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Fragmento de Agujas de cristal

febrero 4, 2015

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Fragmento de Agujas de cristal (uno de mis relatos largos)

Retuerce su corazón bajo el grifo de los nocturnos recuerdos y no sale nada. Las vacilantes imágenes que se mueven en su cabeza no sacuden el vital órgano, bien podría ser un trozo de carne que se extrae y recoloca de nuevo en un intervalo indefinido de tiempo.
La sangre se había convertido en granizo. El cambio se había gestado durante aquella última tormenta de verano. El rojo fluido había cristalizado consolidando una estructura cohesionada y estanca. No mejoraba su comprensión de lo perdido o dejado atrás pero conformaba, de hecho, una nueva situación en su masa física y psíquica.
El hielo tiene feroces fauces, hace evolucionar un cuerpo hacia el ululante punto donde la muerte deja de ser un simulacro para convertirse en una siberiana condena. Un principio fuera de la aplastante y fastidiosa realidad.
Con la ayuda de algún exceso permitido, un guiño a la oscuridad, las preocupaciones parecen relajarse y con ellas cada músculo facial, cada vértebra, cada prolongación nerviosa.
El paso monótono de los meses termina por modificar las desviaciones posturales de un cuerpo lesionado y, sin duda, los invisibles mecanismos de una psique paralizada. El proceso transformador es lento y encarnizado. Todos los monstruos incubados mantienen su capacidad de hibernar. No importa el cómo. No importa la cantidad de veneno y ponzoña que posean, el más pequeño rasguño representa la muerte irremisible de un trozo de endotelio. Da igual, sí da igual, el infierno no es el mismo sin la compañía de enemigos a medida.
Para vislumbrar la propia identidad hay que luchar con todas esas entidades fantasmagóricas camufladas en un milímetro, quizá decímetro, del alma agujereada. Identidad, la fisonomía de una búsqueda obstinada que ilustra una decisión incendiaria, tórrida, imprevisible como las llamas aventadas de una implosión estelar.
Los glaciares salobres, a modo de finísimo cristal, forman parte de los ojos, y de vez en cuando brillan alargando las vertiginosas sombras que reinan bajo bombillas impolutas. Las paredes del insomnio refractan cada minúsculo corpúsculo de luz. Hacen reverberar cada sonido, familiar o desconocido, el silencio no logra taponar las voces y ecos que se filtran por cada microscópico agujero del pensamiento, al contrario, esa horda caníbal y agresiva golpea el cráneo, desde el abigarrado centro, de una forma organizada y laboriosa. Si logran atravesar, de algún modo, la ósea barrera de contención invitan a bordear el larguísimo, funesto y escarpado abismo del que, en alguna forma, se huía o escapaba.
La absoluta soledad es una forma de exilio. Una inextricable fortaleza de arquitectura extraña, bastante imperfecta por otra parte. No replica nada, no responde a ningún patrón claro. Sus cimientos son siempre nebulosos, contrahechos, refractarios, jaspeados por fluidos ácidos y corrosivos, más o menos, reabsorbidos por una maraña, incierta, de cicatrices y remiendos orgánicos.

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From → Relatos

2 comentarios
  1. Qué belleza, gracias. Bsos.

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