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Como la lluvia…

octubre 29, 2013

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Como la lluvia…

En el atestado autobús iba tambaleándome dando hombro con hombro y con hombro a lo largo del pasillo. Por un instante pensé que iba a desplomarme presa de una claustrofobia inexistente. Sin duda alguna el calor, el olor, el hacinamiento eran condiciones que por si solas podían provocar los efectos más perturbadores. Un joven me tendió la mano. Siguiendo un impulso irrefrenable la tomé. La sangre pareció volver a circular por mi cerebro mientras confiaba en haber encontrado un asidero firme. Pensé, por alguna razón desconocida, que aquél chico se sentiría disuadido de bajar en su parada si esta se encontraba antes que la mía. También pensé que tenía cara de ángel. Fue una ocurrencia espontánea que me hizo sentir un poco avergonzada.

-Lo siento. Lo lamento mucho, te estoy causando muchas molestias –comenté.
No, no es nada. No tienes que preocuparte –dijo.

De nuevo sonó el timbre de parada solicitada. Me estremecí al oír el estruendo de algo que cayó al suelo del pasillo.

-No te alarmes, debe ser un paraguas o un bastón a juzgar por el sonido.

Sentí que la atmósfera se hacía más y más densa y comenzaba a emitir un hedor almizclado. Contenía mi pánico en silencio. Él lo intuía. Alzó, a duras penas, uno de sus brazos y me rodeó la espalda insertando la mano bajo mi axila.
Fuera seguía cayendo la lluvia sin cesar.

-¿Cómo te llamas? -Me preguntó con voz sosegada.
-Sol –respondí mientras él sonreía con picardía. Luego se echó a reír sonoramente.
-No te vayas más, al menos hoy -dijo. También me eché a reír súbitamente. Realmente era una ironía llamarse así en un día en el que reinaba una lluvia casi torrencial. Su cara se iluminó entonces con una sonrisa infantil. Durante unos instantes, una eternidad, me quedé mirándole incapaz de hacer un movimiento; tiempo suficiente para que muchos viajeros bajaran y subieran del autobús. Escuchaba, aún, aunque me parecía bastante más lejana, el sonido de la lluvia. Su dulce presión y su rostro me sumían en un estado casi beatífico.
-¿Te encuentras mejor? Es la última parada ¿bajamos? Venga, no nos quedemos aquí.

El aire fresco y húmedo me sentó bien. Caminamos un poco por las calles. Casi deambulando sin rumbo. Intercambiamos algunas frases casi triviales y nuestros números de teléfono.

Por la noche, tendida en la cama, no conseguía dormirme y pensaba en lo ocurrido. Mientras pensaba en ello, algo me sorprendió: el sonido de entrada de un mensaje. Tras muchas reflexiones, tomé el teléfono y marqué su número.

-Hola, me ha hecho gracia tu mensaje.
-¿Te he despertado? – No, en absoluto, yo tampoco dormía.
-¿Estás más tranquila? – se interesó.
– Claro, mi habitación tiene poca densidad de habitantes y no se desplaza –reímos al unísono.

Recordé su mirada y me enterneció la imagen. Hablaba y me sumía en un estado extásico. Su voz parecía surgir del mismo lugar donde brotan las canciones. Intenté concentrarme en lo que me decía pero me resultaba difícil. Estaba casi en trance y sin embargo no podía creer estar hablando con un casi total desconocido. No podía imaginar a un hombre perjudicial o dañino tras aquella voz y aquellos rasgos. A ratos su voz se me enturbiaba y se me perdía en la lejanía. Otras sonaba con una fuerza enigmática. Mi mente parecía una montaña rusa y no sé por qué cada vez que evocaba esas imágenes recurrentes me sentía turbada, por decirlo de algún modo su imagen me absorbía. Intentaba alejar esas visiones y convocar otras cotidianas, quizá para evaluar su verdadero significado y la respuesta instintiva que suscitaba en mí, pero la añoranza e ignorar esa sinrazón era poco gratificante y no funcionaba. El sutil placer del recuerdo es más congruente con nuestra naturaleza humana. El instinto y el deseo gratuito nos salvaba una y otra vez de ese hábil calculador y manipulador que es nuestro cerebro. Mi instinto era un verdadero contestatario, lo acababa de descubrir hablando con él. Él era una fuente inagotable de sosiego y dulzura. No controlaba los estremecimientos nerviosos que recorrían mi cuerpo.
Hablamos más de una hora y media y no podía recomponer, mentalmente, una sola de sus frases. Parecía haber entre nosotros un vínculo secreto y antiguo, como si nos conociéramos muy bien.

Aquella noche me fue imposible dormir pensando en quién era este hombre que parecía haber surgido de la nada, de tan hábiles palabras, de rostro tan dulce y capaz de dar cobijo a todas mis debilidades…
Estaba realmente sorprendida y me preguntaba, sin duda, tras muchas vacilaciones, si alguna vez había creído en el destino. Hice con él mis tesis. De nada sirvieron. Sentía en todas partes su presencia necesaria. Si hubiera sabido hasta que punto estaba lejos o cerca de la verdad creo que me habría vuelto loca.

¿Por qué nos da tanto miedo confesar y confesarnos la verdad? ¿Por qué mentir y mentirnos y tener tanto miedo a la incertidumbre? ¿Por qué preferimos complacer y complacernos con los convencionalismos y formalismos falaces a la simpleza de la verdad? Convertimos en argumentos cualquier falacia útil, de modo que si la diferencia, entre unos y otros, existe no tendría repercusiones sociales ni aparente importancia vital. Ya no me sorprende la impostura. Desempeña el papel socio-cultural que le asignamos.

La noche terminaba y el primer claror del alba iba asomado entre los cristales. Respiré hondamente. Hay que saber respirar para encajar cada reflexión nocturna: destino, verdad, falacia, compromiso… Cerré los ojos, fuertemente, un instante para apartar esas cosas que consideraba feroces enemigos. Tenía que comenzar el día con esperanza y aunque mi vida fuese dura contemplarla a cierta prudente distancia. Decidí conformarme, de momento, con las únicas explicaciones que tenía. Aunque no comprendiera ni cómo ni por qué estábamos solos en el insomnio. Ese vacío que llenamos con pensamientos, sin mares, sin riberas, sin árboles, sin pájaros, sin flores…

No llegarán tus flores cada año,
no advertiré, más, como brotan en mi pecho,
permanecerán por siempre secas, renovados sus colores
en un desventurado lienzo,
sin perfume, sin el claror del sol, sin la música
de inquietos cielos…
Yo hubiera dicho que me quebró la lluvia el cuerpo,
que se me escapó el alma y murió al nacer lo nuestro…


Eva Registered & Protected
© copyright 2013-10-29 20:35:18 – All Rights Reserved

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From → Prosa poética

3 comentarios
  1. QUé bonito!

    • Hola mi dulce amigo, más vale que releas XDDD que el vuelapluma me juega muy sucio a veces…
      PD: cdo el lienzo con las flores secas esté más perfilado lo colgaré y esto cobrará más sentido XDDD

      muakissssssss

      • Me sigue gustando. Fallos al escribir deprisa también los tengo. jajaja un saludo!!

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