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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (VIII). Doctor Feel Good 

septiembre 2, 2015

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (VIII). Doctor Feel Good.

mojandolotodo
“Mojándolo todo”
Original de Luis Eduardo Aute
(Tomado de July in the Sky with Diamonds)

Aunque los “retratos” de estas “mujeres”, niñatas, puedan parecer grotescos a cualquiera que no las conozca, vive Dios que no hay la más mínima pincelada de burla o vehemencia en su descripción. No hay disonancia alguna entre cada uno de mis grafos y cada pensamiento o cada suceso. Sin embargo, no hay “términos” convencionales, o a mí me lo parece, que puedan bosquejar, con precisión y coherencia, a estos lamentables seres. No, no los hallo. Pelea con el techo de mi habitación, pero esta es otra historia. Hay un momento para cada cosa. Tal vez el clima ideal para la verdad sea el silencio inmaculado de los techos.

¡Qué bromas gasta eso que llamamos sino! No hay cinismo más fino y perfección más amarga que la suya cuando elabora sus azares. Presiento que el día menos pensado me hará hacer alguna tontería. Aunque tampoco quiero exagerar en esto. Mis tonterías son una especie de blindaje épico con el que sortear la fatalidad de la vida. Pero, también sé usar los marciales vendajes que tantos quebrantos y glorias suelen empapar.
¡Arrogante, displicente y lunático Fatum!…

Eviolela, acechaba como una mantis religiosa a Jaru. Sonreía y le miraba descaradamente azorando al chico. No estaba vapuleado en el, somero, arte de la conquista y mucho menos en las complicadas lides amatorias. Del ars amandi conocía, escuetamente, dos o tres principios elementales. Y, sí, he dicho principios, el ars amandi no es simplemente la didáctica del cortejo, la conquista o el sexo. Jaru era un chico de principios, sencillos pero férreos, un chico “inocente”, a diferencia de ella, una verdadera experta en el “oficio de amar” y el oficio de desbaratar cualquier convicción moral. Su mayor obsesión era no estar sola, no estar un segundo sin un tío al lado. Llegó un momento, muy tempranamente, en el que no le importaba que la historia saliera bien o no. Era difícil adivinar sus oscuras intenciones y devociones tras unas Circle Lenses. Su espejo del alma, la mirada, era una mala fotografía desenfocada o una ventana sucia. Supongo que nunca se paró a reflexionar la razón de su comportamiento e inquietudes. Los pensamientos de mismidad le producían demasiada desazón, le estorbaban demasiado y por ello los aniquilaba. Vivía atrapada en esa crisis de valores e idealismo que convierte a los hombres en bestias pardas. Nadar y guardar la ropa. Seguir la dirección de la corriente. Mimetismo social. Apariencia. Vacuidad. Vacuidad. Vacuidad.

Le encantaba tirar y soltar la cuerda con la que había “enlazado” a Jaru. Le encantaba ver su desatino y desasosiego. Contemplaba, con regocijo infame, el poder perverso de la manipulación. Dos tetas, por feas que sean, llenan las manos. La “imitación” de un coño híbrido e ígneo, enfundado en braguitas negras, fáciles de bajar, emulaba la breve apariencia de una “chuchería apetecible” para un jovencito totalmente inexperto. Es absurdo, por simpleza: hombres, mujeres, instintos, experiencias y lógica como parte inexcusable de una solución que está no más allá del bien y del mal sino de la conciencia o inconsciencia. Resulta fácil “amar” siguiendo los instintos más primarios aunque luego, siempre, aparecen los oscuros conflictos de sentimientos y emociones más o menos racionales. Los conflictos nacidos de esas pulsiones que desaparecen después de uno o dos polvos, bien o mal echados, o dos años de sexo sin “palabras”. También los conflictos culturales, cuya naturaleza parece ajena cuando no se piensa demasiado y no se está dispuesto a “comprender” y “asumir” esas colisiones que emergen, profusamente, impulsadas por la propia carga que soportan: años de mores, años de costumbres, años de enseñanzas predicadas con el certero ejemplo paternal… Todo el mundo tiene su particular y apasionante explicación sobre los infaustos riesgos a afrontar cuando la diferencia cultural amenaza con complicar las relaciones amorosas. Por otra parte, luego, aparece, indefectiblemente, la propia pugna interior, el propio miedo interior, por un lado, y la “fuerza y crítica” de la colectividad, por otro. La colectividad, ese arcano que florece espontáneamente en los jardines traseros de las casas familiares o de íntimos amigos: miradas, consejos, amenazas, llantos. Un extraño equilibrio de afectos y desafectos que necesitan de mucha valentía o cobardía, de mucha seguridad o inseguridad moral, de mucha buena o mala conciencia para establecer los límites. Esos límites infranqueables de una relación a los que nadie estaba invitado y nadie era bienvenido.

En su estupidez infantiloide, Eviolela, consideraba a los asiáticos como “estandartes” de “Idols” del Kpop, estándares similares a los fabricados por la factoría Disney, en esta ocasión la gran factoría musical coreana, y por tanto el matiz racial o cultural se desdibujaba, se difuminaba el recelo hacia los “diferentes”.¡Qué curioso, podía tirarse a cualquier tío, cualquier “cosa”, pero nunca jamás a un negro!. Entre sus “cameos” había tíos de “varias” nacionalidades pero ninguno negro. Algo absolutamente increíble cuando llamaba “amigos y amigas” a negros o gente de tez verdaderamente “morena”. Racismo soterrado. Racismo de guante blanco.

Recuerdo a un profesor un tanto “singular” que se empeñó en demostrar con dos simples preguntas que el racismo habitaba en las tripas de una sociedad rancia, la nuestra. Preguntó, ¿Cuántos de vosotros tendríais como amigos a negros?. Toda la clase levantó la mano. Acto seguido la pregunta cambió “ligeramente” de matiz, ¿Cuántos de vosotros os casaríais con negros?. Dos tristes manos levantadas. La conclusión del profesor: reflexionad y elaborad vuestras propias conclusiones…

Ella no pensó nunca en nada. No reflexionó o elaboró conclusiones sobre lo que significaba una relación amorosa con un chico de otra raza. No tenía ni seso ni necesidad. Jaru sólo era un “capricho”, como sus peluches Disney. Jaru simplemente era un experimento que le traía sin cuidado. Una experiencia de esas que se olvidan fácilmente cuando hay alguien más “interesante” en su horizonte cercano al que llevar a su vida o a su cama. Su “conocida” y “frecuentada” cama. Por superficial que Eviolela fuera, siempre buscaba y tasaba, descaradamente, esas señales “reveladoras” de algún talento verbal o retórico (piquito de oro) o algún signo de “culturilla especializada”, la de chicos universitarios a poder ser, adoraba esa pedantería barata y decorativa en los tíos a cazar, ella no daba para más. Los tíos experimentados o inteligentes soportaban un tiempo muy, muy, muy limitado su “ofrecimiento sexual”. Luego cogían las de Villadiego, salían por patas con excusas increíblemente peregrinas, algunas por mensajería instantánea, incluso, esgrimían excusas tan manidas y sobadas que ofendían la más limitada inteligencia: “No eres tú, soy yo”, “Tengo que marcharme a “Barcelona” y las relaciones a distancia no funcionan pero te quiero muchísimo”, “Estoy bastante confundido y necesito un tiempo para reflexionar”, “He cambiado y no quiero hacerte daño, “ Te mereces a alguien mucho mejor que yo”, “ No puedo darte lo que necesitas”, “Eres demasiado buena para mi”. “ Necesito encontrarme a mí mismo, estar solo, te juro que no hay otra”…
Tíos medianamente inteligentes o experimentados… Ellos también saben buscar indicios de talento o inteligencia, verdaderos, además de sexo o incluso primorosa belleza o química en las mujeres ideales para ellos. Eviolela nunca era la elegida, por algo sería…

Lo de Eviolela con Jaru se trataba de una “decisión” personal pérfida y cruel disfrazada de “afecto”, de “dulzura”, “de maneras o moditos”. En realidad, como en los Doramas más trágicos, se trataba de simple juego, de frívolo antojo y ego personal, de un extravagante pasatiempo temporal, un entretenimiento voluble e inconstante que con la dosis justa de afabilidad y generosidad, ficticia, tendría su recompensa: una muesca más en su cama, un poquito más de ADN en su colchón.

Ella, Eviolela, no era tan escrupulosa como Kirikiko que hizo cambiar el colchón, las mantas y todos los juegos de sabanas a su verdadero “amor”, al que nunca recuperaría por más tejemanejes que pergeñara, porque ella no podía apoyar su cute piel en el mismo lugar donde él había tenido sexo con otras chicas. Evidentemente no hablamos de su novio actual, el Chico k, Kapu, esté ajeno o no, más bien no, a los líos sexuales de su chica, era feliz o se resignaba con su suerte. A veces mirar a otro lado tiene sus ventajillas aunque los cuernos sean públicos y notorios. Como sus ventajillas tenía formatear su PC, con sus queridas carpetas de imágenes o vídeos porno, al enterarse de la escenita telefónica, lacrimógena, barata, cochina y en plena calle, de su angelical amada. La pobre estaba tan desolada y solita que llamó a su ex-novio, el amor de su vida, para contarle su desgracia. No había otros ex-novios o ex-amantes disponibles en ese momento. Móvil apagado o fuera de cobertura o distancias insalvables y obligatorios eventos. El ex-novio, poco receptivo a las habituales y teatrales tragicomedias públicas de Kirikiko, se limitó a escuchar y mostrarse cauteloso, más receloso que cauteloso, total él había sido objeto de una representación demasiado similar, y también pública y notoria, no hacía demasiado tiempo. En esa actuación él era el chico ”malo” de la película, el que la trataba muy mal, “física” y “psicológicamente”. El que con su comportamiento la estaba “lanzando” a los brazos de su nuevo “salvador”, su nuevo “héroe”. Ese chico que bailaba Kpop de forma tan linda y era tan mono y adicto al porno…
Mientras tanto Kapu consideraba, lo había leído e interiorizado en algún meme de internet re-re-recompartido al cubo, que la mujer perfecta, la mujer de su vida era, sin duda alguna, esa que vista sin maquillaje y con trapitos poco favorecedores, como un grueso pijama de Pepa Pig , fuese capaz de ponerle el “nardo” como una morcilla de Burgos. ¡Dios mío, el amor reducido a la mínima expresión! Se puede ser tan lerdo para no alcanzar a imaginar que el sexo es una parte del amor, una parte importantísima, sí, pero una parte, y, no la esencial para unos seres como los humanos que follamos para algo más que perpetuar la especie o para busca un placer “ fugaz y limitado” que va decayendo de forma elástica con la praxis y los años. Se puede ser tan lerdo para no caer en la cuenta de que todas nuestras “elaboradas y laboriosas” pretensiones, ardores, calenturas, enardecimientos, éxtasis… son provisionales y contingentes. Por suerte o por desgracia, somos cada día más caducos, más pútridos, más decadentes. Entropía. Pura entropía. Como animales que somos necesitamos de hormonas y neurotransmisores que “activen o despierten” nuestro apetito sexual, que hagan que se llenen de sangre los cuerpos cavernosos, masculinos y femeninos, que se inerve testículo y epidídimo, que se produzca la irrigación e inervación del ovario , que las glándulas de Bartholino y Skene segreguen su líquido filante… en definitiva que se produzca ese calentón que recorra nuestro cuerpo y llegue al bajo vientre, tal vez a eso que llaman “chakra sexual” o al vértice de una ecuación cuadrática… de lo contrario, podríamos ver pasearse a nuestro lado, desnudos o semidesnudos, a nuestros idols más adorados o mitificados como si fuésemos un dolmen, menhir o cromlech megalítico. Piedras. Seres asexuados. Lo cierto, es que el hombre ha de encontrar el tiempo suficiente para revisar algunos conceptos vitales: placer, enamoramiento, amor… Conciencia de lo conceptual. Conciencia del cuerpo y mente. Conciencia de lo espiritual. Conciencia de lo que somos. Conciencia del mundo. Conciencia de las cosas que de verdad importan. Conciencia de la realidad y de nuestra realidad. Conciencia. Conciencia. ¿Pastilla roja o Azul?. La obligada elección del hombre libre.

Indefenso y vulnerable, Jaru estaba “sometido” a aquellas falsas promesas y aquellos extraños, y ensayados, poderes de seducción de Eviolela: mensajes inconfesables, un desnudo a tiempo, un diestro manoseo, un ahora sí y un ahora no. Ella era la zanahoria que el jamelgo nunca logra alcanzar. La realidad y la ilusión son caras de una misma moneda, a veces la más falsa moneda. Eviolela era más falsa que la selva inexplorada de Tarzán. Él, Jaru, escuchó muchas veces esos fatídicos y volubles te quiero, eres mi todo, soy tu sombra. Aquellos lacerantes ahora te amo y ahora no te amo, ahora necesito espacio y ahora necesito cercanía, vamos a dejarlo , es lo mejor por ahora, no eres tú, soy yo… Lo grave de esto no era el perverso jueguecito en sí mismo, era la “capacidad” de machacar a alguien sin darle la oportunidad, siquiera, de reaccionar. De racionalizar. De entender. De comprender. De encontrar la verdad entre tanta dulce mentira. No, estos seres infames no te dan la oportunidad de reaccionar, de eso se tratan los juegos de poder y tiranía. Se ejercen sobre un objetivo más débil, más lego, más joven, más sensible, más frágil o vulnerable. Y, efectivamente, él era, por aquél entonces, más vulnerable, más manipulable ;menos con su trabajo, su trabajo “no se tocaba” por nada ni por nadie, era sagrado, era mucho más que un modus vivendi. Esa actitud le ocasionó a Jaru más de una seria y desagradable disputa.
Destellos lumínicos y proyecciones. Luz y sombra. Hacer el amor o simplemente follar, hay diferencias, vaya si las hay. El sexo puede convertirse en una adicción (conquista, placer, pasión, perversión, “suciedad”… droga legal), puede volver zumbados a muchos seres humanos, luego la vacuidad absoluta. La decepción. Quince o veinte minutos y después “La Nada”. “La Nausea”. La soledad acompañada. Las preguntas sin respuesta fija quizá sean estas: ¿esto es todo? ¿a esto se reduce el zarpazo brutal del deseo, la pasión o la lujuria? No, creo que no. Por lo demás es bellísimo que alguien te sorba el seso sin dejarte comprender muy bien por qué, pero también es bellísimo y obligatorio esgrimir y bruñir la lógica, la razón para elaborar el perfecto equilibrio inestable en nuestra vida sentimental. La perfección de lo imperfecto. El amor no es solo sexo y se cultiva.

A Eviolela le encantaba hablarle de sí misma a Jaru. Ella misma era su mejor tema de conversación, junto con los parloteos de folleteo y otras obscenidades que entretenían por puro morbo a la fraternidad de Jaru al completo. ¡Qué tía tan guay! Ironía. Le apasionaba, en especial, hablarle de sus relaciones “amorosas”, sexuales más bien. Del buen y mal sexo. De la forma en que sus “amantes” y “novios” la tocaban, lo que le decían, como eran, donde iban, lo que hacían en definitiva. Hasta Jaru, en su inocente inexperiencia, lograba adivinar esa peligrosa deriva de la comparación. ¡Qué triste y lamentable! ¡qué enferma y necia hay que estar y ser para caer tan bajo!¡Dios, hay que ser verdaderamente estúpida para segar la hierba bajo tus propios pies!, así era Eviolela, verdaderamente estúpida. Tenía tan asimilado que Jaru era el segundo, tercer, cuarto o quinto plato, su última opción o cartucho en lo referente a hombres que llevar al lado y meter en su cama, que no se percataba que el dolor es un gran maestro. Tal vez uno de los mejores maestros. Jaru aprendió bastante de dolor, sentía ese escarnio en su más hondo elemento. No era un chico de muchas palabras. No era de contar sus cosas, ni a los amigos más íntimos. Por ello vivía para sus adentros esa aflicción y desolación que lleva, necesariamente, a preguntarse si la persona que tienes al lado te quiere. ¿Amor, un ideal o una cochina mentira?. Para él un ideal, pese a todo. Para ella, una farsa, una adicción. No porque llegase a pensar sobre el sexo, el enamoramiento y el amor y llegase a esa conclusión. No, sino porque en el agónico egoísmo de su yo más hondo no había lugar para sinceridad, lealtad, fidelidad o verdad alguna. Todo era puro capricho como la cute-jarrita Disney de granizada que se le antojó a los diez años y la lograba ahora, era paciente con sus antojos. Todo se reducía a la actuación y sobreactuación, conveniencia y pragmatismo: acierto/error. Una estupenda técnica si después reflexionas sobre los temas que te llevaron a ellos y sus consecuencias (a los errores) pero reflexionar no formaba parte del vocabulario de Eviolela y mucho menos de su conducta. Conducta. Conducirse. Una etiqueta de la que ella jamás podría presumir: ¿se puede ser más hija de puta, contar a Jaru su pérdida de virginidad como casi una violación? ¿se puede ser más hija de puta contándole que se tiró al cirujano de cabecera de la familia como si de un gran trofeo se tratara? ¿un cirujano loco?¿un cirujano verde y adicto al sexo? ¿un cirujano capaz de arriesgar su “vida” por un adefesio?. A otra parte con ese cuento, cabrona… Y sigo preguntándome:¿se puede ser más hija de puta hablándole del maltrato físico (golpeada y vejada) a la que, “supuestamente”, la sometían algunos de sus ex-novios y ex-amantes? ¿se puede ser más infame contándole que todas sus relaciones fracasadas, más de diez, eran culpa de ellos?¿se puede ser más imbécil en esta vida al contarle la excusa barata que alegó su más querido novio, el hacker, el informatico autodidacta y libertario de tan altas utopías sociales, el que nunca se fue a Barcelona y terminó en la misma ciudad que ella pero al lado de una “mujer real”? ¿se puede ser más cabeza huera elogiando singularidades de esos tantos tíos que le dieron la patada? ¿Todos ellos tenían fallos o ella era el gran fallo?. No sé qué dosis de verdad o mentira había en cada una de esas “revelaciones”, ni falta que me hace, hay muchas manera de hacer las cosas y ninguna de las que ella “elegía” era ética. Conducirse. Conducta. Conducta… Claro que, estos seres enfermos de falsedad se creen sus propias mentiras y ficciones. A ella le encantaba la ficción del amor, y digo bien, ficción, no creo que jamás llegase a amar otra cosa que a sí misma. Lo más cercano al amor que rozó fue ese informático, ese programador divertido, dicharachero, extrovertido, rebelde, utópico, soñador de mundos solidarios, ecuánimes, justos, igualitarios, un tanto excéntrico y sin un chavo en el bolsillo, que muchas veces “disfrutaba” de la buena vida a su costa (ella se lo recordaba, a menudo, en forma de Bitstrips. Eso debe doler…) y que nunca terminó en Barcelona, más bien a pocas manzanas de su casa. Barcelona, bella ciudad… El informático, un chico de bellos ojos aguamarina al que mandaba mensajes subliminales, reiteradamente a pesar de haber terminado su relación sentimental, en cada selfie subido a las redes sociales. Fotos y mas fotos de ella luciendo una pulsera-esclava (me horroriza el objeto y el significado) que debió sellar su amor. Ella se quedó con la pulsera que cerraba una curiosa llave-colgante: esclava para ella y llave para él. Fotos de una pasionaria azul. por otra parte cantidad de fotos con textos reiterativos y sin destinatario fijo, un te amo, muchos te quiero. Fotos de muchas bagatelas que construía para algún él, probablemente el informático, y que las más de las veces terminaban en manos de otros novios o amantes ocasionales. Falsedades. Escaparates. Reflejos. Pero incluso los reflejos delatan la pasta de la que está hecha el original. Ella era pura y silente basura pútrida. Estaba totalmente podrida por dentro.
Quizá, en una de esas extrañas alineaciones planetarias, llegase a sentir algo por otro informático un poco más hecho, era como esos niños de papá pretendidamente hippies y con una Visa Oro en su cartera Louis Vuitton, pero él no era un niño de papá ni tenía Visa Oro, lo que si tenía era unos bellos ojos ámbar y un piquito de oro. Pero para piquito de oro el estudiante de periodismo que le hacía visitas esporádicas tras encuentros casuales después de cortar con el pibón francés de sus entretelas.

Usar y ser usada. Hacer pagar a los inocentes los platos rotos… Es terrible ese juego de usar a la gente. Usarlos como medios. Usarlos como fines. Era casi apologético “analizar” cada uno de los mensajes subliminales que Eviolela colocaba en cada pie de foto subida a las Redes sociales. Mensajes sin objetivo claro, como he dicho antes, de eso se trataba, dirigida a su “colección de posibles”. Posibles novios. Posibles amantes. Posibles rolletes. Cada uno de estos “ellos” indefinidos sentía el mensaje como propio. Se creía la romántica diana del pueril y envenenado disparo. Luego, Eviolela, se limitaba a poner la mano y recoger la captura del día, del mes y del año. Para todo había en un “simple” disparo empozoñado.
No sé si el desquiciamiento verbal es fruto de un desquiciamiento más íntimo y enfermizo. Aunque conozco bien la visceralidad humana, la buena y la mala visceralidad. La que te lleva a buscar justicia y la que te lleva a tomarla por la mano a toda costa. Visceralidad, esa especie de locura transitoria mediante la cual suceden tantas cosas, se suceden tantas historias.

Antes de darle tiempo a que reaccionara, Eviolela había presionado tanto a Jaru que había logrado, con la misma fórmula usada para capturarlo, evitar que la abandonase. Sí, Jaru había cuestionado esta relación tóxica hasta llegar a verbalizar sus sentimientos: ¡quiero dejarlo!. Él quería dejarlo. Pero ella tenía el control. El control sobre los argumentos más prolijos y peregrinos. Los argumentos más retorcidos y perniciosos adornados con florecitas y mariposas: malware. Puro malware, y ella sabía mucho de malware.
Eviolela también tenía el control sobre una especie de llanto facilón que simulaba el lloro de una niñita perdida y sola, desorientada y desesperada, con sus desorbitados ojos líquidos, que corría hacia familiares brazos. Así logró “retenerlo” un poquito más. Un poquito.

Conozco bien la mentalidad de los manipuladores, por desgracia. Eviolela era un crack de la manipulación y el fingimiento: de cara a la galería una niña dulce y buena, por dentro una especie de Samara de The ring o de Rhonda de la mala semilla.

Llevaban un mes juntos, se podría decir como novios. Le llevó a su casa, donde le trataron como a una “persona”, tal vez por su raza no merecía ese trato de primera, pero los idols del Kpop son asiáticos también. Así que se le trató como a una persona. y como a una persona le condujo a su cuarto, a su cama. Allí se “sobaron”, a ella le encanta el vulgar término, se besaron, se manosearon mientras ella iba ganando terreno, por experta y lanzada, en el acto que estaba a punto de sucederse. Se desnudó para él, más bien para ella misma preparada para ser “adorada” pero él no sospechaba nada. Jamás pensaba mal. Todo el mundo era bueno. Ella le parecía buena por aquél entonces. Más manoseos y su boca caliente en la espalda. Luego se bajó al pilón y le comió el coño, no como sus expertos amantes, pero lo hizo bien, muy bien para su escasa experiencia. Comenzó a frotar su pene con su vulva. Era una mezcla de sentimientos encontrados, por una parte parecía esperar el permiso de ella para penetrarla, por otra, los movimientos, gimnásticos de su suelo pélvico, una especie de musculación, profesional, pubocoxígea y contracciones vaginales que lograron que Jaru eyaculara de forma espontánea y precoz sobre ella. Se sonrojó y luego nada. Nada. Su fealdad volvía justo al lugar de donde procedía.

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