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Treinta metros cuadrados para enterrar la tierra prometida

octubre 21, 2014

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Treinta metros cuadrados para enterrar la tierra prometida

Seguí sus pasos con una mirada expectante como quien hace preguntas y las respuestas te remiten a un predicado hecho pregunta. La melancolía goteaba sobre el suelo de aquel bareto, ni siquiera café, un bareto de aspecto ruinoso. Contra la pared, bolsas de basura llenas de pan. Algunas moscas planeando como Ícaro cerca de las luces azuladas. El humo reconcentrado de los cigarrillos se vaporizaba al contacto con el alcohol barato como una reacción química espontánea.
Parecíamos dos extraños sobre un planeta aún más extraño. Tenía la impresión de estar en una estación de metro, carteles llamativos para no perderse en treinta metros cuadrados. Vagones, compartimentados, atestados de gente que huele a humo y sudor. Unos con rostros indescifrables, otros con las facciones y gestos de párvulos a la hora del recreo.
Me preguntaba si él existía realmente, si existió alguna vez. Me daba miedo responderme, me iba viendo desvanecerme de su vida bordeando las oscuras ciénagas de lo enterrado. Era su forma de ahorrarse los discursos y emociones, incontroladas o incontrolables, de las despedidas. Qué valor tienen las imágenes cuando las tienes verdaderamente en cuenta.
Caminamos un rato sin rozarnos, sin vernos, tenía que recoger mi bolso y a medida que nos acercábamos a su casa el aire se volvía más y más denso. ¿Para qué, para qué, para qué? ¿acaso necesitaba tanto el bolso? Un frasco de perfume, unos pañuelos de papel, el monedero y la documentación. Sí, necesitaba la documentación. Para lograr esos papeles tenia que contemplar de nuevo su habitación. Me parecía tener que cumplir la voluntad del demonio como si fuera la propia, echar un vistazo al infierno. Tenía que volver a mirar aquél penacho de papel que siempre había pronosticado lo que sucedería. Tenía que volver a mirar entre los colgantes cadáveres vivos; quizá el más vivo de todos, el que reinaba en la cabecera de su cama, como el Cristo del que tanto renegaba: su primer amor, una chica de buena familia y costumbres laxas. Un cadáver que volvía a emerger con fuerza inusitada. Tengo que reconocer, por más que duela, que el cambio de actitud conmigo era tan llamativo como práctico. No más besos, no mas palabras alentadoras, no más abrazos, no más nada. La respetuosa nada tomó el lugar del corazón. Me iba, salía para siempre de su vida, le pedí un último favor, tal vez este que no se parecía en nada a una promesa hecha de motu propio, sería satisfecho. Le solicité que no se quedara mirando, así le sería más fácil mentir, la última gran mentira, aunque lo que la situación requería era callar. Silencio. Un silencio distinguido y con clase, mucha clase. Asintió. Fue el último gesto grabado en mis retinas. A quien ha visto, una cara, una expresión, como aquella, ya no le importa nada…

Eva Registered & Protected
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2 comentarios
  1. Andres Campos permalink

    Espero un día poder escribir a tu nivel. Eres espectacular Eva. Felicidades por tu blog. Siempre recordada como la cálida primavera de mi frío otoño.

    • Andrés, me considero una aprendiz de juntapalabras, pero me alegra saber que de alguna forma te toco el alma.
      Lograrás escribir tal y como te propongas. Bsos

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