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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (V). El Cuco Borgia.

julio 20, 2015

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (V). El Cuco Borgia.

Bosch

Por la noche, y en algún bareto de copas entre risas zafias y alcohol, o en los aledaños del Río entre vapores de cachimbas y petas, Ella y su Marionetilla  farfullaban, a media voz, y elaboraban sus planes de caza. Caza del músico. Caza mayor. Planes de “primorosa gestación” que obedecían a extraños impulsos, casi demenciales. En los manicomios los impulsos y pulsiones eran más normales y humanos, y aún así requerían de apropiada medicación. Sin duda, El Cuco que voló sobre sus nidos era descendiente de aquellos maléficos cucos de la saga Borgia.

Lo realmente curioso de esta relación interesada era el oculto desprecio que Ella sentía por la Marionetilla. Le desagradaba en extremo su infantil vanagloria y sus aires de ridícula comediante. Ella se sentía infinitamente mejor aunque la suerte no quisiera favorecerla. Nadie más había descubierto tal cosa. Hubiera podido saberlo por otros, pero no, bienaventurado su torpor. Lo que más odiaba de la Marionetilla era su rostro. Le exaspera y torturaba  que una idiota integral poseyera más “dotes” de seducción que ella por tener una cara común y más o menos agraciada. Odiaba esos dientes deformes y parduscos. Odiaba su voz  de quiero y no puedo, un permanente y chicloso “vibrato caprino” en lo más bajo de la escala, que la obligaban a hacer varias tomas de aire para poder terminar una pequeña estrofilla de cualquier estúpida cancioncilla, si la terminaba.

Puedo partirme en dos de tanto reírme con sus “interpretaciones” en la red ¡Y qué falta de ingenio! ¿cómo podía servirse de Youtube para colgar basura sin ser literalmente arrojada a los leones?. Decididamente este medio permitía todas las fanfarronadas del mundo mundial y no rechazaba jamás ocasión alguna para la diversión y la burla. Viralizar la estupidez se había convertido en un verdadero imponderable: oferta y demanda. Debería acordarse de ello más a menudo… En definitiva, era el  ideal de “mujer” para  los poemas de Cátulo. Una chica con carita agradable y común, cuerpo redondito y sin pecho, con dientes de tiburón viejo (la orina a pesar de ser barata como blanqueante le parecía extravagante y prosaica, demasiado romana para su selectivo gusto,  y a estas alturas de la película, podía permitirse esperar un poco más. Sus lagrimitas de cocodrilo lograrían una buena y blanqueadísima ortodoncia a coste cero. Sus lagrimitas eran muy poco falibles). Una chica bailando sin saber bailar, cantando sin saber cantar, interpretando sin saber, siquiera, qué era interpretar ¿cómo lo iba a saber? El único personaje que había interpretado toda su vida, con cierto éxito, era a sí misma…y como colofón el cosplay, regalado por novios complacientes, las más de las veces. Una cosplayer  afamada, en sueños claro. En sueños. Para alguien tan pragmático con las cosas “de comer” su mayor logro fue transformar la fantasía en ciencia exacta. Precio.

Había leído demasiadas novelas baratas. Y, sin duda, había recibido una “esmerada” educación, como su hermana. Centrada en la rigurosa  banalidad y riguroso decálogo de los que no han hecho nunca el menor esfuerzo, ni nada serio en la vida. Su madre era una buena mujer. De esas que suelen repetir a la saciedad que los hombres exitosos no tienen demasiados principios. Los principios son cosas de fracasados.

La videncia, la cartomancia y la “santería” podían ser, según la temporada, un refrigerio a tan candente situación familiar. La situación económica familiar no era muy desahogada. Dios siempre estaba presto a proveer a los hombres de fe o buena voluntad, pero sus mejores clientes no estaban dispuestos a aceptar un “precio” que no se ajustaba a las ancestrales tradiciones: la voluntad.

Naturalmente, y por desgracia, las personas desesperadas necesitan aferrarse a cualquier esperanza. En esa tesitura suelen agarrarse con convicción a las decisiones más equivocadas y disparatadas. No simplemente porque esas decisiones les empujan a las garras de astutos hijos o hijas de puta, sino porque al final se dan cuenta de la terrible e irremediable realidad: el vil engaño. La esquilmación  monetaria.

Tan pronto como estos infames personajes olían el dinero, de incautos y afligidos, comenzaban a sugerir las necesarias prorrogas para garantizar el  final exitoso de sus “trabajitos”.  La táctica y la técnica hacen al maestro. Y ellas, especialmente la madre, eran expertas en caminar sobre la cuerda floja y sobre brasas al rojo vivo de ser menester. Por otra parte, esta buena señora tenía un especial olfato para esquivar las situaciones verdaderamente críticas de su vida. Habría usado a sus hijas hasta donde hubiese sido conveniente. Hasta ese punto realmente destructivo del no retorno. Una de ella cobraba, no mucho, por polvo, paja o felación…Era una buena madre, efectivamente, y si no se ocupaba constantemente de ellas no habría valido la pena tenerlas. Y valió la pena…valió la pena. Milagros raros del pontificado de la vida.

A la marionetilla, la mejor alumna de la casa, le habían enseñado la manera más rápida, y aceptablemente decente, de vivir a costa de otros, a la sombra de otros, sin tener que venderse a precio fijo y a cara descubierta o doblar el espinazo. Normalmente, parasitando a hijos de buenas familias trabajadoras. Así, podía soñar con hacer carrera  artística, musical, interpretativa, o lo que fuese que  rondase en ese torbellino de estúpidas vanidades que tenía por cabeza. Carreras de fondo y de boquilla para afuera. Carreras para las que no necesitaba título alguno, faltaría más. Mientras  cualquier gilipollas le sufragase los gastos podía seguir creyéndose dotada para vivir del cuento. ¡Oh!, ¡Sí! Era su sueño: ¡tú eres mi todo! ¡pase lo que pase te amaré hasta el fin de los días! ¡regalitos de mi amorcín!. Su cuento, si algo era el él de turno era eso, su cuento.

Era realmente pasmoso  vislumbrar un espíritu tan completamente vacío, el de la Marionetilla en este caso. Miré  el desolador panorama agudizando cada sentido. Con una acuidad dolorosa pude entrever a ese pobre gilipollas de turno al que había engatusado para terminar chupándole hasta la última gota de sangre. Y para que su sueño fuese redondo, y contra todo lo esperado por cualquier espectador, le hacía falta una boda al más puro estilo Las Vegas y cuatro  barrigas. Los enanos correteando por la casa la convertirían en “abnegada” madre y ama de casa a tiempo completo, razón de peso para no trabajar fuera bajo rígidas normas, normas demasiado escritas y poco aptas para ella; y al tiempo, podría atar en corto al pobre desgraciado, muy, pero que muy, en corto.  y si las cosas fuesen mal dadas y pensando en el peor de los escenarios posibles, cuatro pensiones alimenticias y una compensatoria se estirarían lo suficiente para poder poner los pies en polvorosa. Un nuevo puesto o caladero.

Mas, a pesar de todo, vivía  siempre con el terror de despertarse “arruinada”, abrir los ojos una buena mañana y no tener a un tío al lado. ¡Si no pedía tanto! ¡Un gilipollas sin más!. Sin que sucediera nada entre ellos se contentaría con tenerlo al alcance de la mano. Esperando el momento oportuno  para  democratizar su cartera, eso sí, con la mano en el corazón. Siempre en el corazón y para toda la vida. Para toda la vida pero no en la pobreza, ¡qué vulgaridad!.

En esa atmosfera de fantasía, y antes de su actuación estelar, tuve la desgracia de verla. Trataba de encandilar con su “incomparable” oratoria a unos y otros. Ni tenía conversación ni decía nada digno de ser recordado, pero hablaba. Hablaba y hablaba. Entonces, en un pequeño lapsus en el que dejó descansar la lengua y mantuvo la boca cerrada, se produjo una pequeña luminosidad en su mirada. Un destello curioso y extraño. Pestañeaba mucho, las lentillas violetas pesaban tanto que daban la impresión de estar pegadas a sus ojos, que jamás saldrían de ahí. Sus facciones, suaves al principio, se iban definiendo hasta dibujar un círculo orondo y lunar que la afeaba terriblemente. Tenía el rostro abotargado y  peguntoso. El maquillaje también era pesado y denso. Bajo la peluca se veían  mechones de pelo teñido una y otra vez. Crisol decolorado. Color indefinido y estropajoso, lo que daba a la piel un aspecto más ajado. Toda su faz aparecía más extraviada y tragicómica conforme el crono avanzaba. Y por fin cantó la gorda, que dicen en el Bel Canto. Y Cantó. Cantó… Frente a un espectáculo semejante uno no sabía qué hacer. Le ponía tanto “sentimiento” y “ardor” que el desconcertado público no sabía si bajar el pulgar para echarla a las felinas fieras o indultarla por el inestimable y ansiado descanso para sus maltratados oídos. El indulto, realmente, sólo podía complacer, temporalmente, a sus “amorcines de turno”. Tan  dichoso acontecimiento auguraba una estupenda escena de cama. Esa clase de apasionamiento jadeante, salvaje y torrencial que incendiaba el bajo vientre de los hombres al albur de una simple expectativa. Expectativa  que encendía un fatuo fuego durante toda una noche. Oirla y verla “interpretar”, para él solito y a puerta cerrada, Saigo no yakusoku era un verdadero maltrago, pero la tortura era tolerable si el cameo merecía la pena. Luego, como colofón, cancioncilla al oído. Vuelta de tuerca. Tortura nueva. Sudor. Aire. Agua. Tabaco. Alarma de incendio…o lo que fuera. Pobre hombre.

Ya en sus respectivas  casas, la de Ella y su Marionetilla, los  viejos carteles de bandas metaleras constituían las únicas pruebas de existencia de su “radical devoción” por los músicos. Si se tenía en cuenta el número de conciertos de heavy metal de la provincia, en todas sus variantes y durante cuatro o cinco años, se podía calcular, con escasísimo  margen de error, la cantidad de expediciones de tan promiscuas “exploradoras”. No hacían falta elaborados algoritmos para ello. Luego, al repertorio se añadió el evento friki. Por suerte, o desgracia, estos eventos eran menos frecuentes.

De este modo, tan repugnante, y sin rumbo fijo, anduvieron durante mucho tiempo, en un intenso periplo experimental. El número de buenos trofeos era amplio: cinco músicos “guapitos y de familla” para la Marionetilla y para Ella los “loros” que  les acompañaban. Tratándose de Ella, hasta los loros resultaban bellos e inteligentes ejemplares parecidos a bonobos.
No era fácil encontrar las palabras requeridas para describir sus andanzas. La ciudad estaba llena de buenos chicos malos, pero estas retrasadas confundían el sexo y el amor, se sometían al primero sin llegar a descubrir el segundo. Su ridícula y pueril  jactancia  y sus actuaciones  tragicómicas se veían satisfechas con unos cuantos trofeíllos y un que otro aplauso, falso, siempre falso. Después de todo, era lo que ellas mismas hacían, simular  devoción y admiración a muchos grupos de metal, por puro esnobismo o por puro interés. Para el caso es lo mismo.

En suma, era fácil imaginar, en el sentido más amplio, incluso el figurado, la dilatada y extensa recolección de espermatozoides de un periodo tan inflacionista. Sin embargo, estos espermatozoides gruñían de un modo que se les antojaba agresivo. Golpeaban, a ritmo de la brutal música, las paredes de caucho, superponiéndose a otros hedores salvajes. Sólo les faltaba garras y colmillos para representar su propia y total némesis. Con tan poquito pertrecho, conejitos juguetones multiusos, no se podía retener o entrenar a las recluidas bestias que pugnaban por salir al exterior. En tan resbaladizo y caótico entorno por “territorio”, las dudas iban cuajando, a modo de espuma tóxica, en su retorcida sesera. Mommie Dearest. Joan Crawford frente al cruel espejo de la realidad.

Tenían que pensar en ir saliendo de un ambiente en el que no tenían cabida. De tan vistas y conocidas, habían quemado todos sus cartuchos y estratagemas.

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2 comentarios
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