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La oscuridad que nos parasita

agosto 12, 2012

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Guillermo Almo Martín © copyright 2012 All Rights Reserved

La oscuridad que nos parasita

De vez en cuando me encuentro con evidencias secas de infelicidad. La infelicidad que produce saberse no querida. La más acre intoxicación del alma. ¿Qué quieres que te diga? El recuerdo se transforma en oscuridad. Tomamos todas las medidas oportunas para salir de ella, para que no nos asfixie el espíritu. Aprendemos trucos, hábitos y manías para ir tirando, pero en el fondo todo sigue lo mismo, todo sigue igual. A tu alrededor, como al mío, una realidad borrosa que no tiene raíces.

Me sentaba donde podía, la zona que intuía más alejada y protectora, y alternaba la lectura con la meditación. Era frecuente que la mente se desbordara por encima del libro y se lanzara en tromba sobre los huecos afectivos. Como si de una mezcla de ácido nítrico y ácido clorhídrico se tratara, mojaba y remojaba mis huesos para que se fuesen ablandando y el dolor llegara hasta el tuétano. Entonces pensaba en aquellas cosas que quería hacer en la vida antes de morir, antes de desaparecer sin dejar la menor huella de mi paso. La tensión me quemaba y mis reacciones eran involuntarias al principio. Luego, sin querer casi, recrudecía mi autodisciplina, no dejaba nada al azar o a la suerte, iba hilvanando un carácter y una voluntad férrea. Algo que parecía más imposible que improbable.

Tal vez la injusticia fue una de las primeras armas de mi vocación, sin duda, fomentada por mi padre. La injusticia no siempre es el reverso de la justicia, en aquél entonces lo creía. La conmoción de mis vísceras revelaba que aún no estaba preparada para tanto sufrimiento. Para avanzar rápidamente y combatirla, recrudecía mi expresión y ajustaba mi respuesta a su perversa maldad; difícilmente, a pesar de mi conciencia, puedo culparme por procurar sobrevivir. No tenía tiempo de preocuparme por la venganza. Lo que estaba haciendo tenía mucha más importancia para mi supervivencia. Tenía que superar cualquier amargura y aparecer indemne ante cualquier naturaleza bestial. Para quienes me conocen, esta historia no necesita introducción. Para los demás puede parecer una parábola de la condición humana y la decadencia del individuo que ha vendido su alma por advenedizo.

En la escritura volcaba mi pesimismo, mi inhallable misticismo y la más sarcástica visión del mundo. Hubo un tiempo en que la muerte fue un tema atractivo para escribir, representaba una puerta entreabierta a los alaridos de un corazón con tantas espinas que no se podía abrir. Luego apareció el cultivo de lo grotesco y el cinismo: había un cirujano loco, de bisturí afilado, en cada folio en blanco que llegaba hasta mis manos. Devoraba papel y bolígrafos ante una tenue luz, vigilando los trazos, para que fuesen prácticamente ilegibles, y la puerta. El papel, en ocasiones, vale para desfogarse silenciosamente, no vayas a decir lo que no debas. Guardaré para siempre en mis retinas aquella tiranía. La autoridad es un elemento de poder. Si no hay miedo y sumisión a la autoridad el poder se diluye. Precisamente en la justicia había sentido de necesidad de justo poder. Cuando el poder es justo no hay uso o abuso de la fuerza física o del maltrato psicológico. La verdadera justicia se convirtió en algo que explicaba el desprecio que sentía por los actos perversos, por la maldad, por la mentira, por el desamor, por el maltrato que devoraba la sangre en su forma más cruel. Parece ridículo tener miedo a entrar en la casa donde practicamente has nacido. El miedo paraliza. El terror repta y se enrosca al cuello como una enorme pitón.

Así comencé a sentirme más cerca de los desheredados de la tierra. La soledad y la meditación me convirtieron en una voz que, aunque escéptica, emitía crudos y directos juicios sobre la injusticia y los condenados a vivir en la oscuridad o el silencio más escandaloso. Así comencé a trabajar en mi nuevo destino; aún con esa elección tomada, buscaba el bálsamo del papel virgen para narrar el infortunio, el desamor, la desesperación, la disconformidad, la rebeldía, la frustración, el miedo, el olvido.

Cualquiera de mis viejos escritos podía comenzar del mismo modo: con la crítica feroz, a veces ensañamiento, de la bajeza moral, del absurdo de la vida, de la infamia del maltrato, físico o psicológico. De todo aquello que hiere gratuitamente y que hace que un estremecimiento, de puro temor, te recorra el cuerpo. En aquél momento se me ocurrían mil cosas que, aún hoy, me presionan el pecho. Esa carga, incluso en este presente que me arrastra, me pesa en la espalda, como pesa un clima de tragedia en una obra de Shakespeare. Una de esas obras que no necesitan explicación alguna una vez empiezan.

Hoy sé que no vale la pena poner el alma en una causa contaminada por el odio, la rabia o el desprecio. El que se sienta capaz que lo haga y así sabrá cual es la medida justa de su conciencia. Hoy sé que hay que aprender a defenderse del mundo, y de uno mismo, con dignidad. Hay que seguir adelante con dignidad, cueste lo que cueste; vivir y dejar vivir, pese a cualquier mala pasada que la vida nos depare.
Si meditas es fácil calcular, mentalmente, todas las consecuencias de nuestros actos o inacciones. Entonces de nuestro interior aparece el rebelde solitario y taciturno que puede vagar por una verdadera historia novelesca sin escribir una sola línea. Como si de una crónica marciana se tratara, podemos soñar con el éxito y los únicos valores que esa apetencia, anhelo o necesidad representan: poder, dinero, fama, vértigo, adrenalina. El sueño desnudo siempre es el mismo y se repite una y otra vez; entramos en un torbellino de enajenación que nos envuelve hasta aniquilarnos completamente.
Nunca he pretendido cuestionar a los que buscan el éxito con dignidad. El éxito sirve para esbozar una vida apetitosa y apetecible, pero ¿Qué representa para un hombre el camino hacia el éxito? ¿Qué representa el éxito para aquellos que rodean a ese hombre que abraza el éxito?

Nunca el deseo de reconocimiento se ha considerado una enfermedad. Aunque muchos psicólogos y otros profesionales especializados en la mente puedan improvisar miles de teorías tejidas y desmenuzadas como tesis o ensayos sociológicos, antropológicos o médicos. No están seguros de que la mente pueda leerse con facilidad, pero el material acumulado, los datos compilados y la experiencia profesional sirven para elucubrar teorías; e incentivar, al tiempo, muchos intereses acordes con las circunstancias. El círculo se cierra, casi siempre, sobre el patrocinador del estudio. Y casi siempre, se articula una nueva necesidad que se va recubriendo de oro líquido o solvente liquidez. Es imposible publicar un ensayo especializado si no hay detrás un suplemento, oculto, que haga que todos los datos se reordenen y reconstruyan con un gran y ahormado esfuerzo, por parte del autor, para que tengan cabida en una publicación de gran repercusión.
Tal vez el secreto orgullo a ser reconocidos nos condene al exactísimo punto que une el principio con el final de algo. Toda la fe del mundo no puede evitar el fulgor de las cosas sencillas, esas que nos hacen empequeñecer y convencernos de que somos pura contingencia, algo transitorio.

Miro Las Perseidas y tiemblo cuando diviso la primera estela, el primer movimiento de la noche. Una palpitación exagerada me obliga a entrecerrar los ojos. Toda la injusticia del mundo desaparece y aparece la humanidad discreta, el sabor de lo simple y natural. Mientras mi vista sube y baja, gira y se detiene una y otra vez en el firmamento deshabitado, apuesto por la vida. La sangre imita cada movimiento brillante de esas estrellas que comienzan a emerger de la oscuridad, unas tras otras, y brillan intensamente como si con ese desesperado fulgor rehusaran descender y desaparecer sin más. Brillan apasionadamente como si adivinaran su suerte.

Yo adivino las trampas que me tiende el miedo. El sabor acre del miedo y el enorme volumen que ocupa en el pensamiento. Sabor a peligro, olor a inseguridad, gélida punzada de desánimo, parálisis. Mi mente trepa por un camino escarpado y peligroso. Un creciente dolor se instala en la médula, escalando hasta el último grupo de neuronas que tienen el privilegio de elaborar las emociones. Me siento absolutamente desdichada y hastiada. Por increíble que parezca desconocemos nuestros propios límites. Mi umbral de dolor es demasiado alto. He debido acostumbrarme al dolor como si de un familiar compañero de viaje se tratara. Alguna determinada vuelta de tuerca hace que desee desesperadamente salir de ese abismo. Pero mientras busco frenéticamente en mi memoria un asidero confiable, de mis ojos aflora alguna que otra lágrima. La imagen mental que acude en mi ayuda es muy intensa, como sus ecos: ¡Concéntrate! ¡Ensimísmate en los libros o en la aventura creativa! ¡Enfoca tu mente de forma adecuada! ¡Puedes, es fácil! ¡Tienes todas las cosas necesarias para llegar a la luna! ¡No eres un ser mediocre, eres creativa y visionaria! ¡Has desarrollado esquemas de pensamiento absolutamente superiores! ¡Quema los puentes y el camino estará expedito!

Me limpie la humedad del rostro intentando dejar de temblar y alargué el brazo hasta la estantería de los libros. En cuestión de segundos, pasé del miedo al azul acero, el hueso contra el metal. Han cantado los ángeles y es buena cosa analizar las heridas recibidas.

Sabía de sobras que los libros eran como opiáceos que adormecían el dolor psíquico que la injusticia me infligía. La mortificación se volvía fugaz o más leve por instantes, haciéndome más fuerte y con valores más sólidos.
También es cierto que había mostrado, desde pequeña, un verdadero interés por el conocimiento, una verdadera fascinación por la curiosidad en sí misma. La curiosidad por aprender había estimulado mi peculiar mente y mi sed de conocimientos.
Dormía poco, sabía que estaba condenada a un duro esfuerzo. Pensándolo bien es un buen proyecto de entrenamiento físico y mental. Un verdadero ejercicio táctico que había estado en mi cabeza todo el tiempo. Parecía deber mi supervivencia a unos principios inexpugnables. Dejar atrás la oscuridad supone construir con esfuerzo un verdadero carácter. Tomar la iniciativa y comprometerse con un lento y, a veces, tedioso trabajo.
A partir de ahí seguí pensando que nunca había tenido un impulso, un imperativo, tan fuerte como ahora. Estaba dominada por una implacable sed de justicia. Mi sed es tan espontánea como premeditada: ¡Sí, eres pura disciplina!¡Tienes suerte de tener esta oportunidad!
-me decía con tono neutro y seco y me acerqué a los estantes repletos de libros.-

No tenía ninguna preparación para elegir los libros adecuados. No podía elegirlos meticulosamente como me hubiese gustado hacer. Así que me dediqué a hacer juegos de prestidigitación con la mirada. Un juego que culminaba en las primeras y últimas palabras del libro afortunado. He descubierto que todo libro, por malo que sea, aporta algo. El espíritu crítico no se construye leyendo exclusivamente joyas literarias.

La oscuridad, como la esperanza, es eterna. Camina libre por las aristas de la mente. Nos recuerda, permanentemente, que todo fue suyo una vez. Bregamos entre sus traicioneras corrientes. Nos acecha como una fiera que logró salir de la jaula y probablemente nos termine encontrando. Somos un blanco perfecto de carne que ha experimentado la vida. Es mucho el espacio a defender y nuestros propios demonios juegan en nuestra contra, materializándose mágicamente, vampirizando la maravillosa belleza de la existencia que nos alienta.

Eva Registered & Protected
© copyright 2012-08-12 12:38:28 – All Rights Reserved

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From → Relatos

2 comentarios
  1. nebulosasentuiris permalink

    De vez en cuando, uno lee algo, algo que parece que secuestra sus pensamientos y los retuerce con fuerza, sacando así todo lo que estos esconden.
    No se cuán profunda y personal es esta entrada, lo desconozco.
    Solo se que es un escrito que me ha recordado que los seres humanos no somos tan diferentes. Es como si lo hubiese escrito yo mismo.
    Me ha encantado especialmente, de lo mejor que he leído por aquí.

    P.D: He twiteado algunas frases de este escrito en mi cuenta, con el correspondiente enlace a tu blog, por supuesto. Imagino que no habrá ningún problema, ¿Verdad?

    • Gracias David, eres un cielo!!

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