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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (VI). Mascarade Del Buen Amor. 

julio 28, 2015

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (VI). Mascarade Del Buen Amor.

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Entre los propios claroscuros, pude comprender todos esos fingimientos sociales que permiten a la gente volver a casa, tranquilamente, tras el cruel degüello de los corderos y desinteresarse por la realidad. “Desapegarse” (maldita psicología del desapego) completamente de esos “gritos del silencio” ante tan inmerecido y gratuito sufrimiento infligido. Ese maldito “desapego” que te permite dormir a pierna suelta después de las peores vilezas. Después de engañar y apuñalar por la espalda a quien fuese menester y por puro placer. Ojos que no ven… En verdad, este tipo de ceguera voluntaria, sistematizada y reducida a la mínima expresión de un gesto cotidiano, como rascarse o bostezar, te hace aparentar y aparecer “amablemente feliz”, ante los demás o uno mismo, en la propia rutina diaria. No sé qué forma puede tomar la vida tras el tupido velo de una ceguera tan destructiva. Como el minero que cava desesperadamente, en lo subterráneo, hasta que sus manos quedan ensangrentadas y pegadas en el rojo, las circunstancias personales y el vandalismo moral pegan el alma al negro. Un negro que tizna, con infinita facilidad, de una indeleble mugre el espíritu. Negritud. Negritud que fluye desde los dominios del mal. El tiempo es un nervioso y exaltado excombatiente que, duro de necesidad y sin contemplaciones o melindres, ayuda a diferir, pero nunca a diluir, las más elaboradas marañas de mentiras. Después del reinado de la oscuridad, la terapéutica de la luz. Ese claror que destapa las situaciones más obtusas de la existencia.

Cosa curiosa, los golpes de la vida te ejercitan y curten. El primer puñetazo, de enjundia, que recibí en mi vida me dislocó un hombro. El segundo, impactó de tal forma en el costado que me dejó sin aliento y con las costillas fisuradas. El tercero me derribó al suelo como un fardo sin vida, pero me volví a levantar. Una y otra vez. Una y otra vez. ¿Cuántas veces? perdí la cuenta cuando los golpes dejaron de doler. Poco a poco me acostumbré al calor que desprendía lo vivo. El amor propio, la cabezonería o la valentía… ¡quién sabe¡. La personalización de la moralidad es como un fuego que arde con fruición sin extinguirse jamás. Indudablemente algunos seres humanos estamos hechos de otra pasta. No podemos remediarlo. Tal vez ni lo pretendemos. No somos esa clase de seres que la apariencia hace creer que somos, y punto. Estamos más interesados en la “verdad” y la “justicia” que en los modos de hablar, de comportarse, de identificarse… Somos una especie de música que restaura el corazón después de un duelo a muerte. Casi todo el mundo, como forma de supervivencia o puro instinto o conveniencia vital, se siente flaquear ante el dolor físico, es natural, pero a mí no me gusta la debilidad física, menos la moral. Cuando asumes esto, ves la forma en que has cambiado y cuanto has cambiado. Así, ante la tesitura de revelar las heridas del cuerpo o el alma, escogí, con total conciencia, mostrar exclusivamente esas “marcas” que una espectrografía funcional puede evidenciar. Las otras marcas, se ocultan estoicamente. Las reservas, tal vez, para una o dos personas más a lo sumo. Tenía mi propia teoría sobre el tema. No tenía nada que ver con la honradez, la reputación o los principios, era algo mucho más sutil, y como tal permanecerá en ese etéreo mundo de lo sutilmente silenciado.

Estas que tenía ante mí eran brujas de la peor especie. La peor. No me fío del destino, nunca lo hice, y me las había obsequiado a cambio de algo verdaderamente valioso. Era lo paradójico y maravilloso a la vez. Dolor y felicidad. Por más que me devanara los sesos tratando de entender estas combinaciones azarosamente sarcásticas del destino, no me sirvió de mucho. Entregarnos al destino es una completa estupidez. Nunca lo había hecho y nunca lo haría pese al precio que ello conllevara, y era alto, siempre es alto. Decidí pues estar a la estatura del retorcido reto de “las estadísticas de la vida” y no rehuir combate alguno. Si para ello era necesario avivar el conflicto, así habría de ser. Nunca miento, defecto de fábrica, y pueden creerme si les digo que aquellos minutos tratando de entender la pérfida emoción del regocijo en la maldad por la maldad, de estos abominables seres, hizo que mi alma se endureciera en cada una de sus capas superficiales, hasta llegar a su propia y atónita semblanza interna. Se me desabrochó del cuerpo, se volvió rígida, inmóvil, inerte como piel de muñeca (con ese plastificado asfixiante tan usado por ellas en todos sus retoques fotográficos para las redes sociales, efecto Jill Greenberg lo llaman). Se endureció cual impresión 3D de esos “místicos y enigmáticos” 21 gramos que la ciencia no logró ubicar en parte alguna. Aliento plastificado. Éter plastificado. Luego apareció en alguna palpitación descarriada. Wolff-Parkinson-White fantasmagórico. Apareció como un Poltergeist, trazando una imperfecta línea diagonal y aberrante desde el haz de Kent hasta alcanzar el techo de mi habitación. No sabía cuánto tiempo iba a permanecer ahí antes de regresar a las heladas entrañas. El hierático punto no era otra cosa que el reflejo acrisolado de un cenicero. Suspiro de alivio, lo paranormal seguía habitando en otra parte… Sin embargo, confieso que, de forma no muy normal o común, a veces me desnudo por completo para examinarme bien de pies a cabeza eso que llaman alma. No porque tenga especiales problemas de conciencia. Mi conciencia suele salir por la boca o por cada milímetro de vida, ¿puede tener una existencia más expuesta al público?. Analizar el alma, la conciencia, se trata de otra cosa, del ejercicio más duro, desgarrador y necesario para penetrar en la intrincada mismidad. Ese lacerante ejercicio no sólo otorga existencia (cogito ergo dubito, dubito ergo sum). Otorga existencia humana. Verdadera conciencia. Así pues, este traumático ejercicio, libera todos nuestros ángeles y demonios. Arrancando a unos y a otros los matices de la propia personalidad. Entre dolores de parto sacamos al exterior nuestro yo más autentico. Tal vez, la mejor ofrenda para esos otros seres que están dispuestos a mirarnos y vernos con los ojos y el corazón, pocos, pero existen: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

Del corsé, la minifalda y el heavy look extremo, pasaron a la simulación, más absurda, del estilo “KawaiKaoNamekujiKaze”. La quedada y el nuevo y amplio círculo así lo requería. No podían asustar a los chicos ni molestar a las chicas. El hecho es que los chicos formaban una perfecta fraternidad. Una suerte de camaradería cultural y biológica difícil de trasladar a otros ámbitos. Por tanto, ellas tenían que mimar en extremo su conducta y atrezo. Ya estaban cansadas de rodar y rodar de mano en mano como la falsa moneda.
Eviolela optó por unas coletas altas, con lacitos, y un vestido rojo y negro a media pierna. El rojo de sus labios era más rojo que las purgas de Stalin. Las coletas no le quitaron diez años de encima, tampoco el maquillaje y decoloración extrema “Tomatox”, pero al menos el personal ni se hizo, ni le hizo, preguntas incomodas o engorrosas. Kirikiko, por su parte, optó por una faldita rosa y blusita rosa con estampado floral. Maquillaje suave pero denso, ojos semidelineados, con la destreza de un tierno infante, y su habitual peinado con flequillo. Todo según el canon estilístico coreano, mas llevaba el pelo bastante encrespado, esto no formaba parte del estilo, pero sí del presupuesto…
Cuando se finge tanto, uno se convierte en un algo tan abstracto que bien podía estar representado por manchas y coordenadas. Bestial “Test de Rorschach”. Ellas superaban por quintuplicado el número de manchas del test. Fingimiento Extremo.

Perfectamente entrenadas y equipadas aguantaron el primer cuerpo a cuerpo. Supieron esquivar con más o menos acierto esas preguntas desmoralizantes y poco agradables cuando se trataba de ser admitidas en una escrupulosa hermandad. El comportamiento de los chicos revelaba un total alejamiento de preocupaciones y sospechas. De natural alegre y confiado, disfrutaron la novedad hasta los límites permitidos por la tradición y decencia.
Uno a cero ¿qué otra cosa podría ser más satisfactoria?. Bueno, para la oquedad de sus seseras, la belleza perfecta. Esa que, según ellas lleva a ser asediada y rodeada por hombres, semidioses y dioses. De íncubos y súcubos ya estaban hartas… Lo que desconocían es que ese tipo de belleza solamente suele habitar en lo muerto o lo inerte. Muerto. Inerte. Inerte. Inerte. Los astrónomos conocen bien, casi mejor que nadie, la diferencia.

Nueva cita. ¿Eran ingenuos o solamente vivían la vida tal cual llegaba? ¡qué felicidad!¡ Dios, qué felicidad!.
Imagino lo simple que sería la vida si pudiéramos apagar a voluntad las frecuencias de onda cerebrales. Pero sigo pensando, no debo tener mucha experiencia para desconectar. Apagar el motor. Apagar el receptor de onda corta…Apagar…

Kirikiko tenía un pequeño gran grano en el culo. No iba a soltar una rama sin tener otra totalmente afianzada. Los monos hacen lo mismo para no despeñarse en el peor de los momentos. Cuestión de supervivencia. Instinto. Animalidad. Su novio era una rama demasiado vapuleada, ya, por sus caprichos, mentiras y maldades. Aún así, las hiperreales, fingidas, lagrimitas de ella seguían teniendo un impacto demoledor en su corazón. Ese chico la escuchó bajo ciertas condiciones. Condiciones que ella no iba a cumplir pese haber dicho lo contrario. Rezó, envolvió con un cordel, vuelta a vuelta, su imagen sobre un tronco, volvió a los santos de espalda, metió en el congelador su fotografía…nada surtió efecto. La santería tiene esas cosas. Falla cuando más la necesitas.
El chico pasaba por momentos muy dolorosos. El dolor nos devuelve a la vida. Nos despierta. Él estaba despertando entre terribles suplicios. Se miró al espejo y tenía los ojos hinchados y el corazón partido pero no iba a tragarse una mentira más. Ni una más.

Al llegar a la nueva cita, naturalmente acompañada por Eviolela, ya sabía que tenía que poner toda la carne en el asador para atrapar nueva rama. La rama que de verdad quería para sí se había partido en dos. No tuvo dificultades para hacer comprender a Eviolela en el peligro en que se hallaba y ella, como venía siendo habitual últimamente, le espetó:

-¡Maldita sea, sabes lo que tienes que hacer!!Saca tu mejor arma! Después de todo no es tan complicado. Lo has hecho mil veces. – ambas se echaron a reír.
– De acuerdo, no queda más remedio. Tú me haces el opening y pan comido.- nuevas risas.

Algunos chicos estaban jugando con sus móviles. Otros dándose las bromitas de rigor entre ellos y poniéndose al día sobre el trabajo o la familia. Y unos pocos bailando de forma improvisada algo de kpop. Kirikiko esperó a que su chico K terminase de bailar. Se iba a acercar y comenzar su teatrillo, pero él se acercó justo al terminar el baile sin darle oportunidad a ella. Ya tenía los ojos enrojecidos (esta vez no eran las Circle Lenses) y la carita de pucheros de parvulario.

-¿Qué te ocurre? ¿te pasa algo? ¿quieres contarme? ¿qué puedo hacer? Se me parte el alma al verte así.

El cervatillo K estaba justo en el lugar esperado. Delante de la letal trampa. No lo sabía. Tal vez jamás lo sabría o querría saber, o tal vez sí…la vio retirar un mechón de su flequillo hacia la derecha. El color de la piel ahí debajo era más natural, con sus poros y sus grasitas. De hecho tenía algo de irreal, de burdo, de chusco. Qué paradójica es la “brutalidad” de la luz, pero hay que reconocer que es el triunfo de la naturaleza sobre cualquier artificio humano. Una jungla que se traga el más esmerado esplendor arquitectónico-artístico de cualquier civilización, o la mismísima vida de los pueblos.

Todo el grupo permanecía atónito y expectante ante la teatral escena (inmortalizada como todas sus tragicomedias con selfie y servilleta). ¡Señor, qué cruz! ¡Señor, qué buen amor este!:

“¡Ay viejas pitofleras, malapresas seades!
El mundo revolviendo, a todos engañades:
mintiendo, aponiendo, deziendo vanidades,
a los nesçios fazedes las mentiras verdades.”

-No quería contarte y estropearlo todo, pero lo haré ¡te necesito K! necesito tu dulzura y comprensión. Te necesito. Te necesito (no lo sabía él bien…).

Así y eclipsando cualquier posible pregunta del interlocutor, y sin apuntador, comenzó su lastimera perorata:

-No te lo había dicho cielo, pero aún estoy metida en una relación bastante dolorosa. Mi novio no me trata bien, nada bien. No se lo he dicho ni a mi madre, ni a mi hermana… Me pone los cuernos con todas las tías que le da la gana. No nos vemos casi nunca. Estoy siempre sola. Pero lo peor de todo es ese trato tan malo. Me hunde psicológicamente. Ya he querido dejarlo en varias ocasiones pero consigue sacarme la idea de la cabeza, durante un tiempo se porta bien y luego vuelta a las andadas. Ya no puedo soportarlo más.- ahora en lugar de lagrimillas, llanto desconsolado.

Él hubiera querido cogerla en sus brazos y salvarla de aquél ogro malvado, de aquella bestia parda. Qué ciega es la fe. Qué ciegos los adeptos ante la ”religión”, con dogma, que deciden abrazar sin hacerse pregunta alguna …

Se acercó hasta no dejar espacio entre los cuerpos, le tomó las manos y le beso las lágrimas. Ella respondió a las sinceras muestras de afectividad con el más falso abrazo. Se encargó de que sus pestañas hicieran cosquillas en sus mejillas, que la piel de los hombros rozara su rostro, que su perfume, prestado para la ocasión, le saturara las pituitarias. Dejó su boca entreabierta como esperando un beso. No llegó. Había que exprimir el jugo del deseo y sabía como hacerlo bien, muy bien…

Eva Registered & Protected
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