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Al otro extremo del cielo

octubre 16, 2014

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Al otro extremo del cielo

Aquél año había sido interminable. Todo cuanto estaba ocurriendo había sido antes calculado, no por miedo a lo imprevisto, más bien para medirme y medir ese mundo compuesto por seres susceptibles de ser sobornados. Me había dado cuenta, no sin inquietud, de los riesgos a asumir y de las inquinas encarnizadas que serían alimentadas artificialmente por prejuicios y sentidos de pertenencia. Esta clase de proyectos, en plan kamikaze, suelen ser una locura; arriesgar más de lo necesario por una idea o por gente totalmente desconocida siempre es una gran locura. La decisión estaba tomada.
Su opinión me parecía importante. Pero la decisión estaba tomada. No pretendía analizar sus respuestas o sus comportamientos. Pero analicé todo. Su voz sonaba con una entonación desconcertante. Era descorazonadora. Gritaba con satén: elige tener, ser es una mera cuestión de trámite querida. Pensé: ¿pueden estropearse las flores del bien y del mal? Pueden. Ahora lo sé. Habría roto mil lanzas en su nombre. Me habría jugado la vida en la más encarnizada batalla. Ahora me parecía tan ridículo. Un castigo por compartir un ataúd que no era el mío. Hubiera querido tener menos sentido estratégico y más pragmatismo, ignorar todas aquellas cosas indispensables para moverse, minimizando riesgos, en el tablero de la vida y pertrecharme con aquellas mentiras perfectamente intercambiables en el juego del póquer. No sé jugar al póquer. Todos me creían ambiciosa, se equivocaban. Detestaba toda esa hipocresía rimbombante y todas esas cosas que te hacen gozar de popularidad. Aprendiz de juntapalabras sin ego, qué pecado tan torpe. Sin embargo me fortalecía ese algo que ya había matado en la sangre: lo fútil, lo inútil, lo instrumental ya no requería ningún esfuerzo, de mi parte, para ser apartado o hecho añicos. No es que me sintiera más fuerte, pero lo era. El sufrimiento te impone unas condecoraciones austeras, verdaderas y dolorosas. No son como esas palmaditas en la espalda que tanto agradecen algunos jóvenes y no tan jóvenes. Tal vez porque ellos se toman el ego demasiado en serio y construyen castillos horripilantes que al cabo de unos pocos años darían asco al asco y miedo al miedo; y no obstante necesitaban su dosis de necios aplaudidores y plañideras: esos personajillos que por un minuto de gloria son capaces de transformar la más sonada derrota en un, pírrico, triunfo; rositas de pitiminí.
Qué curioso, si me obligaran a decir lo que pienso tendría que salir corriendo por advenediza. Por el momento, el polígrafo y los sueros de la verdad, aún, no están popularizados ni los pasa la Seguridad Social. De lo contrario, en algún lugar del infierno habrían redoblado los tambores, con solemnidad marcial, ante mi sentencia de muerte: mea culpa, mea maxima culpa. Si tengo los ojos abiertos es que aún estoy vivita y coleando. ¿Acaso esperaban de mí una actitud hipócrita para mayor gloria de ofendidos? Prefiero contemplar su asombro e indignación y seguir bailando bajo la lluvia o procurando dar soltura a unas manos y pies que parecen autos sacramentales cuando en mi habitación suena Led Zeppelin.

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From → Prosa

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