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Fragmento de “Frente al Pacífico”, Montserrat Sanz Yagüe

junio 20, 2014

Der Führer mit Dr. Goebbels und dessen Töchterchen in Heiligendamm

Fragmento de “Frente al Pacífico”, Montserrat Sanz Yagüe

Cuenta un escritor brasileño amigo mío, Edweine Loureiro, que en una cena en la que le preguntó a un anciano japonés cómo pudo transformarse Japón tras la Guerra Mundial en una potencia económica, este le respondió ofreciéndole un tazón de arroz con una sonrisa. Mi amigo pensó que su interlocutor había optado por ignorar la pregunta, pero este, consciente de la perplejidad de su compañero de mesa, le ofreció una explicación de su metáfora. “Al término de la guerra, no teníamos arroz para comer”, le aclaró. “Entendimos que solo trabajando juntos e intensamente seríamos capaces de vencer al hambre y a la miseria. Así que nos convertimos nosotros mismos en arroz cocido: cuanto más pegados unos granos a otros, más fuertes nos hacíamos”. El arroz japonés constituye la alegoría perfecta para ilustrar las diferencias entre la naturaleza de este pueblo y la nuestra: mientras nuestro concepto de arroz de calidad incluye como condición indispensable el que sus granos estén sueltos, el arroz japonés es pegajoso. Cada grano, redondo y lleno de almidón, se encuentra pegado a otro, de manera que comer con palillos no supone ninguna dificultad; los granos nunca se caen y el tazón queda invariablemente limpio al final. El señor de la historia le hizo entender a mi amigo que los japoneses, ante una catástrofe de proporciones inimaginables, hicieron lo que mejor saben hacer: poner el bien común por encima del individual. El progreso se derivó de ello por sí solo, y en la repartición de los beneficios también entraron todos.

      El arte de anteponer el bien común al propio, tan bien visto, aceptado y predicado universalmente, no es sin embargo practicado con frecuencia en muchos lugares del mundo. ¿Es, pues, inalcanzable para seres que no posean una cualidad humana especial? ¿Cómo se implementa en actos concretos? La lección que recibimos con cierto desconcierto los occidentales que vivimos en Japón es que la cuestión carece de misterio, ya que no requiere de ningún  sacrificio heroico ni de ninguna capacidad sobrenatural. Hacer bien el trabajo  de uno, sin cuestionar ni eludir sus aspectos más ingratos, cualquiera que sea el oficio y la consideración social que reciba, es la única clave para pertenecer a ese arroz cocido colectivo y beneficiarse al mismo tiempo como individuo. (Montserrat Sanz Yagüe, Presentación del libro Frente al Pacífico, 2011)

 

El tema del texto:

La anteposición del bien común sobre el individual.
Es en realidad un enaltecimiento del bien común frente al bien individual; lo que nos muestra una intención claramente didáctico-moralizante de la autora, que va un paso más allá de la pura reflexión personal sobre el bien individual y el bien colectivo en el desarrollo del texto.

Resumen del texto:

Un escritor brasileño, Edweine Loureiro, cuenta que un japonés le explicó que para remontar y sobreponerse a la crisis , tras la Segunda Guerra Mundial, el pueblo japonés , su pueblo, hizo como los granos de arroz: “mantenerse unido” anteponiendo el “bien común” a los intereses personales. La autora reflexiona, de forma un tanto subjetiva, sobre la relevancia cultural en las sociedades y como esta actúa, en determinados momentos, especialmente los de necesidad, como argamasa de los pueblos.

Organización de las ideas y análisis crítico (lo hago en paralelo para poder contrastarlo con textos que iré añadiendo):

Dividiría el texto en tres partes:

a) La primera parte iría desde el comienzo hasta el final de la explicación completa de la metáfora del arroz, es decir hasta “cada grano, redondo y lleno de almidón……………..y el tazón queda invariablemente limpio”.
La autora parte de una historia anecdótica que contó un escritor amigo suyo para explicar la naturaleza, el carácter, la idiosincrasia y cultura del pueblo japonés. Para elaborar su tesis y juicio de valor : “la superioridad del bien común sobre el individual”. La argumentación sobre la que defiende su tesis es todo la narración alegórica y su opinión subjetiva sustentada en la forma generalizada en que una sociedad quiere o prefiere comer el arroz, suelto. El hilo conductor es una pregunta, que parecería a golpe de vista de historia: ¿Cómo pudo transformarse Japón tras la Guerra Mundial? .No es así . A la autora la alegoría y metáfora del arroz expuesta por el anciano japonés, una vez ampliada por ella, le permite ahondar en un aspecto que para ella diferencia claramente la naturaleza de dos sociedades, del pueblo nipón y el nuestro, sustentando en su “cultura”, especialmente, la condición causal sin la cual los pueblos no son grandes o pueden remontar las grandes catástrofes: “la unidad, la disolución del individuo en una sociedad cohesionada, un todo cohesionado en aras a un bien común X”. Tirando de la misma alegoría del arroz, ampliada por ella, para diferenciar, connotativamente y casi maniqueamente, la conducta de dos sociedades (granos pegados versus granos sueltos), introduce su primera tesis que se resumiría en: “el bien común es un bien superior al individual y por tanto un bien en sí mismo”. Podríamos trasladar, claramente, este paradigma a la visión kantiana del mundo. También a la de Jeremy Bentham: “Un hombre, un moralista ocupa gravemente su cátedra y desde ella se le ve dogmatizar en frases pomposas sobre el deber y los deberes. ¿Por qué ninguno lo escucha? Porque mientras él habla de deberes, cada uno piensa en los intereses. En la naturaleza del hombre está el pensar antes que todo en sus intereses, y por aquí es por donde todo naturalista ilustrado creerá que es de su interés comenzar; él bien podrá hablar, bien podrá hacer, el deber siempre cederá el paso al interés (Jeremy Bentham, “Deontología, o ciencia de la moral”).

b) La segunda comenzaría con el párrafo “El señor de la historia………El progreso se derivó de ello por sí solo, y en la repartición de los beneficios entraron todos”
En este corto párrafo la autora reafirma nuevamente su tesis y juicio de valor sobre el bien común, como un bien jerárquicamente superior. Pone en valor ese carácter o espíritu del pueblo nipón para supeditar sus intereses al bien común. Pero la autora hace una elipsis, sistemática, de la distancia temporal y circustancial que separa a las dos sociedades que pretende comparar, por tanto no solo eclipsa el marco histórico, sino que también hace una elipsis parcial ( pues lo sugiere en su “ Y en la repartición de beneficios entraron también todos”, ¿de qué tipo de beneficios nos pretende hacer beneficiarios a los españoles en su comparación?) del mal catastrófico que aqueja a nuestra sociedad: la crisis económica; y por último y no menos importante, la elipsis que conlleva el concepto crisis económica aparejado, que no es ni más ni menos que la ligazón a la sociedad, a la política y poderes económicos. Esta elipsis no parece ni fruto de la ingenuidad ni de la casualidad.
La argumentación de su tesis vuelve a ser la comparación entre el carácter o espíritu de dos pueblos ( aunque omitida, la tesis, el bien comun sobre el individual, subyace en ese espíritu de los pueblos/naciones). En este punto, como forma de rebatir a la autora del texto, podemos introducir  multitud de fragmentos de “La rebelión de las masas” de José Ortega y Gasset; aludiendo a su forma  pormenorizada y radical y defensa del individuo frente a la masa, muchedumbre, lo colectivo. Incluso ver un fina ironía y sarcasmo en su “Prólogo para franceses” de “La rebelión de las masas” (*nota final pag.).

c) La tercera comenzaría en el párrafo “El arte de anteponer el bien común al propio…..hasta el final del texto.
La autora vuelva a ejercitar su invariable tesis de forma redundante: El bien común es un bien superior. Esta vez, sin embargo su argumentación se sale del cauce de la narración alegórica y comienza a interpelar a un lector de nuestro tiempo pero ampliando su espectro de lo local a lo global, diciéndole: “el arte de anteponer el bien común al propio, tan bien visto, aceptado y predicado universalmente no es sin embargo practicado con frecuencia en muchos lugares del mundo”. La autora vuelve a hacer elipsis con significado subliminal, es decir en el ideario colectivo “religioso”, especialmente, y ético de las civilizaciones está el “predicar el bien común” (es cierto, desde las civilizaciones clásicas, pasando por el cristianismo, el budismo, el islam, el judaísmo, el induísmo… la filosofía ilustrada, la humanista, etc. han predicado, como forma de socializar al hombre, el bien. Luego el concepto se amplió a bien común adquiriendo matices socio-económico-políticos que no siempre han ofrecido el resultado esperado. De hecho tenemos ejemplos históricos aberrantes, como el fenómeno del nazismo, el fenómeno de las pugnas tribales en Afganistán, Irán, Irak, Israél, Palestina, Egipto, países de Sudamérica y África, China, URSS, los Balcanes, etc. y ejemplos menos sangrantes en democracias consolidadas que han disuelto al individuo en el grupo con criterios como: “voto útil” “política de Estado” “democracia representativa de bases electorales no participativas”, “lo políticamente correcto”, etc. En definitiva han ido disolviendo el individuo y el librepensamiento en un grupo, una masa moldeable, manipulable, domesticable, que en pocas ocasiones, y la historia lo corrobora, ha logrado sacarnos de una crisis económica, cíclica por definición y maquiavélica por los factores que la desencadenan, que han dejado a nuestra sociedad SIN ARROZ, SIN FORMA DE CONSEGUIR EL ARROZ, SIN FORMA DE DEMOSTRAR EL ESFUERZO POR CONSEGUIR EL ARROZ, SIN FORMA DE PROTESTAR NI INDIVIDUALMENTE NI EN GRUPO, NO ACEPTADO COMO POLITICAMENTE  NI LEGALMENTE CORRECTO, POR EL ARROZ , Y POR ÚLTIMO TENIENDO QUE SALIR FUERA COMO INDIVIDUO A BUSCAR EL ARROZ DE LA VIDA…

Para continuar plantea preguntas pseudo-retóricas que apelan directamente a los ideales, a la lógica, la racionalidad y emocionalidad del lector, de nuestra sociedad actual en concreto, tratando de dirigir su pensamiento hasta mostrarle como lograr esos objetivos que sus preguntas plantean, es decir ella da la respuesta a las preguntas con la tesis sostenida a la largo del texto, una tesis o axioma paradigmático al que ha añadido el comportamiento (conlleva predisposición a la acción) la acción: idea + comportamiento + actos = resultado anunciado. Lo que para nosotros significaría salir de nuestra situación catastrófica como país (salir de la crisis económica) y crecer grupal e individualmente : “hacer bien el trabajo de uno, sin cuestionar ni eludir sus aspectos más ingratos, cualquiera que sea el oficio y la consideración social que reciba, es la única clave para pertenecer a ese arroz cocido colectivo y beneficiarse al mismo tiempo como individuo”.
Tan peligroso es jactarnos o predicar un bien común, como la ignorancia en la que nos dejan los que acuden al concepto bien común con intenciones, poco claras, sectarias, maniqueas, ortodoxas, partidistas, etc. que no sabemos claramente en qué consisten, o cómo pretenden que las pongamos en práctica ( libremente, obediencia debida, acto de fe, etc.)

Extraído de partes de discursos de Hitler: “La capacidad de asimilación de la gran masa es sumamente limitada y no menos pequeña su facultad de comprensión; en cambio es enorme su falta de memoria. Teniendo en cuenta esos antecedentes, toda propaganda eficaz debe concentrarse en muy pocos puntos y saberlos explotar como apotegmas, hasta que el último hijo del pueblo pueda formarse una idea de aquello que se persigue. En el momento en que la propaganda sacrifique este principio o quiera hacerse múltiple, quedará debilitada su eficacia por la sencilla razón de que la masa no es capaz de retener ni asimilar todo lo que se le ofrece. Y con esto sufre detrimento el éxito, para acabar a la larga por ser completamente nulo”.
“¡Honrad el trabajo y respetad al obrero! Para millones es hoy difícil volverse a encontrar por sobre el odio y los errores procreados artificialmente en tiempos pasados. Hay un credo que nos permite recorrer fácilmente este camino. Que trabaje quien quiera y donde quiera, mas no puede ni debe olvidar que su compañero, el que cumple su deber lo mismo que él, es indispensable, que la nación no existe por el trabajo de un gobierno, de una clase determinada o por obra de su inteligencia, sino que sólo vive por el trabajo común de todos”.

Extraído de parte discurso de Goebbels:“Por eso las jerarquías del pueblo organizado , de la comunidad organizada, de esas masas amorfas que son transfiguradas en un todo orgánico, son los agentes que movilizan y que aseguran -militantemente- que las multitudes subordinen sus intereses particulares al interés general de la comunidad popular, o sea, al bien común del estado nacional”

Extraído de “La política al servicio del bien común”, Dr. Rocco D’Ambrosio (XXI Curso de Doctrina Social de la Iglesia-Fundación Pablo VI, 9-11 de septiembre de 2013): “La comunidad política existe verdaderamente en función de aquel bien común en el cual encuentra su justificación plena y su sentido y del cual deriva su legitimidad jurídica, primigenia y propia”. La concisión de la expresión no quita nada a la profundidad conceptual expresada. A continuación indico algunos aspectos doctrinales tocantes a la relación política – bien común, que constituyen los fundamentos del pensamiento social católico.”
“La política existe en función del bien común (en el texto latino de Gaudium et Spes, 74: propter illud commune bonum existit). La visión católica del poder se funda en una doble base. El poder tiene su origen en Dios y su finalidad en el bien común. Emerge con extrema claridad cómo los fundamentos de este pensamiento son: Aristóteles, Santo Tomás y la escolástica. Analizo el enfoque de Aristóteles: la política es el arte que pretende realizar lo hermoso y lo justo de la polis, esto es, su bien que es el mismo que el del individuo (eudemonia) pero es más importante y más perfecto que éste. Ligar esencialmente la comunidad política a la realización del bien común quiere decir que se tienen como insuficientes e inaceptables las posiciones que presentan algunos elementos del bien común y no su totalidad. Enumeremos y comentemos sintéticamente algunas famosas posiciones histórico-filosóficas:

• el bien común no es sólo la paz y la defensa, como afirmaba Hobbes en su Leviathán;
• el bien común no es sólo la tutela de los derechos humanos, como, por ejemplo está esbozado en los textos de la tradición de la Revolución Francesa y de la Americana.
• el bien común no es sólo la defensa de la libertad, como en la elaboración de Spinoza y Kant.
• el bien común no es sólo la suma de los bienes materiales del individuo; nos referimos a Bentham y a la escuela.
• el bien común no pude finalmente se prerrogativa exclusiva de un estado ético, piénsese en el análisis de Hegel.
• El bien común no puede ser reducido a solos aspectos materiales y la instauración de nuevas relaciones económicas, según la teoría de Marx.

Esquema interpretativo del texto:

Tesis inductiva Argumentación + Tesis deductiva Tesis + Argumentación
Tesis encuadrada Tesis al principio + argumentos Tesis al final del texto
Tesis repetitiva Tesis a lo largo de todo el texto, no sólo al principio y final

El texto podría encuadrarse en el ámbito del estilo periodístico, artículo concretamente, aunque pertenezca a un libro (fragmento); es expositivo y didáctico (muy moralizante y parcial), rayano en el ensayo, de pretensión filantrópico-humanista (aspirando a ello sin conseguirlo). Tesis repetitiva. Se acerca al ensayo por sus características: exposición desde un punto de vista claramente personal, subjetividad, intención didáctica y estética, tendencia a la abstracción y a la especulación, variedad temática, libertad estructural…
La autora emplea un lenguaje claro y sencillo, sin llegar al nivel coloquial; un lenguaje cuidado y muy “seleccionado”, intencionalmente (mediatizado por el fin). Explica con claridad la anécdota metafórica del arroz sirviéndose de la alegoría que engloba a todo el relato. El texto comienza con un verbo en presente de indicativo (“cuenta”) para remarcar lo anecdótico frente a lo explicativo, es un recurso, la anécdota, que, en el marco del discurso de la autora, sirve para acercar la historia al lector. Y al tiempo, nos encuadra la historia en una unidad temporal ya acabada. Este presente de indicativo es sustituido en el último párrafo del texto, en el que la autora incide sobre el bien común, por el infinitivo, (“Hacer bien el trabajo (…) sin cuestionar ni eludir (…) para pertenecer a ese arroz (…) y beneficiarse…”) para dar al párrafo fuerza proverbial, a modo de enseñanza o moraleja a su tesis. También refuerza el párrafo conceptualmente, enfrentando el ser y hacer y el deber ser o hacer. Estilísticamente, comenzar una frase con un infinitivo no es un recurso común salvo para moralizar y/o finalizar un texto. Se percibe una abundancia de conceptos abstractos (perplejidad, naturaleza, progreso, bien heroico, sobrenatural,…) como corresponde a un texto que habla de valores morales y actitudes éticas. Contrasta con la sucinta adjetivación, muy literaria y bella, al describir el arroz japonés (pegajoso, redondo, pegado, limpio,…). Así pues hay que resaltar que, desde el punto de vista comunicativo, hay que señalar que aparecen en el texto algunas características propias de los textos orales: las preguntas retóricas, algunas palabras utilizadas en un sentido impropio (“sobrenatural”). Por otra parte, es significativa la presencia en el texto de la 1ª persona (“amigo mío”, “mi amigo”), que indica la implicación del emisor. Aparece también la 1ª del Plural (“vivimos”), el llamado “plural sociativo” (muestra cómo el autor intenta implicar al receptor en su reflexión y conclusión, pues este plural se usa para dirigirse al receptor o receptores implicándolos en lo que dice el emisor). La forma de elocución predominante es la argumentación en una estructurada secuencia narrativa (el estilo narrativo “cuenta”). La función lingüística predominante en el texto es la conativa, pues la intención del texto es persuadir al receptor de una idea.

 
Desde el punto de vista morfosintáctico pueden encontrarse en el texto verbos en 1ª Plural (“vivimos”, “recibimos”), que tienen que ver con la intención persuasiva del autor: convencer a los receptores-oyentes, mediante su implicación retórica, en la tesis que defiende. Además, aparecen determinativos de 1ª Persona (“mi amigo”, “nuestro concepto”). Los tiempos verbales son los propios de la exposición argumentativa: el presente atemporal, así es más fácil hacer la comparación entre las dos sociedades aludidas, (“constituye”, “recibimos”, “se encuentra”). En la secuencia narrativa aparecen los tiempos verbales propios de esta forma elocutiva: el pretérito perfecto. (“respondió”, “le hizo entender”, “se derivó”). Es frecuente en el texto la abundancia de sustantivos y verbos, propios de la narración, en la anécdota con la que el autor pretende afirmar su tesis. Se encuentran, asimismo, oraciones copulativas (“El arte de anteponer el bien común …” “… no es practicado con frecuencia”) y pasiva reflejas (“Cómo se implementa en actos concretos”), propias de la exposición y de la explicación de hechos. Son frecuentes las oraciones adjetivas especificativas, que tienen que ver con la voluntad de explicar y que son frecuentes también en los textos argumentativos. Funciones del lenguaje emotiva o expresiva. “… cuanto más pegados unos granos a otros, más fuertes nos hacíamos…” “… Cada grano, redondo y lleno de almidón…” “…Un sistema de valores que sacraliza las cosas y desprecia a la gente, y el juego siniestro de la competencia…” . Encontramos, también, elementos deícticos (que sirven para mostrar o señalar personas, objetos, lugares o espacios temporales) en este texto deixis anafórica (los pronombres, algunos determinantes y algunos adverbios, de hacer referencia a una palabra que ha aparecido antes). Concretamente la anáfora (alusión a elementos ya mencionados) se da en “Cuenta un escritor brasileño amigo mío, Edweine Loureiro, que, en una cena en la que le preguntó a un anciano japonés cómo pudo transformarse Japón tras la Guerra Mundial en una potencia económica, este le respondió ofreciéndole un tazón de arroz con una sonrisa. Mi amigo pensó que su interlocutor había optado por ignorar la pregunta, pero este, consciente de la perplejidad de su compañero de mesa, le ofreció una explicación de su metáfora. “Al término de la guerra, no teníamos arroz para comer”, le aclaró. “Entendimos que solo trabajando juntos e intensamente seríamos capaces de vencer al hambre y a la miseria. Así que nos convertimos nosotros mismos en arroz cocido: cuanto más pegados unos granos a otros, más fuertes nos hacíamos.””

Desde el punto de vista léxico-semántico, llaman la atención la presencia de adjetivos valorativos, empleados con valor connotativo (“es pues inalcanzable”, “sacrificio heroico”, “capacidad sobrenatural”), que tienen que ver con el carácter de argumentación subjetiva del texto.
A nivel textual no hay cosas verdaderamente reseñables o relevantes, quizá por el carácter fragmentario del texto (sabemos objetivamente que pertenece a un libro, y como artículo da la sensación de incompleto). Texto de carácter divulgativo (la mayoría de las personas puede entender el texto). Léxico connotativo (uso subjetivo del lenguaje): “Así que nos convertimos nosotros mismos en arroz cocido: cuanto más pegados unos granos a otros, más fuertes nos hacíamos”. Metáfora: “…cuanto más pegados unos granos a otros, más fuertes nos hacíamos…”. Tal vez podría considerarse relevante el verbo con que se inicia el texto (“cuenta”), que parece retrotraer al receptor al ámbito de la narración oral. Escrito en 1ª pers. Sing/plural, utiliza también la 3ª pers. “…Entendíamos por cultura… lo que somos… …nos ocupábamos de todo…” o forma impersonal. Hay elementos lingüísticos con valoración subjetiva: para indicar duda, deseo, posibilidad. Uso modalidad del lenguaje Interrogativa: ¿Es, pues, inalcanzable para seres que no posean una cualidad humana especial? ¿Cómo se implementa en actos concretos. También modalidad enunciativa: … cómo pudo transformarse Japón tras la Guerra Mundial en una potencia económica, este le respondió ofreciéndole un tazón de arroz con una sonrisa. Mi amigo pensó que su interlocutor había optado por ignorar la pregunta, pero este, consciente de la perplejidad de su compañero de mesa, le ofreció una explicación de su metáfora. “Al término de la guerra, no teníamos arroz para comer”, le aclaró. Encontramos también modalidad del lenguaje exhortativa: Hacer bien el trabajo de uno, sin cuestionar ni eludir sus aspectos más ingratos, cualquiera que sea el oficio y la consideración social que reciba, es la única clave para pertenecer a ese arroz cocido colectivo y beneficiarse al mismo tiempo como individuo. La conclusión del fragmento final, se inicia con una larga oración encabezada por un infinitivo, que es un recurso textual de conclusión.

 

Conclusión:

Un texto pretendidamente humanista y lleno de bonhomía puede llegar a proyectar los valores contrarios a los que presenta, pretende o propone. Sucede que el infierno está lleno de buenas intenciones. Intentando proclamar o hacer un bien podemos, en ocasiones, causar un mal mucho mayor al que pretendíamos enmendar o solucionar. Es más (como hemos visto en parte de algunas citas, discursos ajenos al texto que nos ocupa pero traídos a colación con afán ilustrativo) incluso puede emplear un medio, el envoltorio de las buenas intenciones, para lograr un fin que en nada es reflejo de su apariencia. Sacralizar el bien común sin definir el concepto con claridad no solo puede confundir al lector y hacer que se sume a una idea que le resultará en mayor o menor medida lesiva. Si el texto está bien o mal intencionado resulta irrelevante para el debate de fondo, la idea que proyecta puede ser tan equivoca o generar tantos equívocos en el lector-receptor, que supondrá una frontal amenaza para su libertad individual. El concepto de bien común es demasiado escurridizo, de entrada el propósito de aspirar a conseguir el bien común de todos los ciudadanos, o una inmensa mayoría es problemático. ¿Cómo definiríamos el bien común? Desde luego no es una tarea sencilla. Primero, porque no todos tenemos el mismo concepto de bien, ni todos buscamos del mismo modo la felicidad ( dinero, fama, tranquilidad, salud, equilibrio, vivir dignamente, etc.) ni tan siquiera tenemos una opinión idéntica sobre cómo nos gustaría que se comportaran los demás. Somos seres individuales en el gregarismo y el yo, mi, me, conmigo lo trasladamos al ámbito de nuestros valores, deseos, principios. Hay personas que valoran más la libertad, otros la igualdad, equidad, solidaridad, la utopía, la moral, el deber; otros el individualismo, el librepensamiento, el gregarismo; unos son pacifistas ( más o menos activistas), otros ecologistas (más o menos activistas), pro-derechos humanos con todas las consecuencias (activistas), otros son ortodoxos religiosos, otros ateos, ricos, pobres, analfabetos, cultos, cultivados, pedantes… Seres en definitiva que, a pesar de ser políticos y sociales y sociales antes que políticos, necesitamos de nuestra propiocepción , de nuestra integridad identitaria, como seres únicos que somos, con la libertad de asociarse o no, si la legalidad lo permite (tenemos conciencia y libre albedrío suficiente para saber elegir el momento en qué un marco legal constriñe demasiadas libertades individuales o civiles como para “rebelarnos”, la obediencia ciega trae consecuencias graves y más inmorales que la rebelión por la rebelión…eso nos ha mostrado, en distintos aspectos y momentos, la historia de la humanidad), para intentar llegar a una meta común, tal vez ese utópico bien común con el que muchos soñamos…

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“Morir en el Pentagrama” podría parecer una canción de hardcore de los 90, pero no, es thrash, genuino thrash. Thrash Metal Vertiginoso. Thrash Metal que puede ser, auténticamente, una caverna infernal: dentro el vértigo de lo maníaco-psicótico, lo rabioso, lo potente y son de Japón, el pueblo del arroz pegajoso y redondo y lleno de almidón,  arroz de grano  pegado a otro, de manera que comer con palillos no supone ninguna dificultad; los granos nunca se caen y el tazón queda invariablemente limpio al final. Sí, son de Japón y  se les conoce como: FASTKILL.

 

*Nota final: fragmentos de “La rebelión de las masas”.

PRÓLOGO PARA FRANCESES

 

“(….) Se ha abusado de la palabra, y por eso ha caído en desprestigio. Como en tantas otras cosas, ha consistido aquí el abuse en el uso sin preocupaciones, sin conciencia de la limitación del instrumento. Desde hace casi dos siglos se ha creído que hablar era hablar urbi et orbi, es decir, a todo el mundo y a nadie. Yo detesto esta manera de hablar y sufro cuando no sé muy concretamente a quién hablo.

                Cuentan, sin insistir demasiado sobre la realidad del hecho, que cuando se celebró el jubileo de Víctor Hugo fue organizada una gran fiesta en el palacio del Elíseo, a que concurrieron, aportando su homenaje, representaciones de todas las naciones. El gran poeta se hallaba en la gran sala de recepción, en solemne actitud de estatua, con el codo apoyado en el reborde de una chimenea. Los representantes de las naciones se iban adelantando ante el público, y presentaban su homenaje al vate de Francia. Un ujier, con voz de Esténtor, los iba anunciando:

                «Monsieur le Représentant de 1’Angleterre!» Y Víctor Hugo, con voz de dramático trémolo, poniendo los ojos en blanco, decía: «L’Angleterre! Ah Shakespeare!» El ujier prosiguió: «Monsieur le Représentant de 1’Espagne!» Y Víctor Hugo: «L’Espagne! Ah Cervantes!» El ujier: «Monsieur le Représentant de 1’Allemagne!» Y Víctor Hugo: «L’Allemagne! Ah Goethe!»

                Pero entonces llegó el turno a un pequeño señor, achaparrado, gordinflón y torpe de andares. El ujier exclamó: «Monsieur le Représentant de la Mésopotamie!» Víctor Hugo, que hasta entonces había permanecido impertérrito y seguro de sí mismo, pareció vacilar. Sus pupilas, ansiosas, hicieron un gran giro circular como buscando en todo el cosmos algo que no encontraba. Pero pronto se advirtió que lo había hallado y que volvía a sentirse dueño de la situación. En efecto, con el mismo tono patético, con no menor convicción, contestó al homenaje del rotundo representante diciendo: «La Mésopotamie! Ah I’humanité!»

                He referido esto a fin de declarar, no sin la solemnidad de Víctor Hugo, que yo no he escrito ni hablado nunca para la Mesopotamia, y que no me he dirigido jamás a la humanidad. Esta costumbre de hablar a la humanidad, que es la forma más sublime y, por lo tanto, más despreciable de la democracia, fue adoptada hacia 1750 por intelectuales descarriados, ignorantes de sus propios limites, y que siendo, por su oficio, los hombres del decir, del logos, han usado de él sin respeto ni precauciones, sin darse cuenta de que la palabra es un sacramento de muy delicada administración.

(…)de la pavorosa homogeneidad de situaciones en que va cayendo todo el Occidente. Desde la aparición de este libro, por la mecánica que en el mismo se describe, esa identidad ha crecido en forma angustiosa. Digo angustiosa porque, en efecto, lo que en cada país es sentido como circunstancia dolorosa, multiplica hasta el infinito su efecto deprimente cuando el que lo sufre advierte que apenas hay lugar en el continente donde no acontezca estrictamente lo mismo. Podía antes ventilarse la atmósfera confinada de un país abriendo las ventanas que dan sobre otro. Por ahora no sirve de nada este expediente, porque en el otro país es la atmósfera tan irrespirable como en el propio. De aquí la sensación opresora de asfixia. Job, que era un terrible prince-sans-rire, pregunta a sus amigos, los viajeros y mercaderes que han andado por el mundo: Unde sapientia venit et quis locus intelligentiae? «¿Sabéis de algún lugar del mundo donde la inteligencia exista?»

                Conviene, sin embargo, que en esta progresiva asimilación de las circunstancias distingamos dos dimensiones diferentes y de valor contrapuesto.

                Este enjambre de pueblos occidentales que partió a volar sobre la historia desde las ruinas del mundo antiguo, se ha caracterizado siempre por una forma dual de vida. Pues ha acontecido que conforme cada uno iba formando su genio peculiar, entre ellos o sobre ellos, se iba creando un repertorio común de ideas, maneras y entusiasmos. Más aún. Este destino que les hacía, a la par, progresivamente homogéneos y progresivamente dispersos, ha de entenderse con cierto superlativo de paradoja. Porque en ellos la homogeneidad no fue ajena a la diversidad. Al contrario: cada nuevo principio uniforme fertilizaba la diversificación. La idea cristiana engendra las Iglesias nacionales: el recuerdo del Imperium romano inspira las diversas formas del Estado; la «restauración de las letras» en el siglo xv dispara las literaturas divergentes; la ciencia y el principio unitario del hombre como «razón pura» crea los distintos estilos intelectuales que modelan diferencialmente hasta las extremas abstracciones de la obra matemática. En fin, y para colmo: hasta la extravagante idea del siglo XVIII, según la cual todos los pueblos han de tener una constitución idéntica, produce el efecto de despertar románticamente la conciencia diferencial de las nacionalidades, que viene a ser como incitar a cada uno hacia su particular vocación.

                Y es que para estos pueblos llamados europeos, vivir ha sido siempre -claramente desde el siglo XI, desde Otón II- moverse y actuar en un espacio o ámbito común. Es decir, que para cada uno vivir era convivir con los demás. Esta convivencia tomaba indiferentemente aspecto pacífico o combativo. Las guerras intereuropeas han mostrado casi siempre un curioso estilo que las hace parecerse mucho a las rencillas domésticas. Evitan la aniquilación del enemigo y son más bien certámenes, luchas de emulación, como la de los motes dentro de una aldea, o disputas de herederos por el reparto de un legado familiar. Un poco de otro modo, todos van a lo mismo. Eadem sed aliter. Como Carlos V decía de Francisco I: «Mi primo Francisco y yo estamos por completo de acuerdo: los dos queremos Milán.»

                Lo de menos es que a ese espacio histórico común, donde todas las gentes de Occidente se sentían como en su casa, corresponda un espacio físico que la geografía denomina Europa. El espacio histórico a que aludo se mide por el radio de efectiva y prolongada convivencia -es un espacio social-. Ahora bien: convivencia y sociedad son términos equipolentes. Sociedad es lo que se produce automáticamente por el simple hecho de la convivencia. De suyo, e ineluctablemente, segrega ésta costumbres, usos, lengua, derecho, poder público. Uno de los más graves errores del pensamiento «moderno», cuyas salpicaduras aún padecemos, ha sido confundir la sociedad con la asociación, que es aproximadamente lo contrario de aquélla. Una sociedad no se constituye por acuerdo de las voluntades. Al revés: todo acuerdo de voluntades presupone la existencia de una sociedad, de gentes que conviven, y el acuerdo no puede consistir sino en precisar una u otra forma de esa convivencia, de esa sociedad preexistente. La idea de la sociedad como reunión contractual, por lo tanto, jurídica, es el más insensato ensayo que se ha hecho de poner la carreta delante de los bueyes. Porque el derecho, la realidad «derecho» -no las ideas de él del filósofo, jurista o demagogo, es, si se me tolera la expresión barroca, secreción espontánea de la sociedad, y no puede ser otra cosa. Querer que el derecho rija las relaciones entre seres que previamente no viven en efectiva sociedad, me parece -y perdóneseme la insolencia- tener una idea bastante confusa y ridícula de lo que el derecho es.

                No debe extrañar, por otra parte, la preponderancia de esa opinión confusa y ridícula sobre el derecho, porque una de las máximas desdichas del tiempo es que, al topar las gentes de Occidente con los terribles conflictos públicos del presente, se han encontrado pertrechados con un utillaje arcaico y torpísimo de nociones sobre lo que es sociedad, colectividad, individuo, usos, ley, justicia, revolución, etcétera. Buena parte del azoramiento actual proviene de la incongruencia entre la perfección de nuestras ideas sobre los fenómenos físicos y el retraso escandaloso de las «ciencias morales». El ministro, el profesor, el físico ilustre y el novelista suelen tener de esas cosas conceptos dignos de un barbero suburbano. ¿No es perfectamente natural que sea el barbero suburbano quien dé la tonalidad al tiempo?”

 

 

LA REBELIÓN DE LAS MASAS

 

“(…) En rigor, la masa puede definirse, como hecho psicológico, sin necesidad de esperar a que aparezcan los individuos en aglomeración. Delante de una sola persona podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a saber al sentirse idéntico a los demás. Imagínese un hombre humilde que al intentar valorarse por razones especiales -al preguntarse si tiene talento para esto o lo otro, si sobresale en algún orden-, advierte que no posee ninguna cualidad excelente. Este hombre se sentirá mediocre y vulgar, mal dotado; pero no se sentirá «masa».

  (…) Cuando se habla de «minorías selectas», la habitual bellaquería suele tergiversar el sentido de esta expresión, fingiendo ignorar que el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores. Y es indudable que la división más radical que cabe hacer de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva.

  Esto me recuerda que el budismo ortodoxo se compone de dos religiones distintas: una, más rigurosa y difícil; otra, más laxa y trivial: el Mahayana -«gran vehículo», o «gran carril»-, el Himayona -«pequeño vehículo», «camino menor»-. Lo decisivo es si ponemos nuestra vida a uno u otro vehículo, a un máximo de exigencias o a un mínimo.

(…) Lo propio acaece en los demás órdenes, muy especialmente en el intelectual. Tal vez padezco un error; pero el escritor, al tomar la pluma para escribir sobre un tema que ha estudiado largamente, debe pensar que el lector medio, que nunca se ha ocupado del asunto, si le lee, no es con el fin de aprender algo de él, sino, al revés, para sentenciar sobre él cuando no coincide con las vulgaridades que este lector tiene en la cabeza. Si los individuos que integran la masa se creyesen especialmente dotados, tendríamos no más que un caso de error personal, pero no una subversión sociológica. Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera. Como se dice en Norteamérica: ser diferente es indecente. La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado. Y claro está que ese «todo el mundo» no es «todo el mundo». «Todo el mundo» era, normalmente, la unidad compleja de masa y minorías discrepantes, especiales. Ahora «todo el mundo» es sólo la masa.”

 

 

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2 comentarios
  1. He quedado muy sorprendido por la profunda reflexión lo bien argumentado y escrupulosamente tratado de todo cuanto se dice pero lo que más me preocupa es lo que no se dice……..no se toca ni de pasada lo que distingue al humano del que no lo es …….si la humanidad la formamos todos pero recuerdas un conjunto musical formado en españa que se llamó los inumanos……hasta cantando podemos serlo….sin entender realmente la humanidad de que estamos hablando….

    • Gracias por tus palabras, J

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