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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (VII). Fiesta Hawaiana en el Tragón Verde.

agosto 4, 2015

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (VII). Fiesta Hawaiana en el Tragón Verde.

hawai

Cumplida la misión, entrar por la puerrta grande en la nueva fraternidad de la mano del Chiko K, Kirikiko y Eviolela se felicitaron.

Eviolela emitía sus impertérritos sonidos gatunos. Dobló su hombruna espalda hacia adelante moviendo las manos a modo de felinas garras. Los ojos parecían querer salir de sus ya abombadas y prominentes órbitas. En el rojo aposemático de sus labios dibujó una mueca tan amplia que su rostro se cuadriculó por completo. Luego un sonido hipocrático, una egofonía tan exacerbada que el balido de una cabra parecía un cantico angelical: nyaaaa nyaaaaauuu, miaooouuu.

Kirikiko, por su parte, saltaba. Del esfuerzo excesivo se desparramó sobre sus propias ropas. La carne, contenida apretando al máximo cada músculo y respirando lo justo y necesario para no morir en el intento, literalmente rebosó. Resultaba evidente la extenuación. Tras el desplome no mostró cambio alguno de expresión. Sus pensamientos estaban en otra parte, a poca distancia, en la misma ciudad, pero demasiado lejos de su alcance. Presa de los delirios de su mente seguía pensando en su reciente exnovio, Rall; como si uno de los trabajitos de su mamá y sus lagrimitas de cocodrilo se lo pudieran devolver pronto, muy pronto. No iba a soltarlo sin pelear. Este pensamiento le arrancó un suspiro nostálgico y hondo. Con una falsa sonrisa sesgó el labio superior y se abandonó a su verdadera voz. Lejos quedó la voz dulce y aniñada que simulaba magistralmente:

-¿Lo he hecho bien, verdad?.- dijo Kirikiko-

-Pues claro, siempre lo haces bien.- apostilló Eviolela-

– Si quieres – propuso Eviolela- , puedes quedarte en mi casa esta noche. Planificaremos mejor todo. Los mensajes de voz se nos quedan pequeños – sonrió mostrando las encías superiores, una hilera de dientes amarillentos surcados por un canal a modo de surco de Galvayne, como si de un caballo viejo al que van a tasar se tratara-.

– ¿No te molesta?- añadió Kirikiko-

-Claro que no, eres mi mejor amiga.- contestó Eviolela-

-Sólo amigas aunque ya sabes que me gustan las mujeres bellas- dijo Kirikiko entre risas flojas, luego carcajadas-.

Entretanto, el chico K, a kilómetros de la ciudad, trabajaba y pensaba en Kirikiko. Expresaba una íntima satisfacción en cada gesto de su cuerpo. Poco adivinaba de la dorada mentira que había comenzado a vivir en brazos de Kirikiko. Los espejismos duran un tiempo indeterminado pero acaban por desvanecerse. A veces se disipan demasiado tarde. El desierto sentimental también se cobra sus víctimas. A menudo víctimas propiciatorias.

Casuística y salto temporal adelante, un año después, muchas mentiras después…

Echar la vista atrás y seguir en el presente. Un ejercicio que a veces bordea los más profundos abismos de las almas. Guiños a todos los demonios del ser humano. Echaré la vista adelante.

Un poco más allá del parque, junto a una transitada avenida, se encuentra una bodega mítica en el ambiente metalero. Una isla en el corazón mismo de la ciudad, El Tragón Verde.
El calor propiciaba la Fiesta Hawaina. El evento no era novedoso en la bodega. Ya se había celebrado otros años con bastante éxito. La amistad, las pistolas de agua, las flores, mojitos, caipirinhas, cervecita helada, la hidromiel Valhalla… Todo ayudaba a construir una idílica playa tropical de arena blanquísima y venturosos náufragos por un día. Náufragos que acariciaban la libertad y el goce de la infancia. Una fantasía que la sugestión colectiva ayudaba a elaborar y sostener, apaciguando las físicas y metafísicas angustias de cada cual como individuo.

Los náufragos comenzaron a llegar pronto. Las mesas disponibles no eran muchas. Traídos por las caliginosas mareas del asfalto, los supervivientes comenzaban a arribar a las prometeicas costas. No iban disfrazados, a lo sumo algún “lei” para la ocasión. Se vieron muchos “na lei” sobre camisetas metaleras y ropa informal. Muchos. Hasta que llegaron Ellos. La panda del StickySnot, la nueva SS. Una panda pretendidamente friki en su agónica inquietud de disfrazarse. Como si el disfraz fuese una prolongación de su persona. No era cierto, había una obsesión oportunista en cada una de sus mascaradas: búsqueda de familla y reconocimiento como Instagramers, Youtubers o Modelos Ocasionales de algún fotógrafo en ciernes o en crisis aguda…

Eviolela eligió un croptop blanco, cortísimo, y una falda blanca sacada del fondo, fondo y hondo, del armario. Ni era hippi ni fashion pills. Había colocado una guirnalda floral alrededor de la falda a juego con la corona que adornaba su pelo. ¡Su pelo, Dios! Esa extraña cosa naranja que parecía haber crecido con la textura de la lana, aún sucia, y cardada a mano. Caía sobre los hombros y terminaba en mechones poco densos y peguntosos. Las puntas parecían pegadas con saliva. Con esa terminación burda del que ha querido pegar raftas postizas para dar mayor largo a las propias. Ni el pelo de las muñecas tiradas a la basura tras su vida útil lograban alcanzar el “supremo” look. Su maquillaje era plano, pero no ese tipo de plano natural que tiene la piel recién lavada, no. Era un plano lechoso conseguido con el maquillaje “Cutie Pie Coreano” en su tono más porcelánico: “Imitación Pulpo Blanco Catallena” (까탈레나). Sus labios, para variar, tenían ese tono rojo chillón que dañaba la vista y que otorgaba al conjunto facial ese lánguido teatral y exacerbado de las geishas de los folletos de viajes destinados a hombres de negocios: sex tourism. Sus ojos de ‘Rango’, el camaleón que no sabía adaptarse, ponían el punto álgido al fantasmagórico rostro. Ni las Circle Lenses ponían color a una cara del inframundo.¡Supremo!¡Look supremo!.

La realidad no es virginal como las pieles retocadas de las fotografías. Es cruda. Dura. Propensa a destruir los mitos. Todos los mitos. En cada uno de sus ensayados movimientos y poses se veían las estrías propias de esas pieles sometidas a la voluntad férrea de los adipocitos. Estirar y aflojar. Estirar y aflojar. Estirar y aflojar. Luego, esos surcos conectados con bloques amorfos y localizados de adipocitos. ¡Malditas cartucheras! ¡malditos michelines! ni el Meizitan o cualquier otro potingue farmacológico asiático la hacía adelgazar y mantener el peso. Su metabolismo estaba trastocado, como su seso. Lejos de perjudicarla, esa grasa localizada, le favorecía, era el toque de autenticidad entre tanta farsa. Aunque puedo entrever su decepción y martirio por partida doble: tormentos voluntarios de la ortodoxia de una moda, la coreana, que denigra a la mujer hasta convertirla en muñeca clonada de usar y tirar. Un modelo de mujer contra el que luchan denodadamente las mujeres díscolas, rebeldes e inteligentes de una sociedad enferma de machismo y misoginia, de comercialización de la esencia y apariencia de la mujer. Y por otra parte, el tormento del espejo. Un espejo, herramienta o legado pontificio. La física y la religión nunca se ponen de acuerdo: otra constante cosmológica aunque esta no alcanza a representar la energía oscura o la densidad de energía en el vacio. A lo sumo,  la luz u oscuridad interior, la dualidad del espíritu humano.

Kirikiko por su parte llevaba un bikini diadema rosa. Sí, esos bikinis que nos suelen poner a las niñas pequeñas cuando pataleamos para emular a las mujeres mayores, cuando queremos ser mayores sin tener tetas. Ella era mayor pero sus tetas se habían negado a crecer. Cosas de la genética.

La falda era verde. Era una de esas faldas pao, o pau, hawaianas en versión gloriosa. El más penoso conjunto de tiras de plástico barato cortado por una costurera atiborrada de centramina. No había una sola tira rectilínea. La carne seguía rebosando generosamente por todas partes, menos en los pectorales.
Su maquillaje, más denso que de costumbre, le tapaba completamente las facciones. Sus ojos estaban demasiado sobrecargados de pintura y parecían delineados por la prisa loca o la culpa… Con el tiempo la culpa se desvanece, y con el alcohol, se desvanece antes. Este sentimiento “humano” le duraba poco.

Apariencia y realidad de unos seres imbéciles que arrastraban el “frikismo” por el fango. El tiempo, como siempre, se encargaría de colocar a unos en la fila de los farsantes, y a los otros en la de los idiotas que no pasaron la adolescencia a fuerza de consentimiento o represión (pijos o quiero y no puedo codo a codo). The Peter Pan Syndrome: Men Who Have Never Grown Up.

El Chico K nunca se enteraría de esta corrida fiestera de su “adorada novia”. Un ídolo al filo del abismo…

La casualidad. La casuística. El azar. El destino… La barra estaba concurrida. Las mesas repletas. Algunas sillas vacías pero con nombre impreso, los amigos siempre guardan las sillas. Buscando por entre el gentío apareció una parejita bastante linda. Él con ropa de calle. Ella con un croptop, sexy y recatado al tiempo, y un short. Una pequeña diadema floral y sin apenas maquillaje. Esbelta y con mucha clase. Destilaba clase en cada movimiento, premeditado o no.
Encontraron al grupito que buscaban y se sentaron. Un golpe de vista les enfrentaría a una situación bastante incómoda : Kirikiko.

El chico, Rall, no ignoraba el fastidio y desagrado que tal presencia inspiraba en su novia, Bell, pero sabía que ella se las arreglaba bastante bien sola. Era una mujer de carácter y principios. El impacto visual al principio le resultó desagradable, luego gracioso y por último deprimente.

Kirikiko se balanceaba y basculaba sobre sus grasitas con tal ímpetu que la columna que se levantaba en medio de la sala, justo frente a ella, temblaba de oscuridad. Mirar. Observar. Mirar. Se olvidó de todo. De la panda StickySnot, de Eviolela, de la concurrencia, hasta del Chiko K. El Chico k en la inopia total. Ni se había enterado de que su “Ángelito” estaba en esa Fiesta Hawaiana sin decirle nada. Mucho menos estaba al tanto del fatídico encuentro con Rall…

Nada tenía la suficiente consistencia ya para Kirikiko. Nada era. Sólo existía esa tierna parejita que no dejaba de cortejarse y profesarse dulces miradas y arrumacos. ¿Quién era esa parejita? Su Exnovio y su chica. La espina más honda clavada en alguna víscera escondida de Kirikiko. Su enorme grano en el culo.

Alzó la voz para llamar la atención de Rall y Bell. Depurada técnica interpretativa de Kirikiko y Eviolela. En nuestro primer e infausto encuentro, Eviolela actuó de la misma forma cutre, alzó la voz para que la mirase. No miré. No miré a ese engendro…
Kirikiko, con toda su rabia contenida, olvidó hasta el fingimiento más sistematizado, el de su impostada voz, su “melosa” voz. El timbre aniñado y dulce se había evaporado. El intento de atraer la mirada de los jóvenes había fallado. Eso iba a provocar todas las catástrofes del Universo. Pandora había vuelto a abrir su caja.

Procuró resistir la furia que la carcomía hasta contarle a Eviolela lo que pretendía hacer: bailar. Y salieron todos a bailar. Bailar. Se derramaba concupiscencia en cada gesto. Kirikiko parecía una gogó desenfrenada con cincuenta manos y cincuenta ojos pulpiles. Tocaba con babosos requiebros a sus compinches. Mitad tango, mitad reggaetón, mitad belly dance…una calentura deprimente que la llevaba a teatralizar el coito y las relaciones lésbicas. Lo lésbico pone mucho al personal. Pero no logró “colocar” a los tíos ni escandalizar a las tías, tampoco logró  que esa parejita la mirase. Estaban a lo suyo.
Para los demás asistentes fue un espectáculo divertido y fuera de lugar. En el fondo la panda estaba fuera de lugar. La bodega era territorio metalero y friki. Friki de los de verdad. La gente había disfrutado de estos “iluminados” como si de un “Corto Cinematográfico ” se tratara. Después volvieron a sus cosas y a su cháchara. No perdieron un segundo en hablar del tema. No habían conseguido calentar motores y la sala estaba llena de gente real. Real, así, sí la playa real de “ El Tragón Verde”, felicidad real Tragón Verde:

“I’ve been watching you
A lalalala long
A lalalala long long lee long long long,come on
A lalalala long
A lalalala long long lee long long long, hey-a

Standing across the room
i saw you smile,
Said i wanna talk to you-hoo-woo
for a little while,
but before i make my move
my emotions start running wi-hild,
My tongue gets tied
and that’s no lie
i look in your eye-ye-ye-ye-eyes,
i’m lookin’ in your big brown eye-yes,ooh ya
now got this to say to you, yeah

girl i want to make you sweat
sweat ‘till you can’t sweat no more,
and if you cry out
i’m gonna push it sum more-ore-ore,
girl i want to make you sweat
sweat ‘till you can’t sweat no more,
and if you cry out
i’m gonna push it push it push it some more

A lalalala long
A lalalala long long lee long long long,come on
A lalalala long
A lalalala long long lee long long long, ooh

So i say to myself
if she loves me or not(ah-ah)
but the dread i know
that love if his together
i want to lick a bit o’ this
and i lick a bit o’ that
but the lyrics goes under your tat (ah-ah)
my tongue gets tied
and thats no lie …

Eviolela había salido a la puerta y hablaba con un par de personas. Su pose encorvada era siniestra en la penumbra callejera.

Kirikiko miró el móvil cabreada mientras repetía en voz baja, soy tonta, soy tonta, soy tonta. Buscó a Eviolela, con los ojos, por toda la sala. Al fin se dio cuenta e infirió que estaba fuera. Su cabreo iba en aumento. Miró por última vez a la parejita. Odio. Odio.

Balbuceó una disculpa a su panda. Se quitó los adornos florales del todo a cien y la falda de plástico. Sacó una camiseta del bolso. Guardó todo el atrezo y se puso la camiseta. Era una camiseta de metal extrema. Extrema. Totalmente extrema hasta para el más metalero de los garitos. Salió atropelladamente. Le dirigió una parrafada a Eviolela y se marchó. El olor a derrota impregnaba el ambiente. Se cortaba, literalmente.

¿Qué había ganado con tal exhibición pública y notoria? Nada. No había ganado nada y no podía permitirse perder nada. No, no podía permitirse perder nada. No podía permitirse perder al Chico K, su “cosita hasta el fin de los días”.

Él, K, estaba trabajando a unos kilómetros de la ciudad. Estaba feliz en su inopia. Lidiando con su responsabilidad adquirida y con, tal vez, esa mirada, fatigosa, hacia el porvenir. Ese tipo de mirada que nunca tendría Kirikiko como bien adivinaba su “posible futura suegra”. Esa era una de las razones por la que no la quería. Una. No era buena para su hijo. No era buena.No.

Todos los chicos tienen madre, el Chico K no era una excepción.

Eva Registered & Protected
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