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Pepo

febrero 24, 2012

Mi gato

Tengo un gato. Un gran peluche llenito de suave pelo sintético. A veces me dice que sus días son un montón de ronroneos y sueños tranquilos esperando la noche. Cuando llega la una de la noche se despierta y me mira pidiendo ser abrazado. A veces no se conforma con dormir a mis pies, dice que están demasiado fríos. Sigilosamente se desliza bajo mis sábanas y se coloca justo en mi costado. Así que nunca estoy sola en la cama.
Es un gatito que no tiene cumpleaños. Tiene los mismos meses desde que lo conozco. Tiene 9 años en realidad pero sigue aparentando tres meses. Aparentemente, el tiempo no parece pasar por él. Le puse nombre de niño y aprendió rápido a acudir al sortilegio de esas escasas palabras.
Siempre tiene algo que decir. Es charlatán y complicado como un filósofo clásico, así que nunca me aburro y , su parloteo incesante, también me tranquiliza.

Ah, sí, él se despierta solo, parece anticiparse a los primeros rayos solares. Si me quedo dormida porque el reloj despertador no haya sonado, él me despierta. Me empuja y comienza a desvariar. La misma cantinela de siempre ¿ quién ha visto un gato de campo que quiera vivir al borde del mar?. Pues sí, porque a él le encantaría vivir frente al mar y cambiar sus hábitos y costumbres, no necesariamente de amigos y afectos, e irse a vivir cerca del mar. No puede esperar a ser un poco más viejo y tengo miedo a que un día se escape de casa porque está un poco loco.

El invierno será duro y largo, me dice. No te olvides del abrigo y come más naranjas. Aún estoy medio sonámbula y cansada, es el estado natural de mi cerebro al despertar. Me dice estás dormida y yo asiento, estoy totalmente de acuerdo. A duras penas me levanto. Le temo un poco, sus mítines son insoportables a estas horas de la mañana.

Vaya mierda de día, el sol aún no calienta y parece que corre un vientecillo gélido. No encuentro las gomillas para el pelo y eso que ayer por la noche lo dejé todo preparado. Miro el móvil , pertenezco a esa generación llamada BB que estamos siempre conectados a un no sé que adictivo.
Tengo el pelo un poco encrespado y agujetas en todo el cuerpo. Después de una hora larga de estiramiento y otra de entrenamiento en muay thai, es natural. Tendré que coger la plancha de pelo y me quedan 5 minutos antes de que mi gato me arañe la cara. Está mirándome burlonamente, creo que voy llorar de felicidad. Hoy no me arañará.

Un deseo, un chocolate bien caliente para sentirme bien. Quizás meta el dedo en el tarro de Nocilla. Un momento de éxtasis. Bien podría darme un homenaje con una cucharadita llena hasta el borde, pegarla al velo del paladar y ummm…

Voy a salir a toda pastilla hacia el Instituto cuando Pepo refunfuña, ha descubierto las entradas del concierto. Sólo hace unos días que las tengo pero él las ha descubierto solito. Cuando voy a la ciudad pienso que Pepo lo va a entender. Nunca lo entiende.Le digo que anoche estaba tan cansada que me había olvidado de todo. Tenía las piernas inquietas y se veían las estrellas en sus ojos. ¿ La rabia? ¿ Habrá pillado la rabia gatuna?. Espero que no tenga la tentación de romper algo. Le prometo un baño relajante de vainilla y un masaje . Parece que ha recuperado la calma y la curación espiritual que sigue a un pacto tácito y explicito. Salgo corriendo cuando se relaja.

Termina el día en el Instituto y vuelta a las prisas. Comer de prisa. Salir pronto y con prisas para llegar a las clases que tanto me apasionan y de paso comprar las entradas.
Finalmente conocí al vocalista de Rugidos. Me estaba esperando , entradas en mano, según lo acordado. Lo vi antes de que él me viera. Era un chico normal, si es que existen, sencillo y agradable. Tenía la voz más grave de lo que habría podido imaginar. Es cierto, pero al mismo tiempo incluyente y serena.
Yo tenía un vago recuerdo de su rostro, era como una de esas siluetas brumosas que cruzan al azar las avenidas de la ciudad. En realidad, esta mañana, yo era una de ellas. Una silueta brumosa que camina.
El concierto me pareció una buena manera de motivarme más para seguir hincando los codos, siento que las vacaciones aún están muy lejanas. El concierto parece haber suavizado esta visión.

Ya en el gym, al que llevé a una amiga para una clase de prueba, me sorprendí riéndome demasiado alto, me reí demasiado fuerte y con demasiadas ganas. Miraba a mi amiga saltar o golpear con el pelo desordenado, como si un viento huracanado lo hiciera flotar por todas partes y lo apartara de la cabeza, su lugar natural. A veces, a causa de todo esto, algunos de mis compañeros reían también, sin poder remediarlo. Era una risa amiga, la risa que nos hace reconocernos en el novato o novata que tenemos que tutelar en cierta medida, porque nosotros también fuimos novatos.
Me daba perfecta cuenta de que ella, con su naturalidad, su facilidad para expresar la afectividad y con su curiosidad innata, ya se había hecho querer por todos, incluso por el profesor. Todos estábamos distendidos. No nos importaba en absoluto dejar por un día las rituales reglas sagradas y reírnos juntos. El dolor del esfuerzo se transformó en un estallido colectivo de felicidad compartida

Eva Registered & Protected

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