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Agujas de cristal. Nuevo fragmento. 

marzo 8, 2015

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Agujas de cristal. Nuevo fragmento.

Trischo Nímedes.

Para quienes le conocen, su bosquejo no necesita introducción. Para los demás, comenzaré diciendo que hacía mucho tiempo que buscaba un pretexto para ponerlo bajo el microscopio de mis noches en blanco.

Su personalidad era el resultado de un cúmulo de factores, bastante alejados de sus recientes dolores biliares. Su infancia, en una tierra mísera y árida, había ido secando su alma, poco a poco, como una algarroba tendida al sol: deshidratándose, mermando, endureciéndose… Tal vicisitud o designio logró ensartar sus emociones, ahora absolutamente momificadas, en esas cañas pajizas de las que penden chorizos y morcillas para su oreo y curación. Ahí quedaron, olvidadas.

No había tenido una existencia holgada aunque su familia había vivido buenos tiempos a sotavento de una abuela de posibles; una mujer impía y dura como el mismísimo granito o pedernal del terruño.
Todo se termina marchitando en una tierra en la que no merece la pena poner la vida. Eso lo aprendió ya de chico, cuando la inquina y la ocasión se juntaron a despachar viejas cuitas a su costa. Convivir con ciertos vecinos, después de décadas de duro agravio y sometimiento, era cuanto menos un traicionero menester.

Su familia era una piña ante las habladurías y el rencor. A él no le quedaban arrestos para plantar cara a esos comadreos lacerantes que se iban alzando en densidad y volumen en cuanto les daba la espalda, antes, incluso, de que pudiera alcanzar la esquina más próxima a modo de refugio. La hora de rendir cuentas le había pillado demasiado pronto y con el paso cambiado.

Ya, de poco le servía recolectar trufas escarbando bajo las milenarias encinas, hozando con sus propias manos entre la podredumbre superficial y la tierra prieta, hasta llegar a acariciar el aromático manjar. Ya, no podía contar con la destreza de jóvenes peones, ni con la habilidad de sus dedos sarmentosos, no podía contar con ese sexto sentido del hambriento tan parecido a un ávido y avezado hocico. La tierra bajo las uñas, o adherida a cada poro de la piel, era la bíblica cruz del destripaterrones. Él no lo era. Nunca lo sería, ni por él ni por nadie.
Coger los mejores madroños para hacer finísimos licores tampoco le resultaba en absoluto gratificante. La admiración y regocijo, real o escenificado, que, en mejores tiempos, produjera verle aparecer con la tosca espuerta de esparto repleta de fruta y bayas, con su perfume dulzón y su caliente cromatismo de rojos y anaranjados, había menguado hasta el dramático punto de la inexistencia.

Así, con la dignidad un tanto maltrecha y bastante resentimiento acumulado, llegó a su nuevo horizonte de promisión. Nadie en su familia se apercibió, todos estaban demasiado ocupados en sus asuntos, pero con el último paseo de Trischo, sobre la tierra que le vio nacer, desapareció el ínfimo resquicio de humanidad que quedaba en su corazón. Su corazón había sido aniquilado. El equilibrio, la lógica y el carácter rellenaron los huecos.

Todo iría bien, era un joven de recursos. Comenzó a hacer amigos con bastante facilidad, dominando sobradamente la situación. El arte de la retórica y verborrea, legado de los jesuitas, le ofreció el mejor medio y cauce para sus nuevos propósitos, por algo una buena educación abre las puertas más estancas cuando no intermedia el dinero para dinamitarlas con su magia.
Ni que decir tiene que el dinero no le perseguía, como le hubiera gustado, mas apuntaba maneras para poder conseguirlo. Reunía las características necesarias para  pretender un trabajo en el que no hubiera que ensuciarse las manos; acopiaba condiciones para aspirar a ser un excelente chupatintas o un diestrísimo leguleyo. Su afán inclinaría la balanza. El tiempo no tardaría en recolocarlo en el mejor escenario posible.

A los 23 años ya había convertido su expediente académico, y su artística vocación, en el señuelo ideal para pescar “algo” a la altura de su ambición. En sus despiertos sueños había pergeñado un paraíso colmado de mujeres singulares y firmes oportunidades: el azar puso a su alcance el “medio perfecto” para lograr una vida más que cómoda. A ello se unió la satisfacción y alegría que la fiebre bohemia, a la que pronto se entregó sin reservas, le proporcionaba. Cayó rendido, encandilado, enamorado completamente. La bohemia le permitía dar rienda suelta a sus ángeles y demonios. Le permitía ser él sin que los demás supieran quién era.

Sus padres temían que una pasión tan poco lucrativa pudiera desviarlo del camino recto. Eso lo ponía furioso. Su furia tomó, para siempre, la forma de verbales saetas que lograban zaherir, torturar, manipular, someter…
Él, mejor que nadie, era consciente de la importancia de una profesión de provecho frente a otra de incertidumbre y riesgo. Su reto personal pasó por lograr el perfecto equilibrio entre ambas. Un paso en falso y todo se desvanecería. Sus únicos asideros, fiables, para evitar el fatídico error eran los símbolos del éxito. Nunca se alejó de ellos un ápice. Las listas de pros y contras se amontonaban en su mesa de estudio. Ante cualquier duda o peligro florecían una o mil listas…

En los años de carrera cierta familla y popularidad le había ido envalentonando, la confianza en sí mismo le confería un aura “beatífica” y las mujeres empezaban a preferir su compañía y pagar sus copas.
El vértigo arribista era como una borrachera de aguardiente: fuego en las entrañas y frío en el cerebro. Soñaba, soñaba cada día, con una vida opulenta e intrépida, nada rutinaria. Una vida, evidentemente, prediseñada con sus reglas. Y estaba a dos pasos de alcanzarla.

Algo que engañaba a todos esos amigos y amigas, que no le conocían bien, la gran mayoría por no decir todos, era su discurso sobre la belleza de la mujer. Recurría al símil pictórico, frecuentemente, y hallaba en él sutiles subterfugios. Tenía más que habilidad para esconderse detrás de la belleza femenina, no del ideal o del concepto, sino de la física y la química de la carne. Pero eso no se adivinaba nada extraño entre tanto verbal ornato. En apariencia, no había más que lícita admiración y alegría sincera. Convirtió la belleza femenina en tema fetiche y recurrente en sus conversaciones existenciales de “entreclases´´ y baretos. Ahí encontró el velo apropiado para ocultar la enorme misoginia que carcomía el tuétano de cada uno de sus huesos. Misoginia que, más pronto que tarde, terminaba saliendo a flote en cualquiera de sus relaciones pasionales con visos de durar cuarenta días y cuarenta noches..
.
Era posesivo y controlador y tierno como un niño pequeño. Tal paradoja era su mejor retrato. El retrato. Lo peor de un ser humano suavizado por la actitud de aparente indefensión de un niño.
Sus relaciones con las mujeres nunca fueron claras ni sinceras, pero él jamás admitiría la verdad ni al hombre del espejo. Conocía las consecuencias y repercusiones de algunas verdades. Las tripas de una familia rancia son el esqueleto de un clasismo secular e inamovible, así eran las tripas de esa sociedad a la que deseaba trepar.

Callar. Silenciar. Tomó esta consigna por bandera, y con una suerte de altanera indiferencia encontró en el canto a la belleza femenina la mejor forma de encubrir su verdadera naturaleza: la hizo pasar por una oda cristalina, la pasión y pulsión de un verdadero y sensible esteta. La máscara. Una de sus máscaras.

Con sus clubs al hombro cruzó los años de facultad hacia el horizonte de la joven madurez. En aquél tramo ya muerto encontró la prueba irrefutable de que se pueden alcanzar los objetivos. El braguetazo.

La linda muchacha que iba a acompañarlo “el resto del camino” era lo único auténtico de aquella pasada y ficticia arquitectura. De aquél puente quemado. Ella lo quería, lo quería vestida de fiesta o sin ropa, lo quería en el cuerpo de mujer lasciva y carnal o en la nueva envoltura de ama de casa y madre.
Lo quería en la oscuridad de los pasillos universitarios y en el estudio de aquella casa estupenda que tendría que poblar, sola, de sentimientos. El destino siempre se toma sus vísperas para cerrar el calendario… […]

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From → Relatos

3 comentarios
  1. Emiliano permalink

    Gracias una vez mas.
    Como siempre, es un placer leerte.

    • Gracias Emiliano. Bsos

    • Gracias y besos.

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