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Swami

octubre 26, 2013

Valentines Day Love Wallpaper

Swami

Nada parecía funcionar según lo planificado. La incertidumbre a veces me enfurecía o me llevaba al borde de las lágrimas. La mera idea de enfrentarme a la fealdad de la ira o malos sentimientos me ponía la carne de gallina. Son demasiadas las cosas que no podemos controlar y nos hacen perder, a menudo, el sueño.

Notaba un nudo en la boca del estómago cada vez que en mi cabeza se agolpaba toda esa maraña de preguntas para las que no tenía respuestas. No creo que tener todas las respuestas me hubiera servido de mucho pero la más nimia sensación de seguridad era un alivio pasajero. ¿Cómo explicaríamos eso? Sin duda estamos obligados a soportar este tipo de sensaciones si queremos parecer más firmes y más fuertes o tener ese garbo y desparpajo que nos protege de las foscas miradas. Me aterraba cuando me ponía a pensar en ello. La sencillez y la claridad no son algo obligatorio. En las relaciones humanas subyacen los propios y lícitos intereses y las razones que obligan o incitan a defender esos personales afanes. Todas las cosas fluyen y transcurren de forma peregrina entre personas.
Siempre arriesgamos el cuello cuando nos enamoramos y si hay una posibilidad de llegar al corazón de esa persona amada sólo el tiempo lo puede aclarar y poner de manifiesto. Mientras tanto el frágil equilibrio de las relaciones, los anhelos, las expectativas y las probabilidades de fraguar algo sólido nos hace enfrenarnos a nosotros mismos una y otra vez. Hay un riesgo ¿verdad? Aventuramos mucho más que el simple ego, y tal y como somos los humanos tenemos que rebasar esos límites fortificados que dan sentido a la civilización. Antes de que cualquier nexo entre personas sea auténtico se necesita un voto de confianza y vínculos que unan los corazones. Dar y recibir.

Era una de esas tardes que el karma urde pequeñas historias cotidianas.
Le vi, sin que me viera. Caminaba sonriendo. Advertí que me buscaba con la mirada y recorría el espacio que nos separaba casi sin tocar el suelo. Al poco rato reíamos juntos porque su repertorio de anécdotas parecía inagotable ¡cuántas experiencias! sentí sana envidia. Su voz era juvenil y fresca. Me permití oírla guardando un sostenible silencio aún a riesgo de parecer exageradamente tímida o aburrida. Era un torrente prolijo, saltaba de un tema a otro con una facilidad pasmosa. Sin intención de analizarlo lo iba descifrando. Le escuchaba como si fuese a venderme un alma que yo estaba dispuesta a adquirir. A medida que hablaba mi curiosidad se avivaba y las barreras sensoriales se quebraban apoderándose de mi cerebro. Iba ganando en virilidad y policromía. Se manifestaba en toda su deslumbrante complejidad. Seguramente yo no era ni vagamente percibida. Sin darme cuenta me sorprendí mirando sus antebrazos ágiles y plenos de hermosas convexidades. Los recorrí con los ojos, muchas veces, pero de soslayo. Verlo a mi lado ya era un deleite que me hacía estremecer. Durante un rato jugué, torpemente, al juego de la seducción. No funcionó. No quise argüir razones. No percibí señal alguna por su parte que me ofreciera un resquicio o vía libre para actuar, y no tenía ganas de explicarle nada porque me pareció que nada iba a entender o nada había que entender. Preferí esconder la verdad aunque me preguntaba si podría disimularlo. Honestamente pensaba que no. La idea fue sitiándome. Me daba cuenta que todos mis pensamientos giraban a su alrededor. Se me erizaba la piel con sólo imaginar que pudiera ver en mis ojos el restallar de las chispas interiores. Bajaba la mirada, de tanto en tanto, prefería ese rincón sombrío donde poder observarlo sin ser vista y acurrucarme en el eco de su hermosa voz.
Actuaba torpemente. Soy una mala actriz. No existe edad ni tiempo para serlo. Simplemente era absurdo tratándose de mí. No quiero ser un personaje, no puedo ser de otra manera aunque la vida sea una tragicomedia demasiado breve. Seguramente haya en esta postura algo de vanidad o idealismo pero no puede haber lugar más hermoso que la propia y cristalina historia escrita por uno mismo, sin fisuras, sin remiendos, sin arrepentimientos…
¿Dónde estaba mi verdad? ¿Dónde la suya? Sin duda la sinceridad puede poner el mundo patas arriba o incendiarlo completamente.
Lejos de mi propia crónica y semblanza decidí entrar en ese hueco pequeñito que él me había hecho en la suya ¿cómo no preferir su amistad a su total ausencia?
Renuncié pues a la sugestión de esa palabra con la que confeccionamos el deseo de perder la razón: amor ¡qué bella palabra!

Todo y todos los demás flotaban como figurillas de plexiglás o nubes de celofán movidas por un delicado viento. Incluso el significado de las palabras estaba en proceso de desaparición y no es que a ello se limitara el encanto de su conversación. El anhelo, como la mirada, es capaz de expresar pasiones que no caben en el lenguaje. Finalmente resistí las pulsiones que me llevaban a decir lo que pensaba. Estaba aceptando un estatus conveniente mientras me debatía, conmigo misma, por romper las formas. El riesgo era demasiado grande. Al contrario de lo que yo había imaginado, mucho más grande que la apuesta más incierta. La más alocada: desnudar el alma y mostrar el camino para llegar a ella a alguien que no conoces lo suficiente. Dejarse llevar por el instinto seguramente es otra locura. El instinto es como una especie de dios para el hombre o el hombre para el animal.

Al no haber reunido las condiciones para una verdadera charla me dejé eclipsar voluntariamente. Él fue un delicioso compañero de desastre. Tomé la resolución de aceptar esa inestimable y tácita oferta de amistad. Así había nacido su amistad, sin estrépito, sin ruido, con el embaucador saber hacer de un hombre experimentado. Supongo que me habría aferrado a su cuello, pero era parte de su cuerpo y como tal inaccesible. Al menos así lo percibía. Con el paso del tiempo mi corazón quedó en silencio, le oí encogerse y replegarse sobre sí mismo taponando sus ventrículos y aurículas y se paró.

Él no es un amigo cualquiera, es mil cosas distintas a la vez. Me digo que debe ser una forma de dicha contar con su cariño; mientras ocurre su milagro, sé que está con otras hermosas mujeres esperando, con extrema cautela e infinita paciencia, justamente a esa mujer que le arranque el corazón sin anestesia y después de verlo morir le resucite y le transmita la seguridad de que todo es posible y la vida continúa brotando en su tuétano.

Miré mi rubor en sus ojos. Goteaba sobre el asfalto. Yo sabía lo que quería de él, pero ni la apuesta más arriesgada del mundo era suficiente ahora. Esa apuesta era como un agujero sin fondo. Por precaución retrocedí, no sin un esfuerzo sobrehumano. También sentí de una manera irrefutable que su cariño era firme y sólido, que me había tendido la mano y no me dejaría estrellarme contra el suelo. Era una línea de vida la que me unía a él. Me había tendido la mano con el verdadero espíritu de un amigo. Sonaba muy extraño y sin embargo era todo lo que podría ser. No puedo elegir, si es que alguna vez pude…

Eva Registered & Protected
© copyright 2013-26-10 23:00:12 – All Rights Reserved

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