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Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (II).

julio 6, 2015

Un cuento de pan y pimiento de brujas malas y otros esperpentos (II).

Toulouse-Lautrec_putas

Cada día, ella, inventaba pretextos para obtener el beneplácito de los demás: cine, playa, parque temático, barbacoas, compras…evidentemente, esta fiebre tenía un precio pagar, muchas cuentas, a cambio de “afecto incondicional”, eso la convertía en la pagafantas del grupo, y ponía al descubierto el componente primordial de su personalidad: baja autoestima. Baja autoestima camuflada por una rosa nebulosa de ficciones. Algunas de ellas bastante insólitas. Ficciones importadas. Ficciones kawai. “Ficciones low-cost” a precio variable. Ficciones… Like a todas ellas.

Puede que el ser humano no sea como quiere ser sino como le dejan ser. Sin embargo, elegir representar un rol trivial y banal no requiere esfuerzo ni lucha; el medio no ejerce “represión” alguna con quien nada se cuestiona. En ese limbo, se estará muy cómodo, posiblemente, pero ese estado de inopia aniquila lo que nos hace, auténticamente, humanos, la conciencia. Vivir como un gato humanizado no es vivir, es vegetar, es lo completamente absurdo del más fútil despropósito vital. Los argumentos de bestseller basura formaban parte de su puesta en escena. Se empapaba de los hitos de Friki Love, Sex Code, Vanity Dust, Crepúsculo, Fifty Shades of Grey, Tres metros sobre el cielo…Estas lecciones recibidas en “dialecto” beckettiano” (a lo Gogo y Didi, que hablan para no decir nada y esperan sin saber qué es lo que esperan) sustituían al propio pensamiento y lenguaje, que yo supongo que era, pese a todo, formal en su ruido de fondo, pero muy, muy de fondo. Era bochornoso observar como encadenaba frases para apoyar una idea, evidentemente no propia, y a la menor fricción con un argumento distinto y de signo contrario, por estúpido que fuese, se desinflaba. Me pregunto si alguno de sus pensamientos estará maduro en alguna forma o cariz. Maduro para alcanzar la profundidad suficiente antes de brotar al exterior y enfrentar alguna mundana y tozuda realidad.

Miro al vacío y suspiro. Todo está inmóvil. Me inclino sobre el papel reciclado, hay un rastro de sus otras vidas en cada átomo. Su olor está impregnado de exudados de cola blanca, de tinta vieja y cartón húmedo. Poco a poco florecen las palabras y percibo como se impregnan de esas partículas olorosas. Pienso y escribo. Al contrario de lo que yo había querido creer, por una fracción de segundo, la futilidad y la inmadurez no estaban exentas de agresividad. La aplastante realidad se impone siempre: los animales no se cuestionan, en términos morales o éticos, como el ser humano, sus actos. Alimentarse, aparearse o defenderse es algo instintivo; sin embargo no hay “maldad” en sus acciones . Instinto. El ser humano si puede transformar los instintos. Puede transformar la agresividad en maldad. Y ella, ponía al servicio de su causa una suerte de maldad premeditada y alevosa, en realidad, la suya y la de su Márgola de cabecera y muñecos. Maldad regurgitada hasta la más espesa y ocre bilis, con su característico color y pestilencia. Me costaba asimilarlo. Tenía la impresión de que hasta la bajeza moral tenía sus umbrales en una sociedad civilizada. Craso error por mi parte. Me costaba digerir el hecho de que los valores y principios universales se integraran en la vida por distintas vías, e incluso, que estuviesen totalmente ausentes. La vida cotidiana fábrica infinitas realidades humanas y el ser humano fábrica distintas formas de enfrentarlas. Esto marca la diferencia entre unos y otros. Escepticismo. Y no quiero acostumbrarme al escepticismo nihilista. No quiero abonar mi alma con la fetidez del fango pútrido. No quiero enturbiar mi espíritu con la onda, expansiva, de una maldad inextricable, una maldad monologada, en off, por el delirio y el resentimiento de una rastrera Márgola.

Noche. Cena. Celebración. Ahí estaba ella, este esperpéntico ser, en el mismo espacio que yo. Un error del azar, sin duda. Un error pestilente como un enorme charco de orín y mierda en el camino de alguien que va descalzo. Cerraba los ojos con rapidez. Las circle lenses coreanas comenzaban a resecarle los ojos con sus 15.0 mm de Polyphema. La escasísima esclerótica que quedaba al descubierto comenzaba a rojear y brillar como si tuviera tiroides (Flashback de Walking Dead en mis retinas). Las pestañas postizas se le despegaban por los extremos dándole una apariencia de bicho espantado. Hasta su mejor y más ensayada pose Sailor Moon se descomponía con gran celeridad. Realmente parecía un anime, pero un anime desgarbado, feo y repulsivo a rabiar. Una réplica, exclusivamente, anatómica y fisionómica, de Emporio Ivankov, con una boca enorme y repintada de un rojo tan chillón que dolían los ojos. No obstante, movida por instintos viscerales, se acercó a observarme con el sigilo de las viejas “fieras okamas” de la isla Momoiro. Su dollypeinado, rubio natural de bote ColorcreMemi 6.43, era aún más ridículo que su “máscara facial”. Algo bastante meritorio por otra parte, pues superar eso era titánica labor, pero claro, una rubia de nacimiento, como osaba declarar, puede permitirse el peinado más “creativo” de cualquier idol coreana después de raparse el pubis para evitar incoherencias visuales, aunque, de momento, olvidaba las cejas. Copia. Copia patética. CutCopyMode.

Un gesto de asco por mi parte. Levanté la ceja izquierda, entrecerré los ojos levemente llevando el iris al borde, también izquierdo, y los labios dibujaron la mueca de la oronda repugnancia; luego me limité a ignorarla por completo pese sus intentos de llamar la atención. la ignoré pensando en mí, por supuestísimamente. No iba a permitir que este absurdo y malicioso ser y sus excrecencias enturbiasen un feliz momento de mi vida. Pese a todo, y con una buenísima vista periférica, capté todos los detalles de la “incalificable” impronta: Fealdad. fealdad por dentro y por fuera. Fealdad que ninguna Reborn Slag-Slug Production puede “maquillar” y “vender” a personas medianamente inteligentes o con sentido ético y estético.

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