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Agujas de cristal (Continuación)

febrero 7, 2015

1s

Fragmento de Agujas de cristal (Continuación).

Los disparos almibarados son los más certeros. Apuntalados concienzudamente sobre argumentos capaces de soportar la gravedad del mundo; rumiados y escupidos, sin retroceso alguno, por el arma más ligera y eficiente del universo. No necesitan aprobación, ni siquiera aquiescencia, simplemente la perplejidad más vasta. Palabras, palabras dosificadas, medidas y pesadas.
Bala y objetivo no se desvían un ápice de tan aséptico y estrecho cerco. No es necesario corregir nada, calibrar nada, limpiar nada y sin embargo no todo sale, siempre, según lo previsto.
Sin hilillos y manchas visibles de sangre la espera se convierte en un instinto irrefrenable del francotirador, una pulsión tan desconcertante como el hedor de la carne muerta.
Él espera, espera lágrimas desgarradoras o gritos desgarrados, espera lastimeros o resentidos argumentos, espera asfixiantes preguntas o silencios. Espera, tensa espera.
Un disparo así no hay manera de pararlo. Sus efectos hunden el alma en la nada sin ensuciar el cielo; lo puedes sentir en la nuca y el nacimiento de la espalda, estremecidas, al unísono, pero va dirigido al alma. Es difícil de creer al principio, muy difícil, pero con el espacio ganado al tiempo esta mundanidad se transforma en un simple método que no resulta ajeno a la naturaleza humana. Nunca se vislumbra, con claridad, la intencionalidad del hecho. Nunca se percibe la necesidad de estar alerta cuando amas. Si estás en guardia no se entrega nada que valga. ¿Calcular matemáticamente la magia? La realidad pisotea bruscamente cualquier cálculo interno, cualquier certitud, cualquier sueño de la razón o no muy lejos de ella…

Sill era un chico bastante exigente, tanto como su padre, de quien heredó algunas pasiones y su particular visión del mundo.
En circunstancias puntuales su mente se rebelaba bloqueando su cuerpo tal y como se bloquea un coche con el gripaje del motor. El cotidiano perfeccionismo mostraba huecos intersticiales por los que se filtraba una indeseada emocionalidad que, a su vez, dejaba rastros aceitosos en su suelo. Precisamente en aquellos momentos se desmoronaba hacia adentro, una voladura controlada, como sucedía con los edificios degradados o viejos. Sus vigas y pilares cedían de una forma ordenada. Condenadamente ordenada. Una nube de finísimo polvo y argamasa, propia, se alzaba y se pegaba a su pelo llegando a asustarlo de verdad. Alzaba los brazos, sin curvarlos, en señal de raquítico aviso. Parecía entonces conmovedoramente vulnerable. Deshuesado y hecho un ovillo se permitía hablar de sus más íntimas vivencias, esas que había ido acumulando y soterrando a lo largo de toda su existencia, con el clarísimo y único propósito de alejar de él sufrimiento, cualquier sufrimiento que amenazara o comprometiera su estabilidad estructural. Pocas cosas, a primera vista, tenían la capacidad de atormentarle o desequilibrarle, no obstante flaqueaba, tímidamente y de forma muy simbólica pero flaqueaba. Tras ese pequeño lapsus temporal, el brutal ostracismo y la recomposición. Los muros de su castillo, o prisión, permanecían en píe, los daños se reducían a pequeñas grietas superficiales y tensionales que únicamente producían ruiditos ahogados similares a los de asentamiento de una obra nueva. Su planificación del futuro permanecía bien cohesionada. Lo cierto es que coordinaba muy bien los límites de cada tempo y composición, un error de cálculo podría tener, según su percepción, consecuencias nefastas y no podía permitirse sacrificar ninguna de las aspiraciones ligadas a su individual destino.
Los arquitectos recurren a los mejores calculistas de estructuras cuando un programa informático se les queda pequeño. Sill tenía a su lado a un excelente calculista, quizá dos.
Después de cada nimio lapsus comprobaba y valoraba los daños autoinfligidos o los hipotéticos o previsibles daños que otros podrían causarle por haber bajado la guardia. Nunca dejaba rastros. Era meticuloso y precavido. Mas su precaución maníaca rebosaba y dejaba pequeñas pistas al descubierto. Las únicas que permitían esbozar un retrato abstracto del curioso personaje, un bosquejo bidimensional que ayudaba a saber quién era en realidad Sill Frits Host.

Posiblemente Sill conocía de memoria sus debilidades y las había allanado con no poco y duro aprendizaje, por ello raramente lloraba. Su espíritu se autorizaba tal licencia cuando sabía, o imaginaba, sus metas amenazadas. De sentir eso acudía a las maduras voces que cultivaban, entre delicadísimos algodones, sus anhelos y los propios, eran la misma cosa, sin decaer. Ahí hallaba el vocabulario y el discurso acostumbrado. El mismo discurso que le prohibía divulgar sus sentimientos, su voluntad emocional. Había configurado de tal forma esa parte de su ser que podía convencer a los demás, y lo hacía, con espectaculares deformaciones dalinianas. La práctica hace al maestro.
Para el muchacho la liberación de los instintos representaba una verdadera bendición, por ello castraba automáticamente el menor atisbo de los mismos. Para cualquiera tener la obligación de actuar así habría representado una tragedia griega. Para Sill era cuestión de simple utilitarismo, sacramental y necesario utilitarismo. Un estandarte para un cruzado de su propia causa, o eso creía él.

Cuando alguno de los resortes, magistralmente escondidos, se rompía en el acerado blindaje de Sill, él mismo, y sin ayuda de espejo, podía entrever su propio envoltorio. Se miraba en el escuálido reflejo y acariciaba los tatuajes que él mismo había diseñado. Penetraba en ellos como se penetra en una cripta de antepasados. Apretaba los dientes y su hígado se contraía, le zumbaban los oídos y sus pupilas se dilataban a modo de enorme ventana sobre un pozo carbonífero. Se aferraba con fuerza y decisión a los travesaños de las ascendentes escaleras como un hábil y gimnástico trapecista. Abajo reinaban los demonios y los vapores de la tentación. La tentación se extirpa trepanando el hueso. Luego luchaba denodadamente. Luchaba contra los sentidos y lo transitorio sin apercibirse de que sólo lo transitorio dura lo suficiente en la vida del hombre.
Decidido a obrar con una sensatez impropia de su edad salvaguardaba las enseñanzas que le habían sido legadas, junto con los genes, y que le prometían la gloria. La justa y merecida gloria.

El cielo inabarcable, el cronómetro, el tiempo transcurrido, el tiempo a rebasar, el tiempo inalcanzable… Una fuga está llena de cifras: kilómetros y tiempo. También está repleta de hoyos y confusión. Un juego que no permite ensayos si la libertad es la meta. Cada paso es una transformación invisible que atraviesa, naturalmente, el cuerpo entero. Sube desde cada pequeña terminación nerviosa de los pies, hace una parada en la boca del estómago, rebota en el corazón y desde ahí trepa hasta el cerebro. Luego la marea la hace bajar por la espina dorsal y la lleva a cada minúscula célula o partícula corporal. Marea baja y marea alta se van alternando durante una larga etapa de la huida, ese lugar en ninguna parte. Como si en ese lugar se pudiera encontrar consuelo.

Los viejos calendarios, con cada uno de sus cuadrados tachados, están repletos de mar de fondo. Un ruido que los marineros conocen como a las propias callosidades de sus apergaminadas manos. Un sonido reiterativo y plateado que se pega a las orillas costeras o al techo de una habitación. A cincuenta millas mar adentro, en un día borrascoso, las ilusiones ópticas son habituales; en la mente del que huye también.
Un calendario nuevo te aleja más de cien millas del puerto más cercano o de los acantilados más altos y de sus faros. Miras sus páginas con el respeto del marino que ha sobrevivido a un gran naufragio dejándose arrastrar a favor de la corriente. Ese hombre ha guardado en sus retinas todos los matices de un horizonte que va emigrando, extrañamente, hasta desaparecer por completo: limpio de espuma, limpio de color y olor y fronteras inevitables. No cabe duda, resulta extraño saber, con alguna certeza, qué hizo y qué dejó de hacer, incluso si recuerda haber luchado conservando siempre la esperanza; hay momentos para luchar contra lo que nos ocurre y momentos para aceptar lo que nos ocurre. Saber diferenciar es tan difícil… Es evidente que cuando la sal, el frío y la oscuridad te muerden la carne y el seso, como si no hubieras hecho absolutamente nada por sobrevivir, abandonarse a favor de la corriente, respondiendo a un arcaico instinto, puede salvarte la vida.

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