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Reverberancia: reflexión especular y miostática. 

abril 23, 2013

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Reverberancia: reflexión especular y miostática.

Camino por la sierra exuberante y florida en estas fechas .Llevo todos mis miedos conmigo. Así que camino y dejo que cada segundo se suceda del siguiente. Estoy muy castigada y vapuleada por emociones interiores que oprimen mi pecho y hacen que mi garganta se estreche al punto de querer asfixiarme.
Encuentro un poco de estabilidad y temple en este espacio abierto al color; incluso el oxígeno tiene color pero como siempre estamos demasiado absortos en nuestras formales tareas para apercibirnos de ello. Pocos, y pocas veces, tenemos el privilegio de observar esta maravilla.

Todo aquí es puro mensaje subliminal, ¿pero cuál es el mensaje y de quién?
Me mordí los labios y volví a centrarme testarudamente en la tarea de olvidar.
A los humanos se nos da bien olvidar. Olvidar sobre todo las consecuencias de nuestras acciones o inacciones. Si olvidamos no estamos obligados a reconocerlas ni, naturalmente, a afrontarlas cara a cara. De haber podido habría negociado con la mismísima naturaleza todas las razones, con todas las condiciones, que me llevaban a buscar el olvido. Esta opción es inviable, imposible aquí, en este mundo donde me dejo estar.
Quisiera transformar mi vida en una larga e inescrutable senda de linces o lobos que nadie consigue apresar o domesticar. Me digo que ellos no sueñan con nada y, a la vez, pienso que, ahora mismo, ni sueños tengo. He entrado en uno de esos periodos en los que crees que nada vale nada; que no tienes ninguna misión en la tierra y que es inútil seguir sacando las propias vísceras al aire, perforando el corazón y saturando la mente de sombras del pasado, de carne o papel igual daba.

Comencé a sentirme cada vez más escéptica, pero a la vez me sentía absolutamente decidida a trazarme un nuevo rumbo, no puede ser tan difícil si otros lo logran…
Al instante siguiente la idea me resultaba indiferente y me transformaba en una mera espectadora del espacio que me rodeaba. Siendo exclusivamente espectador no es necesario entender el mundo, a los demás o tan siquiera a uno mismo. No había que emitir juicios o tener sólidos principios. La propia idea me parecía un sarcasmo. Una idealista defensora de la justicia entrando en la desgarradora pendiente del escepticismo y la desesperanza. Siempre había publicado explícitamente mi disconformidad ante lo injusto, mi rebeldía ante la falta de ética. Ello no me convertía en una persona más digna, seguramente, pero la vocación se antepone a cualquier otra intención consciente o inconsciente. Es imposible, como es imposible memorizar cada hoja, cada brizna de hierba, cada sendero ausente o presente a las estaciones. Estamos condenados a enfrentar el mundo. Por muy roto que estés, en un momento de tu vida, no puedes sentirte una burla de ti mismo. Un espectro perdido y retraído, pesado y torpe que solo existe si alguien, con esfuerzo, los mira.

Los círculos son cerrados en su perfección. Aparecen en los mismos lugares de siempre. Tal vez intuyen la minuciosa matemática de sus cuerpos. La mente del hombre los destroza. El ingeniero humano lo incorpora a su oficio y estudio y los círculos, ya, no caben en su propia circunferencia. No sé explicar muy bien esta abstracta tragedia que no cabe, tampoco, en una mente pequeña como la humana. La argumentación lógica deja de estar grabada en la memoria cuando incorporamos todo un torbellino descontrolado de emociones que nos envuelven hasta devorarnos. Las emociones pueden salvarnos o aniquilarnos. No quiero aniquilarme a mí misma, debo encontrar mi tierra prometida. Ese lugar donde los aventureros rebeldes o intrépidos intuyen el paraíso. No quiero desaparecer engullida por la arena del pasado. Aunque crea que mi corazón no admitirá la verdad, tengo que calcular mentalmente todas las fatídicas consecuencias que ese descubrimiento podría acarrearme. Ahora solo auspiciaré las emociones que me puedan sostener. No importa si por una temporada quedo al margen de los hombres; como las luciérnagas en las noches junto al río, donde la calma y la prosperidad renacen y ellas mantienen su dominio.

No puedo seguir pleiteando conmigo misma. Tengo que ser como el artista que domina el escenario. No vale la pena poner la vida en una causa perdida. Llegado el momento de rendir cuentas al tiempo, nuestro tiempo, habríamos de encarar, también, las consecuencias de nuestras huidas adelante; entonces sabremos con total certeza quienes somos. Como sabremos quién es quién y si merecían la pena. Tal vez, este pensamiento no sea más que una forma de dar al, absurdo, intento de medir la realidad una dimensión auténtica. No en vano dicen que el hombre es la medida de todas las cosas.

Qué sé yo qué teatro toca representar a cada cual, ¿quién soy yo para enjuiciar las eufóricas, y legítimas por otra parte, aspiraciones de triunfo? Al menos en ese sentido, nunca vi otro hombre que transmitiera tanta claridad y honradez en sus palabras.

¿Cómo puedo dormir?, ¿cómo dormiré?, ¿cómo duermo? A veces es más fácil pensar que dormir. Los hábitos y rutinas simplifican las cosas. Mi rutina no dormir. Los demás elementos se dibujaban o desdibujaban como hechos parapsicológicos: aseo, comida, estudio, deporte…
Por más fervor que pusiera en el intento de descansar o dormir estaba claro que no había sistematizado un método apropiado. Una de las razones por las cuales, a mi juicio, caí en el insomnio inducido.
Quietud, luz, respiración, todo un repertorio de gestos y actos que no obraban el milagro. Por tanto trataba de no dramatizar y tomarme el hecho como algo natural. Lo más natural posible.
¿Por qué uno capta las cosas de forma diferente en el insomnio? Tal vez, en esta óptica, se ve la vida despojada de cualquier distorsión social, más real. Creo que de todas maneras los convencionalismos y las presiones sociales subyacen, encubiertos, hasta en la penumbra de nuestro cerebro. No se puede pensar, con absoluta confianza en los razonamientos, en el vacío de la mismidad. A veces olvidamos que las ideas necesitan recepción, un receptor. No se puede saber si ideamos o pensamos cosas profundas o transcendentales o vacuas sin el referente de los otros.

Con la cabeza gacha y los ojos ahora clavados en el suelo vuelvo a entrar en contacto con la textura aterciopelada de la hierba. La textura de la verdadera sustancia. Un tacto que se expande más allá del miedo, es tan agradable y benévolo. Verde, tupida, resplandeciente ante la luz. Elegí estar aquí, pero mi cabeza decidió otra cosa.
Vivo en el medio del principio y el final del olvido y la memoria. Donde todo parece infinito.
Hay que aceptar la evidencia. Las lágrimas me caen sobre los labios de forma involuntaria. Dejan la huella de su paso más allá de lo visible. Luego la humedad desaparece y siguen su trayectoria de manera cuidadosa, formando al evaporarse radios, de guía, reflectantes. La piel se vuelve más receptiva a las partículas lumínicas tras la salina humedad de las lágrimas. El pelo negro aún distribuye mejor esa reflexión.

Nuevamente mis ojos se distraían, momentáneamente, en el entorno: las colinas, el verdor, el suave movimiento.
De pronto, en la soledad del campo un sobresalto interno: ¿dónde estará?, ¿recuerdo su rostro o es como si nunca hubiese existido?. Me fatigaba demasiado dibujar su rostro zambulléndome en el mismo y hondo espejo del alma. Con las heridas seguro que había perdido su aspecto inmaculado. Profundizo un poco más y miro bajo la enyesada y ciega víscera, ahí yacen aquellos que han desaparecido de nuestras vidas, se fueran voluntariamente o no. En realidad poco importaba la forma cuando tenemos la obligación de olvidar su nombre e identidad: él no tenía nombre ni identidad, sólo una voz, un eco constante, la voz de un desierto inhóspito y helado salpicado por las pulsaciones de un firmamento lejano, muy, muy lejano. El eco reverberó más que el sol de la tarde y se cubrió con una fina capa de escarcha parecida a un dolor conocido y familiar. Comenzó en el estómago y se propagó hasta las últimas raíces del cabello. Luego desapareció, sólo quedo el silencio de la melodía psicótica de la angustia. Me quedé inmóvil, como a duermevela, y dejé de pensar.

El paisaje a mi alrededor se transformó por completo. Senderos, surcos de tierra, un vasto océano de azules sin consistencia. Similar a un telón de escenario teatral que poco a poco iba cayendo. El panorama se había deslizado lentamente de lo abstracto a lo concreto, a fuerza de ideas sonoras, como notas para un músico ciego.

Así es como empieza y termina todo con la música: nos enfrentamos a nuestra incapacidad para desviar una sola nota en la perfecta partitura de nuestro destino.
¿Quién soy yo en medio de esta ilusión? Luego oteé el horizonte, y obtuve la respuesta a mi pregunta. Estaba a punto de cruzar el umbral del túnel sin retorno, pude ver una pétrea estela. Le seguían muchas otras. No era una presencia física, ni siquiera tenían la apariencia o consistencia de la piedra: el universo no tenía ni un solo callejón sin señalizar.
Las cosas habían florecido y se habían marchitado. Una historia que se cumple a sí misma en todo momento. La lección más sencilla para el hombre.

Eva Registered & Protected
© copyright 2013-03-03 15:13:10 – All Rights Reserved

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From → Relatos

4 comentarios
  1. nebulosasentuiris permalink

    Lo leo, pienso lo de siempre (que no tienes techo).
    Busco información acerca del reflejo miotático:
    Inesperadamente, el texto se vuelve más bello aún, si cabe.

    • ^o^ me miras con buenos ojos, David!!!!

  2. “Todo aquí es puro mensaje subliminal, ¿pero cuál es el mensaje y de quién?
    Me mordí los labios y volví a centrarme testarudamente en la tarea de olvidar.
    A los humanos se nos da bien olvidar. Olvidar sobre todo las consecuencias de nuestras acciones o inacciones.”
    Excelente, disfruto mucho lo que escribes.
    Un saludo cordial.

    • Idem, aunque a veces tenga que leerte ( y a otros blogueros) desde el móvil, con lo que ello conlleva. Espero poder, muy pronto, columpiarme en vuestras palabras y sentirlas a flor de piel…
      Bsos ^0^

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