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Recuerdos ilusorios

abril 16, 2013

EvalunA 336_副本

Recuerdos ilusorios

¡Qué mundo tan raro, donde aún existe la capacidad de emoción, y donde, quizá, la misma compasión parece estar fuera de lugar!

Cada cual moldea su sensibilidad como si de un infierno o paraíso a medida se tratara. La sensibilidad emocional siempre complica las cosas.
Escribo y alzo la mirada, de tanto en tanto, hacia la pared cereza aterciopelada de mi habitación; con el pulso acelerado, debatiéndome entre el alivio y la congoja. No quiero mentirme. Leo algunos postis y me quedo perpleja, mis facciones se tensan gradualmente. Palabras.

¡Cómo cambian las cosas! Me invade un pensamiento veloz y luego otro más pausado: dejemos que cambien, que fluyan, que ocurra lo que tenga que ocurrir. El primer paso para ello, esta vez no es vivir tal cual lo entendemos, es meditar. Hacer visibles los familiares flashes y registros mentales que sin proponérnoslo nos asaltan sorpresivamente la mayor parte de las veces; hacernos las preguntas importantes echando la vista atrás lo sucinto, lo justo y necesario, para descubrir, en una aproximación genérica, por qué los recuerdos repetitivos avanzan por nuestro torrente sanguíneo como parásitos adheridos al alma. Nos arrastran a un abismo de abisales aguas, de sombras perpetuamente gélidas o hirvientes, calentadas por chimeneas hidrotérmicas. Tenemos que limpiar escrupulosamente la zona afectada y lanzar al exterior, tan lejos como podamos, a esos polizones infectos que nos deshacen los huesos y la piel.
Lo demás debe permanecer a salvo y oculto. Como se puede comprender, nadie tiene modo de saber lo que pertenece a nuestra memoria real y lo que es imaginado o soñado. Nadie puede saber a qué atenerse cuando desconoce la diferencia…
A menudo nuestros sueños y pesadillas se encuentran a mitad de camino entre lo real y lo ilusorio, a mitad de un camino, y con los pies descalzos, sobre la húmeda hierba o la dorada arena, bajo el enorme sol crepuscular o la incipiente alba.

Miro una fotografía en sonoro silencio recordando las imágenes excitadas por ella misma, por algo tibio y bello, por algo dulce y auténtico que me eriza la piel. Trato de cerrar los ojos y recuperar los más nimios detalles: el color de cada partícula suspendida en el cielo o desplegada y extendida sobre la tierra. Solo es un sueño placentero, una mentira transitoria. Me dan miedo las mentiras.

Ahora me detengo en un dibujo metafórico. Su forma es un completo enigma para los profanos, como mis propios sentimientos: agua, demasiada agua.
El agua lo borra todo, con un pequeño esfuerzo y estímulo podría destruir el pasado más pujante de la humanidad.
Hay un cierto placer en la destrucción humana. Los bohemios devoran el tiempo entregados a las presentes circunstancias, siempre presentes.

De buena gana diría esas mágicas palabras que nos obligan a destruir todo lo construido, a levantar de la nada nuevos temperamentos. Esas palabras que nivelan y engullen las eclécticas obras del pensamiento: deconstrucción, destrucción, indiferencia…
Los secretos más hondos del corazón humano siempre quedan al desnudo bajo las aguas del tiempo. Ahí yacen mansos con todas sus trayectorias, complicadas y simples, plenas de aristas y vértices o planas como el papel.
La idea va sitiándome poco a poco, segundo tras segundo, hasta apoderarse implacablemente de mi cráneo.
¿Por qué los recuerdos perturban la vida? ¿Por qué aparentamos esa estúpida y anodina normalidad que nos amuralla ante otros hombres?
Crucé en mi deambular el último umbral compacto de recuerdos ilusorios, los que nos llevan a buscar la felicidad. Nos agotamos construyendo mundos ilusorios en busca de una felicidad perenne que solo resiste días, meses o años.
Me asomé a mi interior para manosear, por última vez, aquellos pensamientos y sentimientos, para analizar la enfermedad de la que pretendo curarme, para borrar o congelar esas imágenes y dibujos que ya no encajan en parte alguna y que pudo haber pintado cualquier desconocido ¡me cuesta tanto reconocerme en ellos!.
Estaba convencida de que al cabo de un tiempo determinado tendría que hurgar en mi viejo bloc de dibujos y desenterrar los viejos fetiches para relacionarlos con recuerdos precisos de mi vida.
Todo estaría mal iluminado y ambiguo alrededor de las cosas que vivimos juntos: los sentimientos, las emociones, las conmociones; esas cosas que por hermosas o impactantes, al menos nos lo parecían, habrían de ser reseñadas como memorables en nuestra bitácora vital.
Sin lugar a dudas son esos hechos y situaciones que nos parecían cotidianas las que ahora reclaman la mayor parte de nuestra atención interna. Una súbita revolución mental y visceral nada práctica.

Soy, en efecto, visceral y emotiva pero no llego al extremo de destruir o deconstruir todo recuerdo o todo lo que huele a ritmos temporales surrealistas. Y seguramente haya más cosas surrealistas en nuestro cerebro de las que imaginamos; muchas más que los simples recuerdos pero ahora no caigo. Aunque nada, o casi nada, deje reseñas perdurables en nuestro imaginario pasado lo cierto es que es lo que configura nuestra memoria personal. Nadie puede vivir sin memoria.
Si he de ser sincera, diré que tal vez no recuerde ese año intenso y raro que forma parte, ya, de mi pasado. Recordamos mal y poco, fieles a nuestro sano deber cotidiano de limpieza y orden mental, de racionalidad y pragmatismo.

Eva Registered & Protected
© copyright 2013-04-16 17:27:05 – All Rights Reserved

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From → Prosa poética

2 comentarios
  1. Tampoco elegimos los recuerdos que cargaremos.
    Coincido, de alguna u otra forma contaminamos el recuerdo, así que conviene una posición cínica para con los recuerdos.
    Un verdadero placer leerte.
    Un fuerte abrazo.

    • Sabes q siento lo mismo ^o^ Bsos

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