía, más y más, como los gusanos de procesionaria en su  bolsa-nido urticante. Cada una de sus “gestas” era el extraño narrato de su propia mezquindad  y oprobio. Mientras vilipendiaba a esas mujeres a las que ni siquiera tocaba. Encogía. Encogía.Menguaba. Mermaba. Estoy convencida de que su miembro, su paquete, su pene no es que mermara en la misma censurable acción. No. Ya de por sí sería de un tamaño irrisorio. Tal vez, como decía Freud, todas las formas de sexualidad puedan ser medidas con un referente estándar de sexualidad genital, una inhibición en el desarrollo o infantilismo pueda desembocar en una homosexualidad más o menos reforzada o latente: “El punto de llegada del desarrollo lo constituye la vida sexual del adulto llamada normal; en ella, la consecusión del placer se ha puesto al servicio de la función de reproducción, y las pulsiones parciales, bajo el primado de una única zona erógena, han formado una organización sólida para el logro de una meta sexual de un objeto ajeno”. Si Freud hubiera rozado una pequeña dosis de verdad, Zinlan tendría un verdadero problema si un día, por complacer a su tradicional familia, decidiera contraer santo y concertado matrimonio. Estar tan cerca de una mujer que no podía desear física ni espiritualmente podía exacerbar otro problema bastante unido al infantilismo sexual o la impotencia: la neurosis. Las fantasías histéricas.

Demasiadas mujeres. Demasiadas farsas. Demasiadas mentiras, y, aquello no era para nada bueno o saludable, física o psicológicamente, pero el muy ególatra no se percataba. Estaba dispuesto a hacer su trabajo, a dilatar en el tiempo, todo lo posible, ese pacto marital concertado entre familias. Le parecía sencillo permanecer fiel, indiferente, inalcanzable y despreciativo ante su cohorte de aplaudidores confiados y desconocedores de su verdadera sustancia interior. ¿Eran tan sencillos y tan fáciles de engañar? ¿nunca vieron la necesidad de plantearse cosas y ser ellos mismos? Seguramente. Sin embargo, la fibra moral de este individuo se iba endureciendo y descascarillando conforme cumplía años.

Las pequeñas y esporádicas dosis de sexo homosexual, escapaditas, no cubrían sus íntimas necesidades. Tampoco lograban esconder del todo ese amor pseudoplatónico por su hermana, un amor que alimentaba más y más su derrumbamiento o desmoronamiento total. Aunque, después de todo había que reconocerle la astucia y capacidad para caminar sobre un campo minado y resistir en pie sobre una estructura tan explosiva y volátil, aguantar de forma automática los virajes a los que le estaban condenando las nuevas miradas…

Eva Registered & Protected
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