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Sin Leitmotiv 

abril 1, 2012

Sin Leitmotiv

A pesar de estar bastante sola, tengo “amigos” repartidos por todo el mundo. Sin este sentimiento de amistad la vida se hace dura, a veces incluso se desmorona. Por supuesto, no es siempre el caso, la amistad depende de las personas y su construcción, también, depende de las personas.

Tengo un enorme culto a la amistad, tan grande como a la justicia. Siempre he dado mucha importancia a los amigos, digamos que ni siquiera estoy totalmente segura del origen o la verdadera razón de ese culto. No quiero creer que se trate, exclusivamente, de algo pasajero o de algo inherente a la edad y que tenga la etérea consistencia de una bella utopía.

Parpadeo unas cuantas veces y me pregunto entonces: ¿qué es un amigo?. Algunas imágenes vienen en mi auxilio, son como diapositivas de recuerdos y flashes. Me resulta sorprendente lo fría e indiferente que suena la propia voz de mi conciencia. Es como si me hubiera contagiado de los malos pensamientos y prejuicios que revolotean a mi alrededor en este día plomizo. Me siento un poco acongojada. Interpreto esta congoja como podría interpretar uno de mis dibujos, más oscuros, a carboncillo: una mazmorra muy profunda con una gran y pesada puerta de hierro. Las paredes son una mezcla de roca calcárea grisácea y roca granítica, también grisácea, que parecen exhalar un olor a moho viejo y formaldehído. Una de las paredes, la más oscura, está llena de criptas excavadas en granito vivo.
Me doy perfecta cuenta, ahora, de que estoy usando más una parábola que una metáfora y mi rostro se vuelve tenso. Una especie de calor febril escala por mi faz y me inclino hacia delante como si la cabeza me pesara demasiado.

No sirve de nada hacerse ciertas preguntas, la mente se limita a bloquearlas cuando pensamos que las respuestas serán demasiado dolorosas. Ahora me asalta otra imagen más viva y me siento impotente y torpe: sé que él está mal y no puedo tirarle del pelo, escuchar o simplemente guardar silencio y besar las palmas de sus manos o sus mejillas. Estoy al borde de las lágrimas y no quiero llorar. Muchas veces había pensado que sólo lloriqueaban los niños pequeños o esos egocéntricos que se pasan el tiempo mirándose el ombligo.

Siempre me había tenido por alguien que sabe escuchar. Siento que, cuando de él se trata la torpeza me incapacita por completo. En otro contexto, y tratándose de otras personas, la confianza y la racionalidad habrían funcionado perfectamente; hubiesen bastado. Ahora es como estar esperando a que los planetas propicios se alineen o que suceda algo inesperado que me pueda orientar y permita saber qué está ocurriendo. ¡Quiero comprenderlo ya, tengo que comprenderlo ya!.

Creo que siempre he sido pragmática y racional, al menos eso me decían profesores y maestros, pero en este preciso instante no me siento nada de eso. Las conexiones entre personas son ilógicas, no se atienen a razonamientos. Son las emociones las que parpadean encendiendo y apagando sus luces a modo de faro guía.

Una vez más me sorprendo garabateando nerviosamente un cuaderno mientras pienso que soy una ingenua. Siempre me ha apasionado escribir en los ratos libres. Ahora hago garabatos, me llevo el bolígrafo a la boca y visualizo su rostro. Al mismo tiempo me voy sumiendo más y más en un estado de profunda melancolía que comienza a difuminar mis propios contornos.

Pienso, está encerrado completamente en sí mismo y me resulta por completo inalcanzable. La psicología inversa, con él, no ha dado resultado, la empatía no ha dado resultado, el silencio no ha dado resultado. Suspiro y me digo que estoy forzando situaciones y no es así como se llega al corazón de las personas. Si él no quiere, nada podré hacer. Muy al contrario, cada uno de los finísimos hilos que nos unen se irán desgastando o deshilachando hasta terminar por romperse. No puedo darle otra charla. Desde luego que no. Ya sabe que estaré ahí siempre que me necesite, ahora solo puedo esperar que él cruce la distancia que nos separa o no volverá a confiar en nadie.

En algún momento de las cuarenta y ocho horas antes decidimos que íbamos a comer juntos. No tengo que hacer el menor esfuerzo para no olvidar ningún detalle de aquella comida. Pensar exclusivamente en la comida es un salvavidas para mí. Luego, por la noche, y para variar, la cagué con uno de mis incisivos argumentos, aunque usado con la mejor de las intenciones posibles. Dicen que de buenas intenciones están enlosados los suelos del infierno, ahora puedo entender la paradoja que encierra un pensamiento tan metafórico. Trato de no pensar demasiado en aquél día, por todo lo bueno y por todo lo malo, no me sentiría a salvo de mí misma.

 
Tengo el rostro húmedo, no me había dado cuenta antes, son lágrimas. Llevo cinco horas acostada en la oscuridad y una voz interior comienza a susurrarme: no le des más vueltas, venga, duérmete. El dolor de mi espalda y costado me lo pide a gritos, duérmete. La mente puede ser la más empecinada e incansable trabajadora: me paso los treinta y cinco minutos siguientes reflexionando sobre la cantidad de puentes extendidos, en el mundo, entre personas y en la facilidad con la que pueden derrumbarse. Luego la nada, el sueño y el agotamiento terminan por abatirme completamente.

 
Creo que me he desviado del Leitmotiv de mi disertación. Se trataba de escribir sobre la amistad pero ahora el tema no me resulta lo suficientemente atrayente como para poder construir una historia edificante.

Eva Registered & Protected

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From → Relatos

10 comentarios
  1. los amig@s que nos hacen llorar son l@s que nos arrancan una pequeña melodía del corazón…

    un relato (de ficción?) de lujo… enhorabuena 🙂

    • Xavier, gracias por tu hermoso comentario, y no tan ficticio como quisiera. Algunos amigos son más que amigos, casi hermanos, y cuando los ves sufrir haces lo que sea necesario por ellos; creo que por esos amigos si tuviera que llegar a las manos en una situación límite ( practico un antiguo arte marcial desde hace dos años ya, dentro de nada voy a dar el gran salto al combate), aún siendo una persona pacífica y pacifista, lo haría, llevase o no razón.

      Bsos.

      • haces (y además escribes) muy bien, laikeva

        por un ser estimado tenemos que partirnos la cara …con razón o sin ella… aunque si lo hacemos, alguna razón de suficiente peso habrá para ello… seguro

      • Xavier, nuestras almas morirían, porque viven en esa especie de campana, donde habitaba la rosa del principito, llamada lealtad… la cara y lo que sea necesario.

        Bsos mil Xavi y mil gracias

      • Curioso… mira que he leído veces esa gran obra de Antoine de Saint-Exupéry… pero se me había escapado la metafora de la campana… como la lealtad… cuando lo vuelva a leer, me fijaré más… gracias por el apunte

      • ummm ^o^ si eres leal a un sentimiento realmente estás capacitado para cuidar de él…porque ese sentimiento perfuma tu existencia (el planeta del principito). Todos los mundos están en este.
        Bsos Xavi

  2. José Vicente Ríos permalink

    Efectivamente el pragmatismo y la racionalidad no sirven para las relaciones afectivas, por lo menos no para las que tienen una base de verdad; y me atrevo a decir que esto es así por suerte. Sufrir por un amigo no sé si será racional (desde luego no pragmático), pero es inevitable e indispensable si te importa de verdad.
    Un gran abrazo.

    • No creo que pueda añadir mucho más…
      José Vicente, bsos.

  3. precioso, el poema evaaa, me encanta los poemas que haceees 😉 un beso guaapa

    • Gracias, Fran.

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