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La búsqueda de la felicidad

marzo 19, 2012


La búsqueda de la felicidad como camino.

La búsqueda de la felicidad es algo más que un ideal o un deseo del ser humano. Pero la felicidad no consiste sólo en una sucesión de sensaciones placenteras. Y es que con frecuencia olvidamos que la cuestión verdaderamente importante es llegar a dar sentido a nuestras vidas, de forma coherente, conociendo bien la naturaleza profunda de nuestro propio ser.

Pese a la aparente sencillez del concepto “felicidad” la realidad es bien distinta. El concepto felicidad puede ser tratado desde muchos aspectos diferentes y desde muchas ciencias o disciplinas diferentes. Yo voy a centrarme en la felicidad que bien podría ser sinónimo de “realización”, que trata por tanto de las acciones necesarias para casar nuestros sueños, utopías e ideales con las condiciones necesarias para la realización. Una de mis frases- citas preferidas es “¡Si quieres que tus sueños se hagan realidad, despierta!”, pues bien, el individuo, con sus circunstancias, sólo transitará por el camino de la realización si logra “interpretarse” a sí mismo y a sus “condiciones de vida” y encuentra en el despertar su interpretación.

La felicidad es una sensación de plenitud, es una sensación de haber sido capaz de dar cierto sentido a nuestras vidas, de haber desarrollado el potencial que todos llevamos dentro desde el entendimiento y la capacidad de comprender la naturaleza íntima de nuestra mente.

¿Quién sabe cómo dar verdadero sentido a la vida? Nadie nos enseña a dar sentido a nuestras vidas, por tanto tenemos que rastrear por nuestra cuenta, encontrando las técnicas que nos sirvan para la transformación de los sueños en realidades. Reflexionar sobre nuestros objetivos, sobre nuestros sueños nos ayuda pero podemos equivocarnos fácilmente, podemos ambicionar “cosas” que una vez alcanzadas no nos procuran esa sensación de plenitud. Podemos, sin duda, equivocarnos de sueños y de caminos para conseguirlos. Sin embargo los fracasos no pueden detener nuestra marcha, nuestra evolución personal. El fracaso es una lección de vida; una lección dura pero que implica aprendizaje y crecimiento si logramos “aceptar” esos fracasos y seguir elaborando sueños, seguir soñando. En cada momento, de nuestras vidas, hay que mantener una voluntad férrea y la determinación de alcanzar objetivos.

No saber, no conocer lo suficiente, el significado de nuestra vida, no implicarnos lo suficiente en encontrar ese sentido a nuestra vida, conduce al desánimo y a sentimientos de inutilidad o fracaso que pueden conducir a la desesperación y a una tristeza que roza lo patológico.

Para muchos de nosotros, la respuesta pasa por el aspecto emocional, por las expectativas emocionales. Encontrar afecto, ternura, dulzura, comprensión, respeto, etc. que quedan subsumidos en el término “amor”. Del mismo modo, nuestra particular necesidad de reconocimiento o de atención nos hace ser lo que somos o quiénes somos. Los sueños de felicidad que se centran en este aspecto emocional, o que llevan implícito este aspecto emocional como eje fundamental de nuestro proyecto de vida, dependen en gran medida del “otro”, de las “necesidades” y sueños de la persona amada.

A la vista de nuestra necesidad permanente de los otros, o del otro, nos podemos encontrar con el fracaso una y otra vez; pues nuestras ilusiones y sueños (sin entrar en el terreno de la convivencia) pueden ser incompatibles o diferentes totalmente del de la persona que amamos. El ser humano tiende a elaborar imágenes oníricas del ser amado, también tiende a “proyectar” sus deseos y anhelos en esa persona objeto de nuestro amor. Entramos entonces en el terreno de la frustración, de la decepción, incluso en una espiral de desilusión que desemboque en una tristeza y melancolía profunda.

El afecto es una tendencia conductual que deviene de nuestras necesidades emocionales y sentimentales (ternura, comprensión, reconocimiento, etc.). Dado que somos seres sociales, y el ser humano está sujeto a eso que llamamos “Condición humana”, estamos sujetos a un tiempo y espacio determinado (una especie de ley de causa y efecto)que es la clave para nuestra interpretación del otro y de nosotros mismos, en la misma medida el otro se interpreta a sí mismo y a nosotros, como un análisis que partiera del subconsciente ( pues ya tenemos en la mente elaborados nuestros prejuicios y nuestras inclinaciones y la parte inconsciente de nuestros sueños).

A veces el amor que se alcanza desde las primeras impresiones (desde los sentidos) del otro es una mera fantasmagoría, una alucinación, que probablemente nos lleve al fracaso.

El amor puede ser objeto de una dialéctica y retórica que proviene de nuestro imaginario colectivo ( del lenguaje poético, del amor, el romanticismo poético, de la ensoñación poética, del lenguaje onírico) y que puede representar el aletargamiento de la conciencia, una especie de estado vegetativo ante la incapacidad temporal de asumir el fracaso, el error.

Amar es algo misterioso y salvaje, que trasciende el tiempo, espacio y causalidad. Golpea como una tormenta, nos sacude, en todos los sentidos, en lo más profundo del ser, mente y cuerpo; libera nuevas energías en nuestro ser y puede ser, efectivamente, un objetivo que de significado a nuestras vidas.
Al ligarlo al sentido de nuestra vida no podemos escindirlo de la experiencia de fracaso, de la fragilidad y arbitrariedad del valor sobre el que construimos nuestro sentido de la vida. Podremos salir adelante siempre que seamos capaces de asumir y dominar el hecho de que nuestra vida se vacíe de contenidos “temporalmente”. Los objetivos del otro casi siempre son distintos a los propios.

Somos el resultado de un acto de amor (aunque a veces seamos una consecuencia no deseada) pero el concepto amor no es exclusivamente lo que llamamos hacer el amor.

Hay personas que aspiran a una gran cantidad de relaciones amorosas, por así llamarlas, en realidad a lo que aspiran es a una gran cantidad de relaciones, especialmente sexuales, que procuren placer y les saque del sentimiento de vida rutinaria. Estas personas tienen un ideal de vida hedonista ( llena de placeres y ausencia del dolor).

Ese tipo de lícita aspiración casi siempre desemboca en hartazgo y decepción. Mantener todo el tiempo la ilusión de que el amor es salvaje, arrebatador, cósmico, una explosión de los sentidos difícil de dominar y domesticar, un cosmos de profunda sensación incapaz de someterse a lógica o de asumir compromiso alguno, es muy difícil de lograr. Tal vez nos alejamos de esa concepción del amor al perder nuestra “animalidad” en pro de la “socialización”. O quizás esa concepción del amor simplemente esté sustentada por el deseo de carnal y el placer que procura la conquista, el desear y sentirse deseado una y otra vez.

La percepción de un objeto como deseable o indeseable no está en el objeto mismo, sino en cómo lo percibimos. La sed de alabanza y el temor a las críticas o a la no aceptación pueden perturbar innecesariamente nuestras mentes de diferentes maneras, y estas preocupaciones crean una especial vulnerabilidad psicológica.

Estamos dispuestos a alabar y a dejar que halaguen nuestros egos, y percibimos a los espíritus críticos como una amenaza. Cuando alabamos desde la sinceridad, y en la dirección correcta desde el punto de vista de nuestra ética, nos centramos más en las cualidades humanas dignas de elogio, que hay en nosotros mismos y en los demás. Por tanto el elogio se transforma en acción positiva; una crítica constructiva que nos da la oportunidad de demostrar a los demás o a nosotros mismos que merecemos la pena.

Del mismo modo, cuando se nos critica, si la crítica tiene fundamento y es constructiva, es beneficiosa porque nos permite tomar conciencia de los defectos y errores que tenemos corregir. Si la crítica no tiene fundamento, o razones que la justifiquen, lo mejor es hacer caso omiso. ¿Para qué enfadarnos? La paz interior que nace de una conciencia tranquila, no la puede alterar lo que los demás digan u opinen de nosotros.

La alabanza y la crítica son como hojas llevadas por el viento o ilusiones pasajeras. Su único poder es el que queramos darle. Las hipócritas y falsas alabanzas y críticas no pueden cambiar lo que somos. Puede que afecten, un poco, a nuestra “imagen” pero nunca lo suficiente ni el suficiente tiempo como para cambiar lo que somos y hemos decidido ser.

Ser capaces de sobreponernos, sin inquietarnos, a las críticas y alabanzas hipócritas requiere del cultivo de los valores fundamentales del ser humano para la vida en sociedad. Estos valores son los que nos permitirá conducirnos en el mundo en libertad y con la suficiente fortaleza y sabiduría como para evolucionar y crecer. Si somos capaces de lograr este propósito ¿Para qué preocuparnos por lo que la gente diga? Si lo hacemos entramos en una espiral de egocentrismo y egolatría que nos terminará atrapando.

La vida es amor, sólo que no se ajusta siempre a nuestro ideal concreto de amor ni a nuestras ilusiones concretas. Es necesario aprender a mirar desde diferentes ángulos para descubrir toda la riqueza de sus facetas. A menudo nos topamos con experiencias difíciles y duras pero que nos hacen crecer y evolucionar, y de las que terminamos saliendo fortalecidos y enriquecidos si sabemos afrontarlas con valentía y determinación.

Discernir e identificar las necesidades del otro no es tarea fácil. Nuestra propia necesidad de afecto, de amor nos hace desenfocar, con frecuencia, al otro y centrarnos más en nosotros mismos. Pero siempre estamos a tiempo de corregir el rumbo si hay reciprocidad en esa relación. De lo contrario tendremos que aceptar, con resignación, el fracaso, como realidad, y dejar marchar al otro.

Todos hemos oído alguna vez : “Lo que yo quiero es ser feliz!”. Es cierto, para muchos es la gran meta de sus vidas. Vivimos persiguiendo momentos de felicidad
Sin embargo, la felicidad en un estado “interior” del ser, una forma de manifestación de un espíritu que ha logrado la serenidad, la armonía, la paz del espíritu. Por ello es tan difícil de alcanzar. La alegría, para el común de los mortales, es posible si nos esforzamos en conseguirla: Evocando buenos recuerdos, regocijándonos en la alegría de los otros, sonriendo, aceptándonos y aceptando a los demás tal cual son y quieren ser. La risa es contagiosa, comenzamos por una leve sonrisa y se empiezan a subir en las comisuras de los labios en cuestión de segundos, de repente se nos olvida, que estábamos tristes, preocupados o tal vez llorando.

La felicidad hay que buscarla en lo más profundo de cada uno de nosotros. No podemos confiar en esa felicidad que depende, exclusivamente, de factores externos: como por ejemplo del amor de una persona concreta. Si así lo hacemos sólo recopilamos un montón de razones para decepcionarnos y para llegar a constituirnos víctimas perfectas. El victimismo es algo más que llamar la atención de los demás, a veces es un estado emocional que roza la patología.

Cualquiera que sea la tradición cultural a la que recurramos (clásica, occidental, oriental, judeo-cristiana, etc.) los eruditos, del pasado y del presente, dicen que la alegría se cultiva y es un estado inherente al ser. Por tanto depende, en gran parte de nuestra voluntad y determinación por alcanzarla.

¿Qué es realmente lo que queremos más que nada? ¿Cuál es la prioridad en nuestra vida? Son preguntas que sólo nos podemos responder cada uno de nosotros tras la oportuna reflexión y previo conocimiento de nuestro verdadero ser (nosce te ipsum) luego un día, sin apenas darnos cuenta, sentiremos cierta liberación, cierta sensación de armonía con los demás, con el Universo. Nos habremos liberado de los mecanismos psicológicos de la proyección, del victimismo, del egocentrismo para ser plenamente conscientes de que no sólo la libertad, sino también la responsabilidad y el compromiso, nos acerca a ese estado interior llamado felicidad; entonces podremos transmitirla, sin esfuerzo prácticamente, a todos los demás.

El victimismo, la culpa no ayuda al ser humano. La culpa crea en la mente la impresión de que uno ha perdido la dignidad propia del ser humano y nos sume en un estado de perdida de autoestima que puede desembocar en tristeza, depresión e inacción. Es más fructífero lamentarnos de nuestros errores y proponernos corregirlos, incluso reparar el mal cometido, si es posible, que caer en las redes de la culpa.

Por supuesto que hay que evitar hacer daño de forma gratuita, o mal intencionada, a los demás. Sin embargo, si le hacemos daño o le causamos dolor a otros, no podemos caer en brazos de la culpa; en el ser humano hay un enorme potencial para el cambio. A veces es suficiente con pedir perdón, otras no, en todo caso hemos de demostrarle a esa persona, a la que hemos causado dolor, nuestra intención de corregir el error y ser perdonados.

En resumen: la felicidad consiste en mantener la ilusión por la vida. Seguramente esa búsqueda no sea nada fácil. Paradójicamente debemos comenzar a buscar en nuestro interior, por más que seamos seres interdependientes y necesitemos a los demás para la propia realización. Es maravillosa esa sensación de sentirnos conectados, unidos a otros seres, pero al mismo tiempo conservando nuestra libertad, autonomía e independencia.

La búsqueda de la felicidad, pasa indefectiblemente por tratar de respondernos a cuestiones tan importantes como:

¿Quién soy yo? ¿Cómo soy? ¿Qué aspiraciones tengo en esta vida? ¿Qué es el amor? ¿Existe la pareja perfecta? ¿Debemos aspirar a lo mejor o conformarnos con una persona adecuada? ¿Debemos amar a una persona, pareja, que no nos ama? ¿Cómo me perciben los demás? (La percepción que de nosotros tengan los otros siempre es un referente, de partida, para indicarnos quiénes somos y cómo somos).

Eva Registered & Protected

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From → Comentarios

One Comment
  1. Gracias Sergio!!! Bsos.

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