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El imperio de la decadencia: cisne de corral 

octubre 8, 2013

mascara

El imperio de la decadencia: cisne de corral

Durante toda mi vida he buscado explicaciones a la conducta humana. Pronto me interesé por la psicología, la psiquiatría y las ciencias que pusieran un poco de luz en los procesos mentales del ser humano. La presunta ecuanimidad de las ciencias siempre era un plus mensurable muy a tener en cuenta.
Por mi parte buscaba las hipótesis o tesis que se acercaran a las verdaderas razones del esfuerzo que hacían los hombres por elevarse sobre su animalidad, la bestialidad.

Es extraño el camino que hay que recorrer para llegar al fondo del alma de una persona. Analizar sus actos y gestos, sus palabras, sus silencios, echar la vista atrás, a tiempos pasados, para recuperar las piezas que nunca observaríamos en primera persona. Juntar todo en un gran rompecabezas que tuviera sentido. Mirar, también, hacia delante procurando ver lo que otros no habían podido. Es tan difícil articular y comprender el sentido de la vida de otro ser que uno se puede sentir tentado a abandonar, persuadido de la imposibilidad de tal empresa. Pero el desánimo solo mordisqueaba mi voluntad, no la truncaba. Frente a la dificultad o la adversidad, aún con las heridas sangrantes, me crecía para hacer algo que realmente mereciera ser tenido en cuenta, mereciera la pena.
Empezar desde cero presiona el pecho y hace bullir la cabeza. Agita y remueve nuestras propias honduras espirituales y mentales, las guardadas dentro de nosotros. Se requiere de mucha disciplina e imparcialidad para crear la distancia debida entre uno mismo y lo que analiza o describe: una historia.

Al mirarlo me parecía contemplar un alma oscura y apasionada. Me llamaba mucho la atención su único objeto de entusiasmo visible. Intuía una vida difícil o mal vivida que refugiaba por completo en ese apasionamiento único. Me pareció que había envejecido empapado en la hiel de la revancha. Algo que devoraba la sangre y convertía los sentimientos en un infierno. El remedio, arrancarlos de cuajo y buscar en el raciocinio absoluto, el refugio que parece comprar la tranquilidad y la apariencia de serenidad, integridad y entereza. La cultura y la inteligencia le procuraban el respeto, incluso la admiración, de amigos y conocidos. En el fondo se había resignado a ejercer de su propio personaje. El ego jamás le permitiría mostrarse desnudo o desprovisto del disfraz y máscara que había creado concienzudamente. Al fin y al cabo si lograba no conmoverse con su propia desesperación, jamás se expondría a la desesperación y miseria de los otros. No iba a dejar, nunca, que nadie penetrara o invadiera su espacio de seguridad. Un espacio del que él era el amo y señor. Su carácter, reservado, surgía desde el hígado, como un tronco retorcido, sobre raíces encallecidas, que ya no puede recobrar su rectitud; doblado sobre sí mismo para protegerse de un mundo que le seguía pareciendo inhóspito y maldito. El ronroneo de su corriente biliar desembocaba en sus costumbres, conciencia y voluntad como un arroyo cenagoso. Traspasaba sus venas haciendo que el rencor se diluyese en su estancada sangre. La frialdad había echado raíces aéreas en su mente taponado sus oídos y ya no era capaz de oír los sentimientos ajenos. Era un filibustero exuberante y embaucador al que hacía mucho que ya no le latía el corazón. Arrancarse el corazón en vida iba contra la propia lógica de la vida, pero eso hizo. Era su derecho y decisión y nada ni nadie iba a convencerle de lo contrario o redimirle. Ni todo el amor del mundo hubiera servido para redimirle y devolverle al mundo real. No necesitaba amor, el amor es transitorio y no da de comer, ni siquiera intentaba disimular ese hecho o ese pensamiento mezquino.
Todos queremos pensar que hay una cierta ética del amor y que el amor se cultiva. Para él ese pensamiento colectivo no era más que filosofía barata.
Creaba belleza que no necesitaba de guiones, pues estaba dirigida a una tribu muy cercana, muy suya, en la que se sentía necesario, deseado, admirado y recubierto de prestigio. Esa tribu, para su comodidad, estaba regida por convenciones sociales propias; una especie de corporativismo propio. Distaba muchísimo, por otra parte, de la fisonomía de esa otra tribu de la que formaba parte por pura contingencia y en la que nunca se sintió un igual. Su mirada incisiva, gélida y ladina estaba velada por la oscuridad y las sombras del pasado. En ella se adivinaba un atrincherado sentido de culpabilidad rodeado de intrincados enigmas. Acaso esa indefinida culpa le hizo caer, de lleno, en la trampa del rencor. De ese modo condenó a un pago irrevocable a esos otros que formaban parte, o así lo creía él, de su prolongada miseria espiritual y hacía responsables de las oportunidades perdidas. Él pensaba que le habían sido arrebatadas por los sueños poco ambiciosos de los que decían quererle. Ese afecto le atrapaba en una cárcel de impudicia, en una tupida red de araña o en unos vínculos afectivos que no quería compartir sino a su manera y que le castraban totalmente. Convencido de ser un mártir o un preso se había consumido por dentro, se había secado.

Era engullido y engullía metódicamente las mismas rutinas de siempre. Sus conversaciones eran las mismas conversaciones monotemáticas de siempre. Aburridas hasta para los no profanos. En cualquier caso, en su premeditado racionalismo, se apartaba de los que no compartían sus creencias y expectativas vitales. Su racionalismo lo esclavizaba y sometía a un mundo de ficción y autoengaño mucho más alienante que el que tanto repudiaba por superficial y sectario. Sepultó toda emoción pura en un rincón tan secreto de su alma que se lo tragó el olvido.
Los sentimientos de los demás eran pájaros incómodos que revoloteaban sobre su ya pesada y barroca máscara de artista y estratega. Sus ojos eran perfectamente distinguibles, flameaban, a través de esa máscara para dejar claro que no se ocultaba de nadie; que podría afrontar cualquier fatalismo con total firmeza o mantenerlo a la distancia deseada. Nada lo conmovía. De nada servían las lamentaciones o llantos que oyese a su alrededor, había perdido, en exceso, cualquier sensibilidad emocional humana, había perdido la sensibilidad y capacidad de amar. Siempre permanecía alerta para adelantarse y esquivar cualquier imprevisto que pudiese perjudicar sus elaboradísimos planes o deseos.
Entre recompensas e incentivos encontró la jaula perfecta para someter las voluntades más inocentes con las que compartía alguna relación o cercanía. Podía conseguir la ceguera más absoluta de esa noble ingenuidad. Lograba la completa sumisión, el silencio y la lealtad más absoluta y abnegada. Nadie como él podía saber lo que convenía a sus súbditos.

Era curioso ver, sin embargo, como se permitía caer, esporádicamente, en brazos de la lujuria sin consecuencias. “Lujuria sin consecuencias”, la única que se podía y quería permitir y de la que no lograba disfrutar. Evidentemente no podía disfrutar de sus conquistas amorosas, como una utopía en el catálogo de sus lógicos razonamientos el gozo había quedado sepultado bajo un manto de escombros transparentemente racionales. Excitado por unos deseos distantes de las verdaderas emociones vinculantes entre hombre y mujer, se dejaba llevar por simples estímulos, visuales las más de las veces, y bien domesticados. Se convertía en un cazador astuto y convencido de que una bella pieza cobrada con el guante blanco de la seducción lo curaba todo temporalmente. Esos estímulos primarios le producían la misma fascinación que sus ansias clandestinas de revancha por lo que sentía como sueños hurtados o daño recibido. El problema llegaba cuando algún comportamiento inesperado, de la “pieza” de turno, desbarataba sus planes de controlarlo todo. Nada más peligroso para él que ese sentimiento de improvisación o imaginación desbordante en una mujer. Solo él podía tener total control y dominio de la forma y los tempos, solo él podía ejercitar su libertad sin cortapisa alguna. No respetar los pactos, más tácitos que explícitos, también podía desencadenar durísimos y súbitos reproches por su parte; reproches que encendían y fomentaban sus ansias justicieras. Se transformaba en hielo seco, hielo que quemaba y fragmentaba la voluntad y el espíritu de una mujer deslumbrada o débil. Él odiaba los espíritus hipersensibles. En esos momentos podía dejar caer su máscara con la severidad de una sentencia, y sus palabras se volvían enunciados hirientes como cuchillas de afeitar o una sobredosis de somníferos o neurolépticos.

Había conseguido despertar la admiración de alguna que otra muchacha joven y bella que había claudicado no a su carisma o personalidad sino a todo un ambiente propicio y envolvente. Eso elevaba su ego, sin contravenir la costumbre más de lo debido. Así es la vida, necesidades a cubrir, incluidas las sexuales, cuando el fuego de la lascivia prende en el bajo vientre, o cuando la nostalgia de un cuerpo bello y caliente volvía una cama vacía demasiado grande. En realidad la elección de la presa, de la candidata perfecta, era simple: atracción sexual y vértigo. La diferencia de edad produce un vértigo inusitado en un ególatra anhelante de mostrar sus éxitos y conquistas, como el que muestra a sus colegas un hermoso jarrón chino o un sello raro conseguido por habilidad e inteligencia para los negocios. Planeaba con una minuciosidad obsesiva hasta la fiabilidad de la candidata, pues bajo ningún concepto debía darle problemas, ni sentirse triste u ofendida tras la, anunciada, ruptura de su corto y concentrado idilio. El baúl de las justificaciones nunca era demasiado grande o pesado. Nada debía quedar adentro.

Es curioso, cuando él era el ofendido o herido necesitaba justicia inmediata, comprensión y apoyo de los colegas y amigos. Necesitaba que escucharan su historia de hombre humillado que ansiaba recuperar su dignidad con palabras y elogios que mitigasen su famélica amargura. Necesitaba oír urgentemente argumentos que socavaran la moralidad, la ética o personalidad de la candidata, era el mejor remedio para anestesiar su transitoria y falaz tristeza. Tal vez sufría, me costaba creerlo, pero si sufría aparecía más callado que de costumbre como si el sentido del ridículo cumpliendo esos ritos le modificaran la compostura, sobre todo si caía en la tentación de elaborar o arrancarse una respuesta moderada y perfecta. De todas formas, actuara como actuara, tardaba muy poco en lograr una milagrosa y total recuperación y volver a su ser sin una sola cicatriz en su fuero interno. Entonces volvía a poner en práctica lo aprendido en la exquisitez de las formas sociales: recuperar la buena relación con la ofensora u ofendida y la compostura principesca de maduro caballero andante. Un caballero andante narcisista y artificialmente prefabricado; un macho que conocía el arte de la seducción y todas las argucias que garantizaran la victoria. Luego disparaba a las orejas de sus colegas, con argumentos suficientemente machistas, las claves de su éxito para ser envidiado por esos otros machos de la tribu, menos hábiles en las triquiñuelas de los engaños amorosos.

Me pregunto si merece la pena una vida tan cartesiana y fingida. Si merece la pena estar condenado a repetir de forma obsesiva actos e imágenes pasadas, siempre pasadas. Advertí que el futuro le impulsaba a corregir y cambiar cosas que no estaba dispuesto a cambiar. Volvió a parecerme muy triste que no pudiera sincerarse con alguien y confiar. Me pregunto por qué el futuro solo les revelaba las fotografías de batallas perdidas y triunfos sin premio. Me pregunto por qué infectaban de su propia agonía y codicia a los que tienen al lado, sin importarles quienes sean. Pueden hacer trizas a esos que tienen cerca sin sentir nada en realidad. En el mundo construido a su gusto la posibilidad de equivocarse y dañar a los que están cerca no tenía cabida, como no tenía cabida la congoja y la incertidumbre de los hombres cabales ante la posibilidad de errar o presentir ese peligro que podría obligarle a recomponer los trozos de esos seres entregados por completo a su liderazgo. No recordaba haber visto, nunca, palabras o caricias para amortiguar el impacto de los golpes, a sus anhelos y deseos, recibidos por esos seres. Les dejaba recomponerse a solas, endureciéndolos a su imagen y semejanza, mientras él se dedicaba a entrenar a tipos como él que venían del culo del mundo a festejar la fugacidad de la vida. Acostumbrados como estaban a vagar de un lado a otro durmiendo en algún colchón prestado y consiguiendo en esos festejos el dinero suficiente para tomar el próximo autobús y comer en alguna parte del mundo.

Imaginé su voz imperativa en el silencio de la noche, en ese mismo instante fui consciente de que estaba condenado a envejecer solo y a seguir, permanentemente, el rastro de su pasado mientras tuviera un hálito de vida. Su sangre estaba demasiado envenenada por la amargura y el resentimiento. Su mente, lejos de todas las penas terrenales, revivía una y otra vez lo que puedo haber sido y no fue. Cargaba , además, con la pesada cruz y la larguísima sombra que proyectaba el árbol genealógico de un linaje venido a menos y atrincherado en la hipocresía y banalidad .


Eva Registered & Protected
© copyright 2013 10- 07 02:33:22 – All Rights Reserved

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5 comentarios
  1. nebulosasentuiris permalink

    Es como si fuese una catarsis personal arrancada de mi ser, párrafo a párrafo.
    Nunca me viene mal ordenar las ideas.

    Muy hábil, conoces bien la lengua de las palabras.
    (Desde la nebulosa, espero que no tarde en llegar)

    • David, eres parte de mi nebulosa y yo de la tuya, nos une algo más que la “amistad virtual”. Bsos

      PD: creo q será así siempre…

  2. David, eres mi dulce filósofo y mi dulce amigo…gracias
    PD : errores de vuelapluma corregidos
    MUasssssss tk ^o^

  3. arus3000 permalink

    poco mas que decir de lo queya has dicho muy acertadamente

    • Aysss, lo que hace conocer nuestra “naturaleza” y…. ^o^ 😉

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